
-Ayer me crucé con Roberto, ¿te acordás de Roberto?, el flaco que se casó de apuro con la hija del zapatero- le dije. El Rubio giró la cabeza y con un gesto bueno me dijo que no, que no se acordaba quien era Roberto. Luego, como si jamás le hubiera hecho ese comentario, me preguntó si había visto a alguien de la barra, mientras me convidaba con una galletita rellena, de esas que yo sabía que le gustaban y que le había llevado junto a los cigarrillos rubios y los chocolates.
Una paloma pasó volando bajo, y los ojos entrecerrados de El Rubio la siguieron hasta que se perdió de vista detrás del árbol de magnolia que explotaba de verdores y aromas en medio del patio. -¿Te dijeron cuando me voy?- la voz de El Rubio sonaba más a súplica que a pregunta. –No, no tengo idea, supongo que pronto- le contesté, avergonzado por haberle mentido.
-Yo no hice nada, no se porque estoy aquí- dijo casi para si mismo, con una voz llena de nostalgias y tristezas y bajó la cabeza y se quedó mirando las hormigas que hacían su festín con las migas que caían de las galletitas. Bien sabía yo que no había hecho nada, quizás tal vez su pecado había sido el no confiar lo suficiente en si mismo, tal vez fue el buscar esa confianza en los porros y las pastillas ése tal vez haya sido su pecado, y vaya si lo estaba pagando.
A la mente me llegan recuerdos de treinta y pico de años atrás, con proyectos e ilusiones que en el caso de él, quedaron encerradas en esa prisión oscura y fría que es la locura.
Porque lo peor no es el encierro del loquero, lo peor es saberse encerrado para siempre en un mundo que no es el verdadero. El Rubio abrió un chocolate, y antes de probarlo me ofreció un trozo, ni siquiera la locura había podido borrar la bondad de su persona, aunque delirante el que estaba a mi lado, seguía siendo mi primo, el mismo que tantos sueños había compartido conmigo.
La tarde caía como plomo sobre el patio, y la hora de visita se esfumaba entre los barrotes y los alambrados que evitaban que éstos pájaros con las alas cortadas pudieran volar.
El Rubio miró el cielo, y seguro envidió a esos pájaros que no estaban enjaulados y podían ir sin problemas adonde ellos quisieran. Alguien se paró balbuceando algo ante nosotros, y recibió su trozo de chocolate, agradeció y se marchó hacia su habitación, y yo, me conmovía un poco al ver como entre los que se saben diferentes y excluidos de éste mundo, surgen esas pequeñas y a la vez inmensas solidaridades.
–Bueno, yo me voy, ya casi es la hora y me van a decir algo-. -¿Ya te vas?-. Y un nudo en la garganta apretaba y apretaba. –Si, sabés que si me quedo la enfermera me reta- le dije tratando de ser gracioso.-Gracias por venir y traerme lo que me gusta- -Decíle a mamá que me venga a ver- , y yo asentí, sin siquiera explicarle que los años fueron pasando y que la muerte no respetó a cuerdos o madres.
La tarde caía en el patio, oscureciendo a la magnolia y a las soledades que quedaban sobre los bancos vacíos y las mentes marchitas. Y yo me marchaba lentamente, pensando al mirar alrededor mío, en todos ésos amores truncos, sueños deshechos y vidas partidas al medio. Volví a mirar para atrás antes de salir por el portón de hierro, le pedí perdón mentalmente a El Rubio por dejarlo encerrado, y me fuí del hospicio con un gusto amargo en la boca.
martes 23 de junio de 2009
El Rubio.
jueves 18 de junio de 2009
Encuentro.

Un extraño presentimiento invadió mi alma cuando la ví aparecer en la esquina de Colonia y Ejido aquella fría mañana de junio.
Hacía mucho que le debía un regalo de cumpleaños a Gonzalo, ¡siempre tan atento Gonzalo!, pensé para mi mismo, no podía dejar pasar un día más, me decía mientras miraba la vidriera del local dónde yo sabía él había visto esa bufanda que tanto le gustaba.
Esta casa no es de las más baratas, solo ropa de calidad, pero Gonzalo era un amigo de esos que valen la pena tenerlos, y bien se merecía el gasto. Quizás estos pensamientos fueron los que retrasaron unos segundos mi entrada al local, esos segundos que en definitiva fueron los determinantes para que sucediera lo que al final sucedió.
Es que una cosa fue verla aparecer a lo lejos, doblando por esa esquina de la confitería, distraída, ensimismada en sus cosas, y otra muy distinta fue el sentir su fría mirada clavándose en mis ojos como un puñal helado y certero. El extraño presentimiento que tuve al comienzo desapareció como barrido por el viento helado del invierno, y en su lugar, una certeza ocupó ese espacio, una oscura y terrible certeza.
Sin dejar de mirarme, ella se detuvo unos segundos, de esos que parecen siglos, frente a mi, y con la mas fría de las miradas, hizo un gesto, casi un rictus con su boca que me dejó estático. Quise decirle algo, preguntarle el porqué insultarla quizás, pero yo parecía una estatua viviente, como esas que a pocas cuadras, vestidas de diosas o polichinelas sorprenden a los niños que pasan de la mano de sus padres.
-Es mi trabajo- me dijo a modo de disculpa, se dió media vuelta y desapareció entre el gentío que esperaba la luz verde del semáforo. Y me dejó ahí, aterrado y parado, y ni siquiera volteó para ver cuando la cornisa que caía del tercer piso me destrozaba la cabeza. A la Parca quizás no le guste mucho su trabajo, por eso ni siquiera se haya quedado a mirar mi muerte.
jueves 11 de junio de 2009
Cuestión de genes.

Según algunos científicos, al macho humano no le queda mucho tiempo de vida en este planeta. Luego de algunos estudios realizados sobre nuestro cromosoma, descubrieron que el “Y”, o sea el cromosoma masculino, esta perdiendo la batalla contra el “X”, el femenino.
Hoy, el cromosoma femenino tiene cerca de 1400 genes, en tanto el masculino no llega a los 100, y los expertos aseguran, que en la batalla de pérdidas y ganancias de genes, el “X”, no cabe duda, a la larga saldrá ganando.
¿Y que significa esto?, bueno mis estimados compañeros de género, significa que en un lapso de tiempo, que calculan en cerca de 125.000 años, solo habrán mujeres en este planeta. Así como lo leen, en algunos cientos de miles de años, se vera un cambio, como jamás la raza humana ha visto en este planeta.
Barbas, mostradores, excusas por llegadas tarde, suspensores, tapas de inodoros orinadas, chistes verdes, spam de vendedores de Viagra, tapones de oído para los ronquidos, peleas por el uso del control remoto, idas a la casa de la mamá, nudos de corbatas, billeteras, condones, calzoncillos, curas, son cosas que serán historia dentro de mil doscientos cincuenta siglos, años más, años menos.
Claro, ustedes dirán, que todavía falta, y mucho para llegar a esa fecha, pero les diré algo, lo mismo creía yo sobre el año 2000, cuando de niño pensaba que ese año mágico jamás llegaría a mi vida. Pero llegó, y vaya si lucre gracias al Y2K, pero bueno, esa ya es otra historia.
Si la naturaleza es tan sabia como creemos, ¿será que la raza humana esta llegando, lenta pero inexorablemente a la perfección?. Quizás la naturaleza sepa de antemano algo que los machos de este mundo sospechamos desde que tenemos uso de razón. La vida en este mundo es capaz de subsistir y aún prosperar sin nosotros, pero no sin ellas.
miércoles 20 de mayo de 2009
Vías muertas.

Me gusta caminar por las vías abandonadas. Y desandar entre durmientes muertos, los caminos de hierro que alguna vez llevaron tanta vida viajera. Gozo oyendo solo el crujido áspero de los pedruscos bajo mis pies, y sintiendo soledades de destinos pasados, de esperas y despedidas que ya fueron.
Viejas sendas metálicas que supieron unir o separar destinos, y que hoy, cansadas y oxidadas, sufren la agonía de la desesperanza y la apatía. Algunas aunque ya inútiles, se muestran aún orgullosas de su pasado, otras, las más modestas, vencidas se esconden bajo los pastos y malas hierbas, que solidariamente las cobijan del mundo que las ha olvidado.
Vías muertas que ya no esperan, más que el volver de a poco a la tierra de la cual nacieron. Maderos de durmientes que ya nunca serán árbol, ni ruta, ni sendero, que día a día se deshacen mansamente, pero que igual siguen aguantando estoicamente, resignadamente sobre sus humildes hombros todo el peso.
Venas de hierro marchitas por el tiempo, la sangre de tus trenes hace mucho ya que no recorren tus misterios, ahora solo persistís gracias a los recuerdos, de los que como yo, antaño fueron viajeros. ¿Quién por tus senderos ha escapado?, ¿quién por ellos ha regresado?. Ese secreto duerme compartido con las estaciones destartaladas y los andenes desiertos.
Vías ahora muertas, pero vivas de mi infancia, gracias por haberme llevado, hacia el mundo de mis recuerdos.
sábado 7 de febrero de 2009
La mosca.

La turbulencia de los recuerdos agita mi mente. Tantas emociones fuertes, tantas y tantas lágrimas derramadas sobre el mantel manchado de café del bar, y mi recuerdo más vívido es el de una mosca caminando sobre tu bronceado brazo. Insistiendo en recorrerlo entre los vellos rubios apenas perceptibles, como no hacia mucho, yo mismo los recorría con mis labios.
No podía mirarte a los ojos, los hombres no lloran, ¿sabés?, y esa estúpida enseñanza, grabada a fuego en nuestras mentes de niños dóciles, me inhibía de mirar la tristeza aguada recorriendo tus mejillas, cayendo sobre la mesa, manchando con pequeñas sombras oscurísimas de rimmel la suciedad del mantel. Si te hubiera mirado a los ojos, me habría olvidado de las estúpidas enseñanzas de mi padre, y de la mosca caminando por tu brazo.
Y el mantel tendría también, las marcas aguadas de mi tristeza.
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miércoles 10 de diciembre de 2008
Los Numerindios.

En el Valle del Indo, milenos antes de que aparecieran ciudades como Mohenjo-Daro o Harappa existió una cultura que por lo original y extraña, desconcertó a los científicos durante décadas: la cultura de los Numerindios.
Dentro de los tantos misterios que envuelve a este antiquísimo pueblo, precursor entre otras de la cultura Indostánica, está el hecho de haber desaparecido sin dejar casi rastro de su presencia en las fértiles riberas del río Indo y adyacencias.
Pero mucho más extraño y bizarro aún que la desaparición de los Numerindios, fue su extraordinaria forma de comunicación. Ellos no se comunicaban a través de frases construidas en base a oraciones o palabras. No poseían, además, alfabeto alguno tal y cual nosotros lo conocemos hoy en día. Más por el contrario, su sistema numérico era por lejos el más avanzado de su época, siendo esta cultura según algunos especialistas, la que introdujo el concepto del cero en las culturas del Medio Oriente y la Mesopotamia.
¿Y que tenía de original y extraño el método con que este pueblo se comunicaba se estarán pensando ustedes?. Pues bien, los arqueólogos han desenterrado tablillas que al principio se creyeron, parte de inventarios de cosechas, o balances, llenas de símbolos numéricos, y que a la postre se descubriría era de los mas extraños métodos de comunicación entre humanos de todas las épocas.
Esta cultura tenía asignado un número para cada frase utilizada en su interacción diaria, incluso los nombres propios, tenían su digito. Por ejemplo, “Uno”, significaba para ellos “Buenos días”, “Dos”, “Como está usted” etcétera. Los arqueólogos han hecho este extraordinario descubrimiento gracias a la aparición de una tablilla con una famosa canción sumeria de la época inscripta en griego, cuneiforme y lo que luego se sabría, numerindio. Esta tablilla, especie de Piedra de Roseta, contenía la letra de la canción “Ochenta y nueve” o sea “Siempre te amaré”, en idioma numerindio.
Como otro ejemplo, en un trozo de la tablilla llamada Códice Numérico De Los Asnos, por los especialistas de la cultura numerindia, se puede leer “Uno Dos, Ochenta ¿Treinta y tres?” que traducido sería mas o menos así: “Buenos días Como esta usted, Vajreshwari ¿Vendió usted los asnos?” pregunta efectuada por un tal “Ciento treinta y uno” al cual aún no se le ha podido traducir el nombre.
Prosiguiendo con el códice citado, “Ochenta”, o sea Vajreshwari, le responde en unas líneas mas abajo a “Ciento treinta y uno”: “Uno Tres, Diecinueve Cuatrocientos dos” que significa “Buenos días bien gracias, solo he vendido uno”.
Como podrán notar, los números también se representaban por dígitos, en este caso por ejemplo vemos que “Cuatrocientos dos” equivale al número uno.
Algunos estudiosos sostienen que la desaparición de la cultura numerindia se debió a la mal interpretación, que de cierta frase hicieron los Numerindios de una invitación hecha por Aecio el Rey de los bárbaros a la hija del Rey “Mil dos” (Bravo Guerrero), y que derivó en una sangrienta guerra de desgaste.
La hermosa “Dos mil cuarenta” (Flor hermosa) hija del Rey “Mil dos”, recibió la invitación de practicar el Veintiuno de parte de Aecio, rey de los bárbaros, lo que provocó la furia de “Mil dos” originando la fatal refriega.
Veintiuno según los Códices conocidos significaría “Matemos al viejo y quedémonos con sus asnos” en idioma numerindio.
martes 2 de diciembre de 2008
Juan, el perro y el gato.
Juan despertó con un sudor helado cubriéndolo de pies a cabeza. Miró el reloj, las 3:40 de la madrugada, intentó levantarse para ir al baño, pero las náuseas le impidieron moverse, si lo hacía, lo sabía bien, vomitaría sobre las sábanas, y no quería darle más trabajo a su mujer. Ana, su compañera de toda la vida, dormitaba a su lado gracias a su dosis de barbitúricos que el médico le había recetado.
Sobre la almohada, tenuemente iluminada por la luz roja del radio reloj, que lo acompañaba desde hacía años, Juan pudo divisar un mechón de sus propios cabellos que había perdido mientras dormía. Se pasó suavemente la mano por su cabeza, y sin ningún esfuerzo otro mechón se le pegó a sus dedos huesudos y sudorosos.
De la oscuridad de la madrugada, le llegaba el sonido del maullido de algún gato pendenciero que recorría los tejados de las casas dormidas. Ahora el perro del vecino se pondrá a ladrar pensó, conocedor de la rutina de las noches. Una leve sonrisa apareció en la boca de Juan al escuchar como el perro casi como obligado por esas historias de perros y gatos, se ponía a ladrar furiosamente tratando de llegar al pretil donde el felino seguía maullando inmutable y desafiante con su cola en alto.
Cosas de la vida pensó Juan, los gatos seguirían maullando, el perro contestando con sus ladridos nocturnos, y ya no estaré aquí para escucharlos. Que injusto que un perro y un gato le sobrevivan a uno se dijo a si mismo en voz baja, mientras la sonrisa en su boca se transformaba en un mueca de dolor.
Como una braza incandescente algo quemante y terrible le carcomía las entrañas, algo siniestro contra lo cual venía luchando ya hacía meses, pero que no lograba vencer. Trató de moverse lo menos posible para no despertar a Ana. Abrió el primer cajón de su mesa de luz, y a tientas tomó el blister de los calmantes.
Son muy fuertes, así que con dos cada ocho horas tendría que alcanzar, le había dicho el médico. El sonido de las tres grajeas rompiendo la cubierta del blister, sonaron como disparos en la quietud de la noche. Ana, aún dormida, murmuró algo, Juan creyó oírla sollozar. Tomó un sorbo de agua del vaso que ya nunca faltaba a su lado, puso una a una las pastillas y tragó con muchísima dificultad.
Ahora el dolor le daba un respiro, podía ponerse sobre su costado para que las náuseas no lo vencieran y así descansar un rato. El efecto de los calmantes no duró mucho, otra vez el sudor frío que lo cubría de pies a cabeza.
Juan venciendo las náuseas y el dolor, se levantó poco a poco de la cama, salió del dormitorio, cerró la puerta para no despertar a Ana, y fue hacia el dormitorio de su hijo. Vacío desde que Jorgito se había casado, aún conservaba los muebles y el olor inconfundible de su amado hijo.
Aunque la luz estaba apagada, la luna que entraba por los cristales de la ventana sin cortinas, hacía fácil el caminar por entre los muebles. Fue hasta la ventana, la abrió y el aire fresco de la madrugada le dio de lleno en el rostro.
Afuera, el gato sobre el pretil seguía con un maullido que ahora se parecía más el llanto de un niño, contestado con los roncos ladridos del perro del vecino.
Dos estampidos despertaron a Ana, que saltó sobresaltada sobre la cama. A su vez, el perro no tuvo tiempo de escapar, sólo atinó a ver cuando el gato caía muerto sobre él. La bala ni siquiera le permitió un último ladrido antes de morir.
La luz del cuarto de Jorgito se encendió, y Juan vió la cara espantada de su mujer. Es injusto que un perro y un gato le sobrevivan a uno, le dijo mientras apoyaba el caño aún humeante sobre su sien.
viernes 28 de noviembre de 2008
El Guitarrero.

Como una de tantas, de las casas de una ciudad del interior, la casa de mi abuela materna, apenas si se dejaba ver desde la calle de tierra, oculta casi por completo, por la espesura de las enredaderas tupidas, jamás podadas, que crecían revolviéndose entre los alambres del tejido metálico que le servía de soporte.
Con sus paredes exteriores cubiertas con un viejo estucado de un color indefinido, era de esas casas antiguas con techo de bovedilla que se recostaban sobre un lado del terreno, y dejaban un corredor cubierto por parras y glicinas que conectaba el jardín con un fondo descuidado e inmenso.
Mas allá del galpón de chapa que dormitaba por la inacción de años en el final de ese verde corredor, existía un territorio casi inaccesible, con grandes yuyos, y toda clase de alimañas poblándolo. En otras palabras, un territorio que nos llamaba por lo misterioso y dulce de los frutos de mburucuyá que crecían enredándose en las ramas de un naranjo amargo, y la posibilidad siempre presente de encontrarse con alguna culebra o viborita ciega.
Por eso era que cada tanto con mi primo nos internábamos en aquella pequeña gran selva salvaje, de la cual salíamos arañados por las espinas de los mancaperros, y con la ropa llena de flechillas y pequeños abrojitos que abundaban por allí.
-Mira ese bicho- le dije a mi primo cierto día, a la vez que le señalaba un pequeño insecto, desconocido para mí, de alas tornasoladas y antenitas con un pompón negro, que como una gema viviente, destellaba con su luz entre verde y azulada bajo el sol de la siesta. –Es un Guitarrero- me contestó él, conocedor como todo niño de campaña de la fauna que lo rodeaba.
- Si lo agarrás sin apretarlo y te lo acercás al oído oirás como toca la guitarra para vos …-
No creí demasiado lo que mi primo decía con respecto al bichito, pero conocía yo de sobra su sabiduría en esos temas, por lo que por ello, y por el empuje dado por mi curiosidad, tome con mi mano, muy levemente cerrada al insecto, que al ver que me acercaba, intentó desplegar sus alas para escapar, aunque no lo logró.
Acerqué mi mano al oído, y escuché atentamente, mientras sentía en la palma y los dedos las cosquillas que las pequeñas patitas finitas y casi rojas me producían al raspar sus pelitos contra mi piel, aguanté la respiración, como para oír mejor, y entrecerré los ojos, protegiéndolos del resplandor del sol.
Tuve que abrir mi mano, con muchísimo cuidado tratando de que el Guitarrero no escapara, para poder comprobar de dónde provenía la música, y cuando lo tuve ante mis ojos, mi inocencia de niño hizo que buscara en sus patitas, o bajo sus alitas tornasoladas, esa mágica guitarra con la cual había tocado su melodía, solo para mí.
Por supuesto, nada encontré, y ni siquiera supe de dónde había provenido la musiquita que un rato atrás había escuchado en mis oídos.
Estoy convencido, que en algún lugar de su cuerpecito, el animalito esconde su guitarra de los ojos indiscretos de los niños, y solo la descubre y utiliza, al sentir que el secreto de su mágica sinfonía no podrá ser descubierto.
miércoles 29 de octubre de 2008
Fracasos.
Muchos no aceptan la existencia de los fracasos. No porque no hayan fracasado jamás, no, sino porque no son capaces de asimilar las derrotas. Porque, la verdad sea dicha, ¿quien puede decir que le guste perder en algo?.
Y es que los humanos estamos hechos de esta forma, está en nuestros genes. Nos hicieron imperfectos, pero con un afán constante de gloria, ¿que paradoja no?, y gracias a esta disparidad de criterios que tuvo nuestro creador al diseñarnos, es que, somos capaces de grandes logros, pero también, de desalentarnos ante el mínimo escollo.
Es por eso, que muchas veces nos cuesta comprender que de todo golpe, de todo traspié, siempre, si somos lo suficientemente sabios, podemos sacar una enseñanza.
En mi caso particular, un tanto tardíamente me di cuenta, que las caídas eran lo común en esta carrera de obstáculos que llamamos vida. Una vez y muchas más, rodé por el piso intentando llegar a la meta, compadeciéndome de mi suerte, viendo como los demás competidores pasaban de largo sin darse cuenta siquiera de que yo estaba allí, caído a su lado.
Y un tanto tardíamente también, comprendí, cuanto, esas caídas me habían enseñado en mi carrera. Cuantas cosas me hicieron ver desde otra perspectiva, cuanta experiencia aportaron a mi vida. Y cuando uno se da cuenta de que siempre hay tiempo para una carrera mas, consulta en su lista de experiencias, esas vivencias que en algún momento de nuestras vidas consideramos negativas, y las utiliza como una brújula, o como un mapa para llegar a destino.
A veces lo aprendido nos indica lo que debemos hacer para evitar caernos nuevamente, seguir en carrera, y encontrar nuestro destino, otras, nos susurran al oído, diciéndonos, -no sigas en esto, no es lo que realmente estas necesitando-.
Metas afectivas, económicas, o de la clase que sean, las tenemos todos, y es difícil que podamos llegar a lograrlas, sin previamente habernos dado de bruces contra el suelo una y mil veces. No en vano, cada vez que vemos arrugas en un rostro, sabemos que la vida con su carga de cosas buenas y malas, ha pasado por esa persona, y que sin duda alguna, la han enriquecido con la experiencia.
lunes 11 de agosto de 2008
Zitkala.

El joven y valiente Zitkala, tal como lo había prometido a su padre, iniciaba su peregrinación al santuario de la Montaña Sagrada, dónde hacía ya mucho tiempo, el sabio y viejo Nantai se había retirado, a meditar y a esperar la muerte.
El santuario parecía eterno, barrido por el frío viento del este, que soplaba con crueldad sobre las laderas desnudas de la Montaña Sagrada. Nantai, el Maestro, esperaba allí con paciencia el encuentro con sus ancestros. Sentado sobre una roca contemplaba ahora con cariño al joven Zitkala que había acudido a él en busca de sabiduría. El joven era fuerte y valiente, y el Maestro lo intuía, sería algún día, la memoria de su gente.
¿Es que acaso algún día seré útil a mi pueblo? Preguntó el joven al Maestro, Nantai, poniéndose de pie, le pidió a Zitkala que describiera lo que veía, allá, muy abajo en el valle. “El valle no ha cambiado Maestro, sigue igual que cuando vivías en él, ¿para que describírtelo entonces?”
“No te pido que me lo describas, pido que te lo describas a ti mismo, para que en tu corazón lo atesores por siempre” respondió pausadamente Nantai. “Es que no entiendo Maestro, ¿Por qué tendría que describirme algo que todos los días veo, y que no ha cambiado en cientos y cientos de lunas?” le preguntó Zitkala. El Maestro miró al joven con un dejo de tristeza, y contestándole casi en un susurro le dijo: “No le damos la importancia que se merece a lo cotidiano, a lo que es común en nuestras vidas, lo que en años no ha cambiado, lo creemos eterno, creemos que la libertad es para siempre, y que la tierra es incapaz de ser herida”.
El sol lentamente iba escondiéndose tras la Montaña Sagrada, un poco más abajo, los últimos pájaros escapaban de la noche, buscando rápidamente sus nidos. Nantai quedó entonces silencioso e inmóvil, mirando en el lejano valle que se adormecía, las manadas de búfalos pacer pacíficamente las verdes y tiernas pasturas de la primavera, y a los arroyos que comenzaban a hincharse con el agua fresca y limpia proveniente de los primeros deshielos...
Los ojos del anciano Zitkala se iluminaron cuando junto a la fogata, los pequeños pidieron que contara historias de su niñez. Abriendo su corazón entonces, hizo que los niños corrieran libres por el valle, asustando a los conejos y divisando a lo lejos las grandes manadas de búfalos, sustento de su pueblo, los niños, con los pies mojados atravesaban los riachos cada vez más profundos y rápidos, mientras oían a lo lejos el galope de los caballos de los cazadores que retornaban felices a la aldea.
El anciano Zitkala, vió en los ojos asombrados de esos niños la misma libertad que él había visto y gozado cuando joven, y agradeció la sabiduría dada por Nantai hacía ya tantas y tantas lunas atrás, y que les servía ahora para escapar un poco al oprobio de la Reservación.
viernes 8 de agosto de 2008
Apertura del Portal de Orion.

Debido a la publicacion de "En busca de La Luz", me han llegado consultas a mi mail referente al hecho de que veían cierta "causalidad" entre lo que había publicado, y la fecha de hoy, que no lo sabía, es de particular importancia para los místicos.
En realidad, lo publicado no tuvo relación con el "Bombardeo de Luz", que según ciertas creencias, comenzará justamente hoy 8/8/8.
O tal vez si?...
miércoles 6 de agosto de 2008
En busca de La Luz.

Nadie sabía lo que en verdad era, y si en realidad existía. Solo se la conocía por su nombre “La Luz”. Los mayores hablaban de ella con una mezcla de temor y respeto, los místicos aseguraban que se trataba de un estado de gracia, y que el hombre había sido expulsado de ese estado al quebrantar las leyes de Dios, pero en definitiva nadie sabía bien que era.
Es que luego del Gran Holocausto donde la humanidad había sido exterminada casi por completo, los pocos que sobrevivieron, buscaron la seguridad en cavernas y grutas profundas, alejados del mundo exterior, de la luz, y de las peligrosas radiaciones que seguían destruyendo la vida del planeta.
Los siglos pasaron, algunos aseguran que fueron milenios, y la humanidad fue acostumbrándose a vivir en total oscuridad. Alimentándose de murciélagos y pequeños roedores ciegos que infestaban las cuevas, las personas comenzaron a desarrollar un extraordinario sentido del tacto, el olfato y el oído. Pasaban horas y horas acariciando y olfateando sus rostros y sus cuerpos, comunicándose, y detectando de ese modo, sus estados de ánimo.
Vivían en pequeñas comunas autosuficientes, donde todo era de todos y el trabajo, no solo era en beneficio del individuo, sino del grupo entero. Allí, las apariencias no tenían razón de ser, no existía el concepto de lo feo y lo hermoso, el sentido de lo estético había sido reemplazado por el sentido de lo práctico, en ese grupo, valía quien aportaba algo a la comunidad, no importaba pues, su apariencia física.
En esta sociedad, sin problemas y sin discriminaciones, existía sin embargo, un grupo que desafiando la tradición de sus mayores, estaba determinado a descubrir que era La Luz, y para que servía. Desoyendo pues las protestas de los místicos, que aseguraban que el hombre aún no estaba preparado para estar en presencia de Ella, organizaron una expedición a los confines de la cueva, allá, donde según las leyendas, ésta daba paso al mundo exterior, donde se decía La Luz moraba, y hacia ahí, un buen día partieron a tientas.
Fueron días, que se convirtieron en semanas y luego en meses, en que los habitantes de la caverna no supieron nada de los expedicionarios, los rumores corrían por el grupo, muchos pensaban que habían sido calcinados por la radiación que aún persistía en algunos puntos de la superficie, los más, alentados por los presagios de los místicos, creían que los pobres habían enloquecido ante la presencia inefable de La Luz.
Grande fue la conmoción cuando de las profundidades de la caverna algo comenzó a aparecer, y a cambiarlo todo. Nadie podía explicarlo, no había palabras para describir aquel portento. Ocho criaturas, avanzaban hacia la comunidad, y ésta los percibía como jamás antes lo había hecho. Muchos se dieron cuenta que por primera vez en sus vidas los órganos que los ancianos llamaban ojos, y que nunca estuvo claro para que servían, estaban enviando información de su entorno hacia su cerebro.
Grande también fue la conmoción, cuando cayeron en cuenta que las ocho criaturas eran muy parecidas en forma y tamaño a ellos mismos, pero el estupor fue aún mayor, cuando fueron reconocidos por la voz y el olfato: ¡Esas ocho criaturas no eran otros que los integrantes del grupo expedicionario que hacía algún tiempo atrás había partido en busca de La Luz!
Maravillados, los cavernícolas admiraban las teas encendidas que los expedicionarios habían traído de la superficie. Era la primera vez que veían fuego, y ni siquiera tenían una palabra para nombrarlo.
A partir de ese momento las cosas cambiaron en la caverna, los expedicionarios siguieron yendo regularmente a la superficie a buscar madera para mantener la hoguera encendida. El fuego permitía de ese modo, y por primera vez en siglos, que los habitantes se vieran unos a otros. Las caricias y las cercanías de los cuerpos ya no fueron necesarias para reconocerse entre sí.
Muchos, que antes eran aceptados por lo que eran, fueron rechazados por lo que aparentaban ser. Y otros mas, que jamás habían sido importantes para la comunidad, de pronto tomaron protagonismo, al ver los demás que eran los más hermosos del grupo.
La gente comenzó a discriminarse por el aspecto físico, generando así, rencores, celos y enemistades entre ellos.
Esa sociedad, otrora unida y sin mayores problemas, fue resquebrajándose poco a poco, y los místicos estaban convencidos que lo que los expedicionarios habían traído del exterior, estaba causando todo el mal. Así, luego de una reunión de los Notables, se decidió que los expedicionarios, que en vano, alguna vez habían partido a la superficie en busca de La Luz, deberían partir nuevamente, pero esta vez, tendrían que esforzarse en hallarla, antes de que fuese demasiado tarde para todos.
jueves 29 de mayo de 2008
Adelfo Margarito Torres.
La vida de Adelfo Margarito Torres no había sido fácil. Bautizado así en honor de una tía abuela que había sido generosa con su madre, desde niño había sido victima de innumerables burlas por su nombre. Y la cosa no quedaba ahí, pues también era victima del escarnio a causa de una extraña malformación de la que Adelfo era víctima. Cerca de sus sienes, a ambos lados de su frente, dos protuberancias óseas sobresalían unos cuatro o cinco centímetros de su cráneo a modo de extraños cuernos.
Motivo de risas, era también la extraña forma que tenía Adelfo de caminar, con una especie de bamboleo errático que hacia suponer que vivía en un continuo estado de embriaguez. ¡Como hubiese querido explicar que esos extraños pasos no se debían mas que al hecho de que en lugar de pies el poseía cascos!, por cierto, no diseñados para el uso de zapatos, pero esto no hubiese hecho mas que provocar la hilaridad de la gente.
Sin embargo, el secreto mejor guardado, era el que más lo avergonzaba. Adelfo poseía un rabo. Efectivamente, allí, donde a la mayoría de nosotros se le termina la columna vertebral, a él le continuaba fuera del cuerpo, por unos cincuenta centímetros y cubierta de un espeso vello de color negro oscuro. Por ello fue que no concurrió jamás a ningún sitio dónde no fuera necesario el uso de sus holgados pantalones largos. Playas, gimnasios o clubes deportivos, no conocieron nunca la presencia de Adelfo.
Por todo esto era que la vida social de Adelfo era casi nula, jamás tuvo lo que llamaríamos verdaderos amigos, solo conocidos efímeros, que hizo en su pasaje por el colegio y el liceo cuando joven. Con más de treinta años, aun vivía con su madre, que lo sobreprotegía de la maldad del mundo exterior. No trabajaba, y era extraño que saliera solo a la calle, lo que impedía además, que conociera a chicas con las cuales pudiera tener algún tipo de relación.
Por eso, la vida de nuestro amigo cambió considerablemente cuando cierta noche, navegando por Internet, descubrió un sitio que de inmediato le llamó la atención. Era un foro de discusión, donde la gente se comunicaba a través del ciber espacio, discutiendo sobre política, fútbol, y hasta flirteando entre ellos. De inmediato vio la oportunidad. A nadie de los que veía participar en el foro conocía, ninguno de ellos lo conocía a él, por fin podría ser normal a los ojos de los demás, al fin, gracias al anonimato, podría llevar una conversación normal sin percatarse de que su interlocutor reprimía una risa al mirar de soslayo su frente.
La falta de interacción y discusión con la gente, no significaba que estuviera desinformado sobre los aconteceres mundanos, todo lo contrario. Era un ávido lector de diarios, libros y revistas, además de que solo por causas de fuerza mayor, se prohibía de ver los noticieros nacionales, y también extranjeros a los que accedía gracias a la televisión por cable y la Internet.
Y fue gracias a sus conocimientos de política nacional y mundial, que Adelfo poco a poco fue integrándose a las discusiones del foro. Primero tímidamente, luego, gracias a la confianza que iba tomando en si mismo, con una fuerza y convicción que llevó a que muchos de los foristas comenzaran a tomarlo como referente en discusiones de política.
Gustaba de pasar horas y horas discutiendo sobre las diversas teorías económicas, y su impacto sobre las políticas de las naciones. En particular le gustaba debatir con Maria78, por la cual sentía un afecto especial, ya que fue de las primeras personas en darle la bienvenida al foro. Con ella intercambiaba mucho también sobre música y poesía, ya que habían descubierto una pasión en común: el gusto por la música clásica y los poemas de amor.
Fue en una fría noche de junio, en medio de una conversación sobre Gioconda Belli, que estaba sosteniendo con una forista, que vio en la parte superior de la pantalla de su PC un sobrecito rojo que titilaba. Nunca antes había recibido un mensaje privado, jamás tampoco había enviado uno, así que le llamo la atención el hecho.
“Hola Adelfo, como estas, soy yo María” así fue como comenzó todo. Era la primera vez que una mujer se interesaba en él, era la primera vez también que alguien no se burlaba de su nombre, (cuando se había registrado en el foro, lo había hecho con su nombre verdadero), “total, jamás conoceré a nadie personalmente”, pensó.
A medida que pasaba el tiempo, la atención de los dos foristas dejó de centrarse en las discusiones públicas, para pasar a un ámbito más personal, el de los privados. Adelfo se sentía halagado al acaparar la atención de una muchacha tan inteligente y dulce. María por su parte, estaba deslumbrada con la cultura y el romanticismo que Adelfo mostraba en sus mensajes.
A los dos meses aproximadamente de haber iniciado ese contacto privado, María creyó oportuno el encontrarse en un lugar público, para conocerse mejor y profundizar esa amistad que se estaba transformando, poco a poco, y en ambos, en un incipiente amor, tierno y puro. Luego de mucho titubear, Adelfo, que ansiaba conocer a María, pero que al mismo tiempo, temía la reacción que ésta pudiera tener al verlo, decidió contarle sus secretos. Bueno no todos sus secretos, solo uno, el mas obvio, el mas visible de todos.
Aunque no esperaba otra cosa de María, le sorprendió igualmente su respuesta cuando él le contó sobre las protuberancias en su frente. “No me importa tu aspecto físico”, dijo ella, “me importa tu belleza y tu riqueza interior”.
Por suerte, esa tarde de agosto, estaba particularmente fría, por lo que el uso de un sombrero, para ocultar sus cuernos de la vista curiosa de los paseantes, y un sobretodo, con el cual disimulaba la protuberancia que producía su rabo, pasaban desapercibidos en la ventosa Plaza Libertad, donde esperaba impaciente a María.
El corazón casi le salta del pecho, cuando hacia él, vio venir una preciosa mujercita envuelta en un grueso abrigo marrón claro, con una graciosa boina multicolor que casi le llegaba hasta los ojos.
“Te invitaría a una confitería a tomar algo, pero temo quitarme el sombrero y que se rían de mi”, dijo él, mientras que al tiempo que se quitaba discretamente el sombrero, para mostrarle su frente a ella, sentía como le ardía la cara por la vergüenza. “No te preocupes tontito, caminemos, entonces”, le contestó María, a la vez que lo tomaba del brazo y comenzaban a caminar muy lentamente hacia la Plaza Independencia.
A medida que caminaban por la avenida, María se iba sintiendo cada vez mas atraída por ese ser, tan diferente a ella, pero tan bueno en su esencia. Adelfo, a su vez, se sentía tan cómodo con su presencia, que casi naturalmente, fue desgranando de a poco, pero sin tapujos detalles de su atormentada vida.
Al llegar a la plaza, ambos quedaron inmóviles, en silencio en medio de los remolinos de tierra y hojas secas que se formaban por el frío viento sur que soplaba cada vez con más fuerza. Adelfo jamás había besado a una mujer, y se sorprendió al verse a si mismo como un besador experto mientras probaba los labios de María. Incluso mas sorprendido quedó al sentir como ella le exploraba la boca son su lengua.
Ya no sentían el frío de la tarde, que corría a la gente de las calles. Ellos seguían allí, comiéndose a besos y excitándose cada vez más. “Me gustás y te quiero mucho”, dijo él tímidamente, “y me encantaría hacer el amor contigo, pero…”. Ella vió que una sombra le cubría la mirada, e intuyó de inmediato que sus secretos pasaban por algo más que un par de cuernos.
“Mi amor, somos muy diferentes vos y yo, pero te acepto tal y como sos, así que si vos me aceptas a mi, me encantaría hacer el amor contigo” dijo ella en una mezcla de ansiedad y vergüenza.
En un mismo día, Adelfo vivía lo que no había vivido en mas de treinta años. Por primera vez tenía una cita, por primera vez besaba y por primera vez estaba en la habitación de un hotel, dispuesto a desnudarse frente a una mujer que lo aceptaba tal como era.
María advirtió, que él dudaba en quitarse la primer prenda, “no temas”, le dijo tiernamente, “ambos somos muy diferentes, pero aquí solo el amor importa”.
Y como para que el tomara coraje, en un movimiento exquisito, ella se fue quitando de a poco la boina de su cabeza, dejando al descubierto una melenita rubia y bien marcada. También, fue dejando al descubierto un extraño apéndice que en medio de la frente, la transformaba en una especie de unicornio humano.
Ya desnudos por completo, excitadísimos y enamoradísimos se fundieron en el juego previo, ella, acariciando dulcemente su cola erguida y peluda, él, besando dulcemente sus ubres, mientras cascos y pezuñas se rozaban tiernamente bajo las sábanas, buscando matar el frío de esa mágica e invernal tarde de agosto.
viernes 16 de mayo de 2008
Mi obra.

No soy impaciente, para mí el tiempo no cuenta, y por ello, fue que hice las cosas lentamente, para que salieran bien. Primero, creé la nada, y creí que con ello me alcanzaría, pero note que la nada era vacía, oscura, aburrida y sin gracia.
Así que con un poquito más de esfuerzo, no mucho, lo admito, se me dio por crear en algunos milisegundos el Universo. Eso fue hace bastante tiempo atrás, recuerdo, que para impresionarme a mi mismo, por otra parte, ¿a quien mas podría impresionar?, se me dio por crear todo a través de una explosión bastante teatral y rimbombante, Big Bang la llaman ahora los científicos.
Si, lo admito, a mi mismo me sorprendió el resultado, ya que ni yo sabía en realidad lo que quería cuando comencé con todo esto. Me sentía como esos artistas que comienzan a garabatear los primeros acordes en el pentagrama, sin sospechar siquiera como será la obra terminada. De un puñado de pura energía, esencia de mi propio ser, ahora estaban apareciendo cosas nuevas e inesperadas.
Eón a eón, mi sorpresa crecía, y crecía mi amor hacía lo que había creado. Me sorprendía el ver como naturalmente, no solo iba apareciendo el material primigenio de lo que constituiría todo, sino, y más importante aún, también las leyes que lo gobernarían.
Esas leyes fueron, por ejemplo, las que apretujaron a las primeras nubes gaseosas para formar al cabo de milenios a las estrellas. Estrellas que reproducían en la inmensidad fría del espacio algo que me era muy propio: la luz. Al principio sólo yo era luminoso, solamente yo tenía la capacidad de destruir las tinieblas, y resulta que ahora, era mi obra la que comenzaba a brillar con luz propia.
Luego de algunos millones de años, perdón, se dieron cuenta de que yo, un ser sin principio ni fin, estoy hablando de tiempo?, es que esa fue parte de mi obra también, la creación de algo que marcara la duración de lo finito. Bueno prosigo, al cabo de algunos millones de años, girando alrededor de infinitas estrellas, comenzaron a aparecer infinitos planetas, lunas y meteoros.
Y fue en alguno de esos planetas, en que un milagro se fue dando. La materia inerte comenzó un buen día a transformarse, restos de lo que en algún momento fueron estrellas moribundas, comenzaron a combinarse de tal forma, que algo nuevo apareció en el Universo. Trozos pequeñísimos de carbono, metano u oxígeno se combinaron para transformarse en elementos vivos.
Y ya nada fue igual, porque nada, ni las puestas de soles de extraños brillos en los planetas de sistemas estelares múltiples, ni los colores de las más hermosas nebulosas que viajan por el espacio, pudieron ya compararse, a la belleza de la vida. Pétalos de rosas, alas de mariposas o dinosaurios, no podrían jamás compararse ni al más hermoso de los diamantes.
No crean que la aparición de la vida fue por mi premeditada. Nada mas lejos de la verdad, simplemente se fue dando. Mi obra, en cierto modo, me fue imitando, se transformó ella misma en creadora, y lentamente fue dándole existencia a lo hasta ese momento inexistente, del mismo modo que yo lo había hecho, quince o veinte mil millones de años antes, ya ni me acuerdo exactamente cuando, con ella misma.
Pero si la aparición de la vida fue algo extraordinario, lo realmente maravilloso, y para mi desconcertante, aún estaba por venir. En puntos diferentes del Universo, en innumerables puntos diferentes, seres de apariencias muy distintas por cierto, comenzaron a tener conciencia de si mismos. Una conciencia rústica al principio, simplemente se reconocían como individuos al verse reflejados en el charco donde se agachaban a saciar su sed.
Pero esa conciencia fue avanzando, creciendo, y al igual que millones de años antes, como las estrellas con la luz, comenzaron a mostrar características que me eran muy propias. Sentimientos, nobles sentimientos como el amor, o la solidaridad, pero también, otros sentimientos, que me eran desconocidos hasta entonces, innobles, como la maldad y el odio. Claro, no eran dioses, eran simples mortales, y como tales imperfectos.
Esa misma imperfección, creo yo, los lleva a ser tan pedantes, que creen haber sido creados a mi imagen y semejanza, ¿no piensan acaso que sería imposible que yo me pareciese a las innumerables razas de seres concientes que existen?. En todo el Cosmos sucede lo mismo. Ni bien un individuo comienza a desarrollar su conciencia, se cree el centro del Universo.
Y lo peor es que al pensar que soy el responsable por su creación, se creen con el derecho a pedirme. Y piden, cosas imposibles, pero piden. ¿Cómo alguien que pone una bomba en un mercado, puede pedirme que le reserve un lugar junto a mi en el paraíso?, por cierto, ¿de que paraíso están hablando?.
¿Qué clase de ser es aquel que con una sotana, se atreve a dar “mi bendición”, a un torturador o asesino?. Cuanta barbarie cometen estos seres desgraciados en mi nombre. ¿Tan estúpido puede llegar a ser un mortal, que piensa que soy capaz de perdonar cualquier cosa?. Soy magnánimo y me mueve el amor, es cierto, pero hay actos tan aberrantes que ni yo los soporto.
Ya me imagino que el que lea esto, se preguntará el porque permito este tipo de cosas. Bueno la verdad es que me están aburriendo. Tengo un sitio, reservado, donde tengo amontonados a todos los que han muerto hasta ahora. Algo que he leído, escrito por una raza que vive en un planeta perdido, y que se hacen llamar Humanos, me ha dado una idea al respecto.
Ellos tienen un libro al que llaman Santa Biblia, y habla del Cielo y el Infierno, lugares reservados para las almas de los buenos y los malos. Creo que sería una muy buena idea, crear algo así para premiar a los justos y castigar a los indeseables.
miércoles 30 de abril de 2008
El hombre que se enamoraba de las flores.

Byron Fernández, caminaba por el parque, y como tantas veces antes, sintió que su corazón galopaba desbocado cuando el aroma de su amada comenzó a percibirse en el aire calmo de esa tarde apacible y solitaria de primavera.
Vestido con un sobrio traje claro, parecía un paseante de otros tiempos, con su andar cadencioso y elegante, su camisa blanquísima e impecablemente planchada, su corbata fina, no muy llamativa, y sus anteojos de finos aros metálicos.
Caminando hacia el banco, junto al rosal, pensaba en la manera de declarar su amor. En el bolsillo del traje junto a su pecho, guardaba el presente con que intentaría ganar la atención de quién había conquistado su corazón.
Una vez sentado en el banco solitario, abrió con suavidad extrema una pequeña cajita de color escarlata. Dentro, un fino anillo de oro blanco, brillaba con el sol mortecino de la tarde. Byron sacó la joya de su estuche, y la coloco como en una ofrenda en una de las tantas ramitas de su amada.
El amante caballero, estuvo un buen rato, sentado allí, embelesado, contemplando la belleza frágil y suave de la rosa, a la vez que se dejaba invadir por el aroma dulce y penetrante con que ella le obsequiaba.
Por un instante, decidió abandonar la prudencia, y presa de un impulso irrefrenable, no se contuvo, estiró su mano derecha, y con un gesto calculado pero muy tierno, acarició con el revés de su mano la blanca piel de su amada.
La rosa, al sentir el contacto, se deshizo al instante, dejando caer sus pétalos en la oscura tierra. Byron, desesperado vio como su osada imprudencia destruía en un instante, y para siempre la belleza pura y delicada de su amada.
La noche caía pesadamente sobre el parque, los senderos, árboles, y el alma de Byron, se cubrían ahora con el manto oscuro de la noche. El amante estuvo por un rato pensante, los ojos se llenaron entonces de amarga desilusión, en el fondo, sabía, que la rosa no era para él. Byron tomó el anillo nuevamente, lo guardó en su cajita y pensó, que con la azucena quizás tendría más suerte.
martes 29 de abril de 2008
29 de Abril.
La vida pasa en sucesión de años, días e instantes, las huellas y marcas que el tiempo va dejando en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, son heridas o galardones que demuestran al mundo como ha sido el transcurrir de los años por nuestras vidas.
Bienes que vamos ganando o perdiendo en esta caminata diaria y constante nos van convirtiendo poco a poco en personas ricas o pobres. Ganamos a veces, otras perdemos, como debe ser, como es lógico que así sea. Porque lo que ganamos sin pérdidas no son ganancias verdaderas.
Pero entendámonos bien, cuando hablo de bienes, no me refiero a los bienes materiales, necesarios, si, pero inútiles si uno no tiene con quien compartirlos. La vida me ha enseñado que los verdaderos bienes, los importantes, los imprescindibles, son los que tienen la capacidad de vivir en el corazón, los que fortalecen nuestras almas y nos dan una razón para vivir.
Afectos, amores, amistades, que llegan y se van de nuestras vidas, pero que siempre nos dejan algo, gente que nos recuerda, que nos quiere, que nos ama, que nos odia, gente, hijos, mujer, amigos, enemigos. Gente que convive con nosotros, o ha convivido, y que ha aportado a nuestro bagaje de experiencias sus cosas buenas, o malas también.
Un año más de todo eso, un año más de guardar en mi corazón, las riquezas que los demás me aportan. Un año más de ver que la vida, cuando se rodea de sentimientos, vale la pena vivirla.
Un año más en que le doy las gracias de corazón, a todos los que me han saludado en mi día.
jueves 3 de abril de 2008
Denisse.
No hace mucho, en un mediodía sabatino, recorría una feria, acompañando a mi mujer, chocando con decenas de personas y parando en cuanto puesto de ropa se acomodaba por ahí. Buzos, camperones, polleras, pantalones, e infinidad de prendas que mi mujer inspeccionaba, detenidamente, puesto a puesto, hasta que llegamos a uno con un montón de prendas de lana, de esas que pienso, jamás utilizar, y que sin embargo en el fondo, se que me abrigarán en invierno.
-Juan, sos vos?-, escuché a alguien preguntar. Al levantar la mirada para ver de donde provenía la voz que me sonó conocida, vi que unos ojos de un azul profundísimo y conocidos me miraban desde la otra punta del improvisado mostrador. Denisse, aquella misma Denisse que más de treinta años antes, había sido una parte importante de mi vida, estaba allí, parada junto al montón de ropa apilada.
El tiempo había pasado por ella, como por todos, intentando deslucir un tanto la belleza fresca de la adolescencia. Su cabello rubio ya no era tan rubio, su cara mostraba el inequívoco paso de los años, y sus manos, no eran las mismas que se asían a las mías buscando un poco de calor, cuando cada tanto, en los inviernos montevideanos la pasaba a buscar a la salida del colegio.
Pero su espíritu era el mismo, no había cambiado en lo más mínimo, sus ojos seguían sorprendiéndose ante cada pedazo de vida, su sonrisa seguía iluminando a quienes la rodeaban. Allí estaba, en un cuerpo diferente, pero con la misma esencia. Denisse, mi amiga, confidente de mi juventud, la que quise profundamente.
No recuerdo exactamente como la conocí, tengo la vaga idea que era amiga de una amiga. Era de ese tipo de personas que no caen bien de entrada, por diferentes, por vivir vidas distintas a las nuestras. Hija de europeos, había quedado a cargo de unos tíos que vivían en Uruguay luego del divorcio de sus padres. Delgada, muy rubia y de unos ojos increíblemente azules, tenía una belleza extraña, yo diría que clásica.
Educada durante casi toda su vida en internados de monjas, su visión del mundo era al momento de conocerla, radicalmente opuesta a la que yo tenía, mojigata, demasiado prejuiciosa, y con una autosuficiencia que me exasperaba, tanto, que dudé realmente que alguna vez pudiera llegar a apreciarla.
El tiempo pasó, y como a veces sucede, el mismo tiempo se encargó de cambiar, poco a poco, la opinión que de ella tenía. La rubiecita autosuficiente y pedante, fue transformándose, a medida que abría su corazón, en un ser humano solitario y sumamente inseguro, pero dulce y confiable. Hija de un padre siempre ausente por sus negocios, y de una madre que la relegaba a un segundo plano, Denisse intentó desde niña, como una defensa quizás, forjarse una personalidad distante y huraña.
Que diferente era a las personas que conocía, que diferente a mí que era. Y sin embargo, poco a poco, comencé a darme cuenta que tras la máscara fría, la mujercita insegura, tierna y dulce, luchaba por surgir.
Las palabras, venían hacia mí, y yo, miraba hacia el piso, tratando de amalgamar esa voz conocida a las vivencias de treinta años antes, y así, los recuerdos comenzaron a llegar, en tropel hacia mi mente. Recuerdos de chocolates y masas en el departamento de sus tíos en Pocitos, o de noches de invierno, arropados en el sillón de su casa del Prado, que compartía con otra tía vieja, escuchando música, tomados de la mano, con su cabellera rubia cayendo sobre mis hombros.
Como no recordar, que muchos pensaban que éramos novios, cuando nos veían caminar de la mano por la calle?, o cuando en señal de aprobación a cualquier pavada que yo dijese, sos ojazos asentían sin hablar, acompañados de una tierna caricia?
Y sin embargo, éramos solamente amigos, quizás, demasiado pendientes de nuestra amistad, el uno, del otro, como para traspasar ciertos límites que a veces eran demasiado sutiles, inexistentes casi.
Al levantar la mirada, mis ojos se cruzaron con la mirada inquisidora de mi esposa, y, a sabiendas de lo que me esperaba más tarde, igualmente besé la mejilla de Denisse, le dije que estaba igual que siempre, apreté la mano de quien me fue presentado como su pareja, y la ví desaparecer entre el gentío de la feria.
Caminando hacia el auto, los reproches de mi señora no cesaban, y yo, callado, pensaba en como explicarle que mi vida, esa vida mía de hace mas de treinta años, estuvo profundamente ligada a esa rubiecita pedante y autosuficiente, que se convirtió casi sin quererlo, en una de las personas que más quise en mi adolescencia.
martes 11 de marzo de 2008
Manos unidas.

No hace mucho, caminaba bajo el cielo encapotado, amenazante y gris por una calle tranquila de Montevideo, en esas tardes, en que luego de una jornada estresante, una caminata con la única compañía de uno mismo por un sitio con pocos visitantes, viene de maravillas.
Una llovizna demasiado fina como para correr a los caminantes de las veredas, me refrescaba la cara, y la única preocupación para mí en ese momento era el sortear las veredas flojas, que aprisionando pequeños charcos de agua bajo ellas, eran un riesgo potencial a mis pantalones claros.
Levanté un segundo la mirada del suelo, y ví que en sentido contrario, una señora caminaba hacia mí de la mano de una adolescente, que por la edad y las circunstancias, estimé que sería su hija. Y no pude menos que desentenderme de las baldosas flojas, y mirarla un instante y sentir un sentimiento enorme de ternura.
La jovencita, con evidentes signos de algún retraso mental, se dejaba guiar por quien para ella debería de representar todo en el mundo, su seguridad, su confianza, su alegría. Al verlas se notaba como el amor entre ellas atravesaba las barreras, destruía las diferencias.
Que especial y mágico fue para mi ese momento, la visión de una mano guiando a otra, apoyándola, ayudándola a vivir. La experiencia de la mamá, guiando la inocencia suprema de la hija diferente. Muchas son las manifestaciones del amor, de variadas formas se nos muestra, ésta debe de ser de las más puras y tiernas que he visto en mucho tiempo.
Esa tarde, la llovizna se convirtió en lluvia y yo, camino a casa pensaba en escribir estas líneas agradeciéndole a la vida por las manos, que pese a las circunstancias adversas siempre permanecerán unidas.
jueves 6 de marzo de 2008
Felicidad fugaz.

Felicidad fugaz
Como un lirio
Como un beso robado
Felicidad fugaz
Como una mariposa
Felicidad fugaz
Como agua que escapa entre mis dedos
Y sin embargo felicidad tan intensa
Tan fuerte
Tan real, tan plena
Felicidad única, hermosa, infalible
Como la alegría
Como el amor, como la vida
Felicidad fugaz
Pero a su vez eterna,
Por haber sido
compartida contigo.
lunes 25 de febrero de 2008
No juzguéis...

No juzguéis, y no seréis juzgados.
Una frase por demás importante que Jesús promulgó a sus discípulos. Importante pues a mi entender, aquí no hacía referencia al hecho de juzgar crímenes o faltas graves, sino, a esos juicios que emitimos diariamente, negligentemente a veces, ante hechos, actitudes o acciones tomadas por los que nos rodean.
Al juzgar, estamos valorando en base a nuestras vivencias, nuestros prejuicios, y nuestros propios puntos de vista, sin considerar los problemas o circunstancias en las cuales estaba inmersa la otra persona al momento de tomar sus decisiones.
Está claro que no somos dioses, y que es bastante difícil el llegar a conocernos plenamente a nosotros mismos, así pues, con que derecho somos capaces de poner en la balanza las decisiones tomadas por otro, cuando ni siquiera podemos saber como reaccionaríamos nosotros mismos bajo presión?. No sería mejor acaso, el tratar de comprender?, de evitar la dureza en nuestras apreciaciones?
Pienso, en las veces que agobiado por problemas personales, he tomado caminos que muchos han considerado errados. Pienso en las amistades, relaciones, o forma de enfrentar las situaciones difíciles, que han provocado algún tipo de juicio malicioso por parte de terceros. Y me pregunto, como un espectador lejano, ha sido capaz de juzgarme, sin estar dentro de mi piel, no viviendo lo que yo he vivido?.
En mi humilde opinión, juzgar es fácil, pero injusto y hasta peligroso, provoca angustia en la persona juzgada, y rebaja al que juzga. Todos, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos equivocado, somos humanos, no somos infalibles, y esto nos demuestra que no estamos capacitados para ser jueces de nadie.
La vida es demasiado corta y valiosa como para gastarla en actitudes que solo provocan amarguras en quienes nos rodean, solo comprendiendo, seremos comprendidos.
No juzguéis, y no seréis juzgados.
miércoles 20 de febrero de 2008
El reto.

Las calles polvorientas del pueblo se adormecían bajo el sol de la tarde. Como tantas veces antes, los tres amigos, con menos perezas que sus mayores, dejaban las siestas de lado para reunirse, buscando en juegos, desafiarse mutuamente.
Es que el aburrimiento de las tardes pueblerinas, era grande para quienes iban entrando en esa edad, donde los estirones del cuerpo permiten ver que el horizonte es más amplio de lo que uno pensaba.
Como un desafío, el tanque de agua, eterno e inmenso, retaba a los tres amigos. De unos veinte metros de altura, dormitaba pesadamente en las afueras del pueblo, sobre una elevación del terreno, y su sola vista ya era intimidante.
Sabiendo del terror que Luis sentía por las alturas, Mario y Daniel azuzaban, cada tanto, a su amigo, gritando a coro – el que no sube es un gallina – mientras trepaban rápidamente por la pequeñísima escalera metálica que recorría al monstruo por uno de sus costados, mientras Luis los miraba frustrado desde la seguridad que le brindaba el suelo.
Una tarde, sin embargo, Luis estuvo dispuesto a vencer a sus demonios y aceptar el reto, ese día sería recordado por todos, le demostraría a sus amigos que el no era un gallina.
El corazón galopaba en el pecho de Luis a la vez que miraba a la cima de la enorme estructura, mientras las palabras burlonas de sus amigos, retumbaban como un bombo en su cabeza. Sabía que si no vencía su vértigo, quedaría para siempre como un cobarde frente a ellos.
Las temblorosas manos de Luis, empapadas de transpiración, se aferraron con fuerza a los peldaños redondos de hierro, aun no subía, y ya una sensación sumamente desagradable le ganaba el cuerpo. Sus pies, aunque pisando tierra firme, sentían un extraño cosquilleo que comenzaba en sus plantas y que poco a poco se extendía por las piernas hasta llegar a su garganta.
Aterrado, giró su cabeza y miró por última vez el suelo, luego, alzó su vista y vio como en lo alto, allá muy lejos, sus amigos ya casi en el techo, miraban hacia abajo y con gestos burlones se reían de su vértigo. Los pies, ahora pesaban toneladas, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder levantarlos y apoyar el primero sobre el primer escalón.
Comenzó a trepar lentamente la escalerilla oxidada, mientras por su espalda un hilo de sudor helado lo recorría sin piedad, empapando el buzo que llevaba puesto.
No supo decir cuanto había trepado ya por la escalera, cuando un terror ciego, arcano, profundo, le inmovilizó completamente el cuerpo. Suspendido a una altura que no podía precisar, sentía como sus manos, como garras, se aferraban a la vida, mientras que la gravedad luchaba en su contra.
Encima, las risas y los reclamos de sus amigos obraban de contrapeso a sus terrores. – Tengo que vencer el miedo -, pensó para sus adentros, y cerrando sus ojos, a tientas nada más, venció la parálisis y continuó subiendo.
Desde la cima, la vista del pueblo era estupenda, a lo lejos podía ver el río con su playita mansa, y mas lejos aún los cerros cercanos a la capital del departamento. Los nervios iban desapareciendo de a poco, como exorcizados por la trepada, pero, y esto era lo más importante, ya no escuchaba las burlas de sus amigos, vencidos por su determinación a ganarle al miedo.
Luis descansó unos segundos para reponerse de la subida, y luego, ignorando su terror al abismo, se acercó lo más que pudo al borde y miró curiosamente hacia abajo. Y, con el corazón palpitando por la emoción, y con un brillo extraño en sus ojos, miró a sus amigos y les lanzó su reto al tiempo que gritaba: -¡el que no salta es un gallina!-.
Por un brevísimo instante, el cuerpo de Luis, flotó en el aire, como un cuervo en vuelo, pero inmediatamente fue reclamado por la tierra que lo recibió con un ruido seco veinte metros más abajo.
Los ojos abiertos por demás, pintaban una mueca de asombro y miedo en Mario y Daniel, que veían, como allá, en el suelo, un hilo de sangre comenzaba a brotar del cráneo destrozado de su desafiante amigo.
Ambos se miraron un instante, y al grito unánime de “el que no salta es un gallina”, los amigos saltaban también, recogiendo el reto, segundos después. El ruido seco de los dos cuerpos golpeando con fuerza la tierra retumbó, entre las vigas de hormigón blanco del viejo tanque de agua.
La hora de la siesta, corrida por el frescor de la tarde, se marchaba muy lentamente, mientras, que de los cuerpos destrozados de los tres amigos la sangre que manaba, comenzaba a teñir poco a poco de escarlata la tierra.
jueves 14 de febrero de 2008
La balsa.

La tarde, como tantas tardes de Julio, se mojaba con la fina llovizna que más que caer, flotaba en el aire, indecisa, al no saber si era lluvia o neblina. Los cuatro, dentro del garaje de la casa de Mario, dábamos los últimos ajustes al proyecto, Tato y yo, pinzas en mano, tratábamos de ajustar los alambres, Mario y Abel, convertían un par de legítimas paletas de frontón Guastavino, en remos.
Al fin, luego de tantos esfuerzos la balsa estaba pronta, una estructura de madera, en forma de hache, encerraba un par de cámaras de rueda de automóvil, y cuatro latas de cinco litros de aceite Shell para motor, todo fuertemente, pensábamos nosotros, unido al bastidor de madera, formaban el navío.
El clima seguía feo, la llovizna no cesaba, y un vientito frío hacía que pareciéramos desquiciados, al andar de short y bermudas por las calles de Malvin, llevando con nosotros el extraño artefacto casero que tanto trabajo y orgullo nos había dado realizar.
Una obsesión, desde siempre nos unía a los cuatro amigos, nacidos y criados a pocas cuadras de la playa, desde chicos, soñábamos con conocer algún día la Isla de las Gaviotas, tan cercana, pero tan misteriosa e inaccesible para nosotros, en aquellos tiempos.
Mientras la niebla/llovizna, seguía flotando en el aire, nuestros pies dejaban huellas profundas en la arena mojada, las pocas gaviotas que estaban en la orilla, escapaban de nosotros, luchando contra el viento norte que a esa altura comenzaba a soplar cada vez más fuerte sobre la playa.
Es extraño, pero luego de tantos años, logro recordar perfectamente la sensación de humedad y frío que flotaba en el aire, más no recuerdo para nada la temperatura del agua, quizás debido a la excitación que sentíamos todos al ver nuestra obra en el mar bogando. Pues, la balsa, tal cual se esperaba, flotó, entre las olas cada vez mas grandes y espumosas que rompían contra la orilla.
Los cuatro amigos, con los improvisados remos en mano, nos subimos a la embarcación, con la loca idea de llegar a aquella isla mágica y maravillosa que parecía que a la distancia nos llamaba. Diez, quince, treinta metros alejados de la orilla, y la balsa, que creíamos indestructible, comenzó a desarmarse poco a poco.
Al principio nos reímos, luego, la impaciencia por intentar llegar a la orilla comenzó a ganar nuestros espíritus, y maldita era la gracia que nos hacía el estar lejos de la playa y a punto de zozobrar. Claro, el miedo pudo más, y luchando contra la corriente y el viento norte, al final pudimos llegar exhaustos a la orilla.
Cansados, mojados, friolentos, más no vencidos, volvimos a nuestras casas, en nuestras imaginaciones, habíamos vencido. El mar, tormentoso, peligroso y oscuro, nos había permitido volver sanos y salvos a la orilla.
lunes 11 de febrero de 2008
Asma.

Las manos aun temblorosas del novísimo invierno iban quitando las pocas hojas que al otoño se le habían quedado olvidadas en los árboles de mi barrio, en ese cambio de estación, que si bien no es demasiado perceptible para algunos, para otros, como en mi caso, se hacían sentir con fuerza.
Es que, con una precisión pautada por algún extraño calendario interno, era en esa época del año, precisa, y ya conocida por mí, que las crisis de asma se agudizaban, quitándome del cuerpo las energías necesarias para cumplir con mis deberes de niño, o sea, jugar al fútbol en la calle, pedalear en la Lygie de media carrera, o ir a la escuela.
Mi casa entonces se poblaba del aroma dulzón del eucaliptus, que flotaba en los vahos que en forma de vapor, salían incesantemente de la pequeña olla que sobre la estufa James a querosén, mi madre colocaba en medio del comedor, bien temprano en la mañana, con su mezcla de agua y esencia en su afán por abrir mis pulmones cerrados.
Otro aroma que se adueñaba, sobre todo de mi dormitorio, era el del Vic Vaporub, una pomada, presentada en unas pequeñas latitas anaranjadas, y que a modo de ungüento mágico, mi mamá aplicaba con una franela caliente sobre mi pecho. Cuando las crisis eran de las fuertes, vahos o pomadas no surtían efecto alguno, por supuesto.
Era en esos casos, cuando la desesperación me ganaba, por más que intentara respirar, el aire escaseaba en mis pulmones, el pecho se me hundía bajo el peso de la enfermedad, y sentía como si un par de luchadores de sumo se pararan sobre mí. El corazón entonces se me apresuraba, tratando de compensar con sus taquicardias, el mal funcionamiento de mis bronquios, que chillaban ruidosamente a causa del vano esfuerzo al que los sometía.
Por lo general, la noche era el período en que más sufría, la tos se acrecentaba, iluminando con destellos nerviosos, mis ojos en medio de la oscuridad del dormitorio. En ocasiones, en que mi lucha por respirar parecía condenada al fracaso, pedía desesperadamente la intravenosa de aminofilina, que el médico, llamado de urgencia, solía aplicarme, muy lentamente, y que yo disfrutaba, al sentirla penetrar en mis venas, como un morfinómano disfrutaría de su dosis de droga.
Al llegar la mañana, mi cuerpo exhausto por la lucha, era incapaz de moverse por el cansancio, y era en ese tiempo, en que realmente podía dormir sin pausas algunas horas, dándole tregua a mi organismo para que se recuperase sus fuerzas perdidas durante la batalla nocturna. Y para darle una tregua a mi madre también, que, cansada pero incondicional, a mi lado apoyaba su mano en mi frente, intentando de algún modo adivinar como pasaría la próxima noche.
Los años pasaron, y le darían la razón al viejo doctor, que siempre aseguró que me sanaría solo al llegar a la pubertad, y si bien, aunque la desaparición no fue inmediata, poco a poco, a partir de mi adolescencia, las crisis fueron cada vez menos frecuentes, los ataques imperceptibles, y las toses casi inexistentes, sacándonos un peso de encima a mis bronquios y a mi madre también.
miércoles 16 de enero de 2008
Persecuta.

Al llegar a 18 y Paraguay, Julio miró nerviosamente hacia atrás, venia caminando desde Ejido con la convicción de que alguien venia tras sus pasos. Al girar la cabeza, vio como un desconocido, de traje y lentes negros, se metía en una galería comercial.
Julio desando sus pasos, y se metió el también en la galería, tratando de descubrir quien era su perseguidor, y sobre todo, cual era el propósito que tenia.
- Es muy astuto -, pensó, alguien con la capacidad de seguir a una persona, y desaparecer en un instante debe de ser un profesional. Preocupado, Julio salio de la galería y comenzó a caminar, esta vez mas rápidamente, por Paraguay hacia Mercedes. Al llegar a Colonia, la luz roja del semáforo, lo detuvo unos segundos, tiempo suficientemente largo, como para notar que alguien tras el también detenía sus pasos.
El miedo lo paralizó, e hizo que evitase mirar hacia atrás, cruzó velozmente la calle, y se metió en un club deportivo que allí existe, tratando de escabullirse de su perseguidor.
El hall del club estaba casi vacío, solo un par de niños con mochilas y ropa deportiva salían de alguna clase de gimnasia, o algo así. Julio se sentó en un banco jadeante, y esperó.
Tras una puerta de vidrios esmerilados, tal vez alguna oficina pensó, vio la figura de dos hombres que hablaban, casi en secreto según pudo constatar. Esto lo intrigó, así que sigilosamente fue acercándose a la puerta. Los hombres dentro seguían hablando, pero esta vez él podía escuchar lo que decían. Un frío atravesó su cuerpo, al sentir que uno de los misteriosos personajes, decía su nombre, casi en un susurro.
Por el enorme atrio, un guardia de seguridad se acercaba velozmente hacia donde él se encontraba, así que no dudó, aprovechó la poca agilidad del guardia, ya entrado en quilos y años, y escapo a toda velocidad de aquel edificio.
Ya no lo dudaba, y tal como lo acababa de comprobar, en ningún sitio se encontraba a salvo. La noche anterior, se había visto obligado a escapar de sus perseguidores por los fondos de su casa. Ya ni en su familia podía confiar.
Una fría llovizna comenzó a caer sobre Montevideo, el pavimento se volvió resbaladizo, y el olor a tierra mojada llegó a sus narinas, trayendo recuerdos de su niñez en Durazno, jugando en el campito, detrás de su casa, con las ranas que se aparecían luego de las lluvias.
Quiso saber donde se encontraba, y reconoció la vieja estación Central, desde la cual tantas veces había, llegado y partido con sus padres hacia y desde Durazno. Hacía muchas horas que no dormía, por ello se acurrucó en un rincón sucio con olor a orín rancio, en la abandonada estación, y al poco tiempo, ya estaba dormido.
Julio despertó sobresaltado, justo en el momento que veía tras las grandes estatuas que están a la entrada de la estación, moverse unas figuras amenazadoras. – Me descubrieron -, pensó, sus ojos sobresaltados buscaron tras las columnas, pero no había nadie allí, sus perseguidores habían desaparecido nuevamente, quizás dentro de la camioneta negra estacionada en la vereda de enfrente.
Estaba anocheciendo, y Julio no tenía donde ir, estaba cansado, y con frío. Se miró los pies, y cayo en la cuenta de que estaba descalzo. Alguien le había robado los zapatos mientras dormía, pensó. Las luces de mercurio comenzaban a encenderse en las calles, y él busco algún rincón oscuro donde pasar la noche y que no lo descubrieran.
El sitio era oscuro y maloliente, pero se sentía seguro allí, por eso se acomodo como pudo sobre el piso y quiso dormir. Una voz lo inquietó, alguien lo llamaba desde la oscuridad, seguro, alguno de sus perseguidores. De un salto se levantó de su precaria cama y comenzó a correr por Galicia, hacia la Aduana.
Dentro de su desesperación, se dio cuenta de que no podría pasarse toda la vida así, huyendo constantemente, con el temor siempre presente de que lo capturasen. Pensaba esto mientras huía, por la rambla portuaria rumbo al este.
La rambla estaba desierta, Julio camino un rato y vio a alguien, abajo en las rocas, que lo llamaba, se acercó al murallón y al mirar hacia abajo, reconoció a un antiguo amigo, que tal como el, hacía tiempo venía huyendo. Su amigo acercó una escalera al murallón, y Julio se dispuso a bajar por ella. Al fin se sentía a salvo.
Rosa entró con pasos vacilantes a la morgue, sobre una camilla destartalada, una sabana con manchas de sangre cubrían un cuerpo. El llanto explotó en la habitación fría.
- Lo siento mucho señora, cayó desde el muro a las rocas, pensamos que estaba muy drogado – alguien le dijo a Rosa.
viernes 11 de enero de 2008
Aunque usted no lo crea.
Gonzalo estaba tan contento que no pude menos que preguntarle la causa de su alegria.
-Logre que mi Blog (El Blog de Gonzalo Piano) hable-, me dijo.
Lo mire raro, pense que la abstinencia nicotinica lo habia empujado a probar otras sustancias con propiedades alucinogenas y lo deje con su alegria.
Pero mi curiosidad pudo mas, asi que, desestimando mis presunciones sobre la posible causa de sus desvarios, accedi a que me hiciera una desmostracion de su Blog parlante.
-Ohhh- dije yo quedandome de boca abierta, -tenes razon, tu Blog habla-.
Demas esta decir que lo primero que hice fue robarle el truco, truco que esta disponible ahora en El Altillo, y que posibilitara a quien no tenga los lentes de aumento puestos en ese momento, igualmente pueda leerme, bueno en realidad pueda escucharme (no a mi, a alguien que no conozco que dono su voz para que esto funcionara).
Asi que de ahora en mas, podran clickear sobre el iconito que dice ESCUCHAR POST (sobre la flechita) y podran cerrar los ojos (prometanme no dormirse), y escuchar los relatos.
Gracias Gonza!!
viernes 21 de diciembre de 2007
Casualidad?.

Soy de hacerme preguntas de difícil respuesta, una de estas preguntas que a menudo me hago, es hasta donde las casualidades gobiernan nuestras vidas, donde comienza la causalidad y termina el azar.
Hechos, situaciones, encuentros, me llevan a pensar que tras lo que nosotros damos por sentado de que es algo casual, se esconde una trama tan compleja como maravillosa, que somos incapaces de comprender.
Y entre esos acontecimientos casi mágicos que cada tanto nos dejan entrever que la casualidad no existe, les quiero contar un hecho verídico que me sucedió, ya hace muchos años y que aún hoy luego de tanto tiempo me sigue sorprendiendo.
Soy una persona bastante perceptiva con lo que a personalidades se refiere, unas pocas palabras, un par de miradas y alguna que otra actitud, me bastan para saber casi al instante si quien esta en el foco de mi atención, puede ser depositario o no, de mi confianza.
Por eso, cuando conocí a A. supe enseguida que una conexión especial me uniría a esa persona, abierta, transparente y sin dobles discursos, me cayó bien de entrada. Así que cuando me dio su teléfono (ni soñábamos con celulares en aquel tiempo), lo guardé con sumo cuidado, pues, conociéndome, sabía que si no tenía el suficiente cuidado, terminaría por perder ese papelito, como tantas veces me había pasado.
- Llamáme el viernes -, me pidió, - eso si, antes de las siete de la tarde, pues a esa hora me voy al cumpleaños de mi ahijado -. Como buen despistado y desmemoriado, el viernes me acorde de llamar a A. poco antes de irme del trabajo, a las ocho menos cuarto de la noche.
Busqué en la billetera y no estaba, en todos los bolsillos del saco y tampoco, menos aún en el cajón del escritorio. Y me quise morir, no encontraba el papelito con el teléfono de A. por ningún lado, lo había perdido!!.
Desesperado por dejar escapar la posibilidad de hablar con ella, intenté utilizar mi muy deficiente memoria, tratando de recordar el número. Luego de algunos minutos en que mi mente no lograba recordar ninguna cifra, un número vino a mi mente, si, pensé para mis adentros, este creo que es el teléfono.
En aquellos viejos teléfonos de disco, marqué el número que mi mente creyó que era el correcto. Una voz femenina y evidentemente mayor, del otro lado atendió amablemente, y yo, le pedí muy respetuosamente hablar con A., - no me corte por favor -, me contestó la voz que pensé era la de su mamá.
Estaba asombrado con mi memoria, esperando en la línea, cuando una conocida y desconcertada voz me pregunta – quien habla allí ? -, - Juan -, le respondí. Al principio pensé que A. sufría de amnesia o algo así, pues no solo me preguntó que Juan, sino, que cuando cayó en cuenta de que yo era el Juan conocido, me hizo la siguiente y más desconcertante pregunta: - cómo conseguiste este teléfono? -.
Lo maravillosamente extraño de la situación, fue que el teléfono que vino a mi mente, y que disqué pensando que era el de su casa, era en realidad el de la casa de su ahijado. Si, de las millones de combinaciones de números posibles que mi mente hubiese podido “elegir”, eligió el correcto.
La relación con A., si bien importantísima para ambos, no fue eterna, mas, estuvo marcada para siempre por ese momento mágico en que algo más fuerte que el azar o el destino ayudó a unir nuestros corazones.
Hechos extraños como el que les acabo de relatar, o lo que tan seguido sucede, de “atraer a alguien con el pensamiento”, me hace pensar que no es del todo cierto que el azar es el que gobierna nuestras vidas, quizás, no seamos más que inconcientes actores, siguiendo las indicaciones de un director desconocido en esta gran obra que llamamos vida.
miércoles 19 de diciembre de 2007
Preferencias.
Prefiero escuchar a hablar, leer a escribir y sufrir a herir. Prefiero los perros a los gatos, y los sueños a las derrotas. Caminar a correr, y mirar a ver. Prefiero el verde al amarillo, los duraznos a las manzanas y el té al café. Prefiero lo salado a lo dulce, y lo dulce a lo amargo. El chocolate a la dieta, la comodidad al abrigo, la calma a la tormenta.
Prefiero el árbol al hacha, pero el hachero a la pobreza. Prefiero el silencio al ruido, la noche estrellada a la tarde despejada y la luciérnaga a la abeja. Prefiero el mar a la sierra, pero el pasto a la arena, lo mojado a lo seco y lo esperado a lo recordado. Prefiero el jazmín al clavel, y que me pidan a pedir.
Prefiero estar a partir, perdonar a condenar y olvidar a acusar. El hambre a la sed, tu piel a mi piel y el hoy al ayer. Prefiero la muerte a la incapacidad, el que me llamen a llamar, el que me pregunten a preguntar. Prefiero la música al cine y la compañía a la soledad.
La guitarra al violín, Rossana Taddei a Mercedes Sosa y Zitarrosa a Gardel. Prefiero volar a navegar, sudar a transpirar, dar goce a gozar. Prefiero el libre al libertino, el peón al político, el artista al guerrero. Prefiero aceptar a cuestionar, comprender a señalar.
Prefiero las primaveras a los veranos y los viernes a los sábados. Prefiero abajo a arriba, lentitud a apuro, empezar a terminar. Prefiero las remeras a las corbatas, el vino al whisky, el disfrutar al guardar.
martes 18 de diciembre de 2007
Terra Meiga.

Muchas cosas me sorprendieron al momento de conocer Galicia, su gente, sus montes, su mar, su verde profundamente verde, su historia, y por supuesto, su magia. Terra Meiga, le dicen, y vaya que es así.
Rastros de antiquísimas religiones paganas dados en sus castros regados por la campiña, su Pedra da Serpe, sus siempre presente Cruceiros, y sus leyendas mágicas, me daban la pauta de que esa tierra era un sitio poblado aún por hechiceras y duendes.
Y que una sabia viejecita centenaria, de luto perpetuo, y ojitos vivaces y azules, me advirtiera sobre los peligros de visitar ciertos lugares, no hizo más que reforzar esa idea.
Clemencia, así se llamaba ella, mantenía en su lúcida mente, intactas mil historias de brujas, pueblos enteros enterrados por la arena caída desde los cielos por dioses enojados, o embrujos y maleficios.
Más que aldea, el caserío de ese rincón de Galicia, muy cercana a la Costa da Morte, donde nuestros parientes vivían, y donde pasamos ese enero inolvidable, tenía todas las comodidades que el progreso puede ofrecer a los habitantes de la Europa moderna, pero esto no evitaba que todas las noches José, el yerno de Clemencia, subiese la pendiente del cerro a buscar el agua de un manantial que brotaba en una fuente construida ya nadie sabía cuando.
Y así, todas las noches me iba acompañando a José, caminando por el sendero oscurecido por la noche, escuchando historias en gallego, sobre hambrunas lejanas y desarraigos modernos. Con casi todos sus hijos, trabajando en Suiza o Alemania, descargaba en mí su sabiduría de generaciones, que yo agradecía al escucharlo en silencio
Cierta noche, después de la cena, Clemencia, la viejecita de que les hablaba, me preguntó si no me cansaba de acompañar a José a su manantial todas las noches, le contesté que no, y más aún, tenía pensado algún día trepar los cientos de metros que separaban la fuente de la cumbre del monte, para divisar desde allí los alrededores.
Clemencia se hizo la señal de la cruz y me pidió encarecidamente que no fuera, que esa era morada de brujas y demonios. Me contó que en la cima de aquel monte, una roca circular, oficiaba de altar donde las brujas llevaban a cabo sus rituales infernales.
Por supuesto que mi ignorancia, llevó a que desoyera los sabios consejos de la abuela, y que, luego de subir por una escarpada senda durante un buen rato, me diera el gusto de observar no solo la aldea allá, muy debajo de donde yo estaba, sino también, el mar con sus rías que reflejaban el sol mañanero a lo lejos.
Una sola cosa podría haberme protegido de mi impertinente visita al lugar donde en ciertas noches de luna llena, los pobladores más viejos del caserío juraban haber visto el resplandor de las fogatas y las sombras espectrales de las brujas en sus danzas.
Algunos días después, frente a mí, un enorme cuenco de barro con tres patas, ardía con un fuego azulado, dentro, una mezcla de aguardiente, azúcar, granos de café y cáscaras de limón, se mezclaban en una misteriosa alquimia que me asombraba.
Junto a unos pequeños recipientes también de barro, con un pequeño apéndice de donde asirlo, un conjuro en gallego nos era entregado para recitar luego de que consumiéramos el mágico brebaje.
Y este fue el segundo error por mí cometido, beber la Queimada, como si de un simple trago se tratara, desestimando su poder mágico, conocido por genraciones, y peor aún sin recitar a la luz de la luna su efectivo conjuro, que me hubiese protegido de tantos males futuros…
Mouchos, coruxas, sapos e bruxas. Demos, trasnos e dianhos, espritos das nevoadas veigas.
Corvos, pintigas e meigas, feitizos das mencinheiras.
Pobres canhotas furadas, fogar dos vermes e alimanhas. Lume das Santas Companhas, mal de ollo, negros meigallos, cheiro dos mortos, tronos e raios. Oubeo do can, pregon da morte, foucinho do satiro e pe do coello. Pecadora lingua da mala muller casada cun home vello……
viernes 14 de diciembre de 2007
Que linda sorpresa tuve ayer!!.

Ayer, mientras trabajaba a full, recibí un regalo, un hermosísimo regalo. Un lindo ser humano me regalo el nuevo gif que pueden ver colgado en el techo del Altillo.
Demás esta decir que me emocione cuando recibí el presente, por dos cosas, en primer lugar, por el hecho de que me encantó su diseño, en segundo lugar, porque fue un regalo hecho por quien me lo regaló, y cuando alguien ofrece desinteresadamente su trabajo a otro, es digno de destacarlo.
Muchísimas gracias por tu aporte, el Altillo, esta mucho más lindo ahora.
http://www.boosterblog.es
jueves 13 de diciembre de 2007
Maripositas.

Vienen hacia mi cara
Por el aire volando,
Dos maripositas
Regordetas y tiernas.
Con la inexperiencia de la vida
Que recién comienza,
Pero con la sapiencia suficiente
Como para saber recomponer mi vida.
Manitos tiernas,
Luminosas y buenas
Deditos gordos,
Hoyuelos en los pequeños nudillos,
Descubriendo mi rostro y dándome fuerzas.
Manitos que crecen
Y algún día no muy lejano
Acariciarán otros rostros,
Y sabrán también
Curar otras penas
lunes 10 de diciembre de 2007
Soy el mismo?
Soy el mismo?
No, no soy el mismo
Tanto tiempo dentro de mi cuerpo
Pasando en olas de experiencia la vida
Cambiando gustos
Creciendo
Añorando volver a ser niño
Sintiendo emociones diferentes
Al escuchar el mismo disco
Amando lo dejado
Y dejando lo alguna vez querido
Soy el mismo?
No, no soy el mismo
Cambiado, sorprendido
Mil veces arrasado, mil veces esculpido
Vuelto a nacer en cada instante
Nuevo, renovado, desconocido
Soy el mismo?
No, no soy el mismo
O tal vez, si,
Lo sea, y no me haya encontrado
Aún, conmigo mismo
martes 4 de diciembre de 2007
Rio de la Plata.

Quizás, una de las razones por las cuales amo tanto a mi ciudad, sea el hecho de que vive recostada sobre ese río con alma de mar. Tan cambiante y tan eterno. Como la vida misma, diferente a cada instante, a veces melancólico, otras veces impetuoso, acompañando, si se quiere, mis estados de ánimo.
Difícil de que mantenga el mismo color por más de dos o tres días. A veces el marrón lodoso de sus aguas, nos obliga a llamarlo Río, otras veces, el color verde claro, nos hace creer que se trata de un Mar.
Las olas, que ayer vimos oscuras y espumosas golpear sobre la Rambla Sur, intentando trepar hacia la ciudad, en esos ataques de sudestada furia, son las mismas que veremos mañana, claras, ociosas, verdes como esmeralda liquida, reflejando, en millones de lucecitas, el sol de la tardecita que se escapa tras el cerro.
Acostumbrado desde niño a verlo, no puedo prescindir de su presencia por mucho tiempo. Y es extraño, pero si estoy por demasiado tiempo lejos de ese río que se parece al mar me siento encerrado, asfixiado. No importa que no me zambulla en sus aguas, o que no pise las arenas de sus playas, pero tiene que estar cerca, de lo contrario no me siento completo.
Siempre que puedo, aprovecho esos raros momentos en que estoy solo, y me voy a acompañarlo un rato. Prefiero sentarme en el murallón, allí cerca del Dique Mauá, para ver, a contraluz del sol, como el atardecer va pintando las aguas con oro. Y eso para mi, es casi como una terapia, me purifica y me deja como nuevo.
Imagino a Montevideo, con su bahía, tratando de abrazarlo, de contenerlo, y me quedo pensando, que por eso este rio nos viene dando tanto desde hace tanto tiempo, y yo siempre que puedo, en silencio se lo agradezco.
jueves 29 de noviembre de 2007
Mi mujercita.

El teléfono sonó en casa, y espere ansiosamente que mi mujer me dijera lo que yo tanto esperaba oír, las ansias me atormentaban, no estaba tranquilo, sabía que el momento se acercaba y los nervios cada vez más, iban ganando mi cuerpo y mi espíritu.
-Vamos, parece que ya es la hora-, mi mujer no había terminado de decir la frase, y yo, ya estaba pronto, llave del auto en mano, para ir a buscar a mi hija. Su casa no queda muy lejos de la mía, pero el recorrido me pareció eterno.
Al llegar toque el timbre nerviosamente, y casi inmediatamente, bajo ella, del brazo de su esposo, pesadamente, torpemente las escaleras, con una alegría y un miedo palpable en su rostro. Y fue la imagen más tierna y hermosa que en mucho tiempo mis ojos veían. Mi hija, esa misma mujercita, que más de veinte años atrás había compartido juegos y llantos conmigo, iba a ser mamá.
Los nervios me consumían, caminaba de un lado a otro en el pasillo del sanatorio, tratando de aguzar el oído, pero solo escuchaba los gemidos de mi hija. De dentro de la sala una enfermera sale apurada, sin tiempo de explicar ni darle noticias a nadie. Sigo esperando, con un nudo en el estomago y al borde del colapso.
Vuelve la enfermera con algo en sus manos. Tratamos de ver por entre la puerta que se cierra, solo llego a escuchar –Vamos madre, mas fuerza!!-.
Dos, tres, cuatro minutos, o una hora no lo se, el tiempo corre distinto ahora, y la puerta se abre. Una enfermera con una bolita de carne morada y llorona sale de la habitación, dudo, sigo a la enfermera?. Miro hacia dentro. Mi hija, mi niña, mi princesa, con los ojos llenos de lágrimas y emociones, esta toda transpirada, con el pelo revuelto y la cara llena de vida. Me le acerco y le doy un beso enorme, lleno de gratitud y recuerdos.
En un cuarto contiguo, mi nieto, desnudo y arrugado, llora al recibir en su espalda el frío soporte de la balanza, lo miro, todos hablan, mas yo no escucho nada, solo miro, y disfruto lo que veo.
Recobro el ánimo, y vuelvo donde mi hija, que, de la mano de su esposo, cansada y dolorida, se siente única, eterna, importante, más, yo siempre supe eso. La miro, y no puedo evitar que los ojos se me humedezcan.
Gracias por lo que me has dado, mi amor.
martes 27 de noviembre de 2007
Valerio.

La llovizna, fina y persistente, empapaba los terrones sedientos y agrietados de la quinta. Por la ventana de la cocina, abierta a causa del calor, entraba el perfume a tierra mojada, que se mezclaba con el olor del gas de querosene y el aroma del dulce de leche casero, riquísimo y grumoso, que mi tía preparaba en una vieja cocina Volcán.
Sentados en un banco de madera, un par de humeantes y enormes tazas de loza blanca, rebozaban de café con leche espeso. Las galletas de campaña, con manteca y dulce de leche, completaban la merienda que mi primo y yo teníamos que terminar si queríamos volver a los juegos.
A pesar de las protestas de mi tía, -no se tomen la leche bebida, coman algo-, nos decía, apurábamos todo lo que podíamos la merienda, para salir a jugar, si paraba la lluvia, con los bichos que siempre aparecían después de las lluvias, sino, nos íbamos para el galpón de los aperos a escuchar las historias de Valerio.
A la izquierda de la tranquera, unos quinientos metros hacia adentro, un enorme rancho hecho de palo a pique y barro, con solo tres paredes, y con un techo de quincho añoso, guardaba los aperos, azadas, escardillos, y otros implementos para el trabajo en el campo, que mi tío y un par de peones utilizaban para trabajar la quinta, u ordeñar las vacas.
En la mitad del rancho, un fogón siempre encendido, calentaba eternamente una caldera negra de hollín, que lanzaba vapor constantemente por su pico. Sentado en un banquito de tambero, junto al fuego chisporroteante de espinillo, Valerio con el mate apoyado en el suelo de tierra apisonada, se aprestaba a liarse un “fumo”.
Ceremoniosamente, conciente de nuestra atención, sacaba del bolsillo de su chaleco, el paquete de tabaco brasilero y las hojillas Job, y lentamente, muy lentamente con sus manos agrietadas por el uso excesivo y duro, comenzaba la tarea de darle forma mas o menos de cigarro a ese montón de tabaco.
Siempre en silencio, pasaba su lengua por el borde de la hojilla, la pegaba, y luego chupaba su cigarro recién hecho para darle consistencia y forma definitiva. Tomaba algún palito encendido del fogón, y a la primer pitada, ya la tercera parte del cigarro se había consumido.
Con el “fumo” entre sus dedos amarillos, tomaba la caldera del fuego, y se cebaba un “chimarrao” hirviendo. Recién, después de saborear su mate, se acomodaba en su banquito, nos miraba a mi primo y a mí, y comenzaba a contar aquellas historias con su acento abrasilerado.
Lo que hoy en día, la niñez consigue enlatado y digerido, nosotros teníamos la suerte de escucharlo de un paisano que hacía trabajar nuestra imaginación al máximo. Historias de degollados, almas en pena o lobizones, brotaban de la boca de aquel hombre, y nosotros, con la inocencia propia de los niños que todo lo creen, quedábamos absortos escuchándolo.
Con la llovizna calmando y silenciando los campos, lo único que se escuchaba en el rancho era la voz ronca de Valerio, y el chisporroteo del espinillo quemándose en el fogón.
No se si las historias que los niños ven hoy en día en un aparato con control remoto, tendrán el mismo efecto en sus imaginaciones, que el que tuvo, en nosotros lo que Valerio nos contaba en aquellos lejanos y lluviosos días de nuestra niñez. Me parece que no.
sábado 24 de noviembre de 2007
Libertad.

Creo que desde que los humanos elegimos ser animales sociales, abandonamos el concepto de libertad absoluta. Y es que las obligaciones que nos impone la sociedad, hace que sea imposible de gozar una libertad plena, por eso nos hemos ido amoldando a las cuotas de libertad que podemos realmente gozar ya que tenemos asumidos, mas por el conocimiento que tenemos de lo que no nos gustaría que nos hicieran que por otra cosa, que hay que seguir ciertas reglas para hacer posible la convivencia.
En definitiva el ser humano privilegia las reglas de convivencia por sobre las libertades personales, sabemos que solos no podríamos subsistir en este mundo y nos amoldamos a las leyes para ser aceptados en la manada, y de esa forma intentar gozar de su aceptación y protección.
Pero hay veces en que el humano se topa con situaciones que hacen ver, a estas reglas sociales, como pesadas cargas sobre sus hombros. Y es que ante todo, y quizás por sobre todo, estamos gobernados por sentimientos e instintos, y claro, las reglas proponen, pero los sentimientos muy a menudo son los que se imponen.
Que hacer ante el dilema, que muchas veces enfrentamos, el de gozar de la libertad plena, o acatar las reglas ya establecidas?, cosa difícil de decidir a veces no?. Y sucede que por recibir la aceptación de la manada, muchas veces, demasiadas tal vez, vivimos tranquilos en nuestro mundo de seguridades mundanas, dejando de lado alegrías, pasiones y hermosas locuras.
Claro, tenemos, si abandonamos las inseguridades y los miedos por un instante, la oportunidad de correr descalzos por la vida, ver los colores con el corazón, y los amores con el alma, y si, ahí seriamos mucho mas libres, y por supuesto, bastante más felices al fin.
martes 13 de noviembre de 2007
El Barrio.

Pocos recordaban que había sucedido en el barrio, pocos quedaban de los que habían conocido otra forma de vida, más sana, más lenta, donde el contacto humano era fundamental, y la confianza era mutua.
Pero vayamos al comienzo de la cosa. En aquel tiempo, era extraño ver rejas en los jardines de las casas del barrio, los chiquilines jugaban hasta tarde en las calles tranquilas, y el almacenero de la esquina, basado en la palabra honesta de los vecinos, confiaba su negocio a los fiados y las libretas.
Por las tardecitas veraniegas, cuando el sol comenzaba a caer, los vecinos sacaban sus reposeras y sus sillas de madera y rafia a las veredas, y mate en mano comentaban las novedades entre ellos, y se convidaban con los pancitos, o los pastelitos caseros. Todo era tranquilo y cansino, calles casi sin tránsito, y techos sin antenas de TV daban la pauta de que aun el progreso, con su carga de oportunidades y problemas no había contaminado al barrio.
Pedro, el italiano, como casi todos los almaceneros del barrio, compartía bajo el mismo techo, negocio, y vivienda. Suya era la planta baja, de la única edificación de más de dos pisos de la manzana, que tenia un gran salón, acondicionado con mostradores de madera maciza, un par de sifones “Banchero”, para el alcohol y el kerosene, y los clásicos cajones del mercado.
En lo que vendría a ser el sótano, tenia su hogar, que dividido en tabiques de madera, compartía entre su esposa y su hija. Al frente, entre una tupida pared de transparentes que lo separaban un poco de la calle, vivía un perro, añoso y de raza desconocida, que durante el día desaparecía, y por las noches, siempre volvía seguro de que los huesos y la cucha de bolsas de arpillera, los esperarían junto a los casilleros vacíos.
Don Sosa, el jubilado del ferrocarril, vivía en una casa recostada hacia la derecha, el jardín con dos rosales, y una balconada de ligustros, estaba unido al fondo por un espacio a la izquierda de la propiedad, casi completamente cubierto por una parra de uva brasilera, que todos los veranos regalaba a los chiquilines del barrio.
A don Sosa, le encantaban los pájaros, y tenía muchos, claro, en aquel barrio, como a nadie se le hubiese ocurrido atar a los perros, o meter a los pájaros en jaulas, éstos anidaban y volaban libremente por entre los árboles del fondo, picoteando en el piso, el huevo duro pisado y el alpiste que el viejo les regalaba casi todas las mañanas. Mixtos, cardenales, sabiás y hasta zorzales, le alegraban los días, al jubilado del ferrocarril.
En tanto, Dora la modista, en las tardes de verano, sacaba la Singer al patio, y trabajaba en el fresco. Tenía un sauce a los fondos, donde anidaban sus pájaros, de colores diversos y cantos melodiosos, y era costumbre, que cuando Dora aparecía con su maquina de coser en el patio, los pájaros bajaban del árbol, e iban a hacerle compañía, seguros de que Dora compartiría con ellos las miguitas de pan con grasa que todas las tardes acompañaban al mate dulce con cascaritas de naranja.
Por años y años, los perros sin dueños y los gatos callejeros, vivieron libres y despreocupados en aquel barrio. Siempre había alguna latita con comida y agua, proporcionados por algún vecino caritativo, o un lugar donde pasar la noche.
El tiempo fue pasando, y poco a poco, los viejos se fueron yendo, primero fue don Sosa, al que encontraron muerto una mañana. A los vecinos les extraño no sentir el canto de los pájaros ese día en lo del jubilado, así que alguien fue a visitarlo y lo encontró tendido en la cama, con una expresión de paz en el rostro.
Luego fue la Singer de Dora, que dejó de escucharse en las tardes de verano, y tras ella, otro, y otro más. El barrio fue cambiando y gente nueva fue ocupando poco a poco el espacio que los viejos vecinos iban dejando atrás.
Pedro, el almacenero, un buen día dijo que se jubilaba, vendió el almacén, la cachila marca Ford, con la cual iba al mercado, y con su mujer y su hija, ya recibida de abogada, se fue para siempre, algunos dicen que para Italia, otros sin embargo, aseguran que lo han visto caminando por el centro.
En el lugar del almacén, un minimercado, con góndolas repletas y de productos, pero sin fiados, ni yerba o azúcar sueltos, se instalo al poco tiempo. El nuevo dueño, en lugar de vivir en el sótano, como lo había hecho Pedro, utilizó este como depósito, alquilando uno de los departamentos de arriba, donde vivía con su familia.
Junto al transparente, ahora limpio y sin cajones, un fierro clavado profundamente al piso, aprisionaba una cadena, de unos dos metros de longitud, que terminaba en un collar en el cuello de un ovejero alemán.
Dónde antes vivió don Sosa por tanto y tanto tiempo, se mudó una familia con dos niños, a los que no dejaban jugar en la calle por miedo a que algo les pasara. Poco a poco, debido a la confianza de los pájaros, y a los tramperos del nuevo dueño de casa. Los cardenales, los mixtos y los zorzales, poco a poco fueron abandonando los árboles y los cantos, y pasaron a vivir en los tristes jaulones que guardaban en el galpón del fondo.
Algo parecido sucedió en lo de la vieja casa de Dora, los pájaros ya no bajaban a comer las miguitas de los nuevos ocupantes de la casa, ya que ellos también ahora, vivían aprisionados en jaulas de alambre.
Y así, poco a poco el barrio fue perdiendo a los perros callejeros, y era difícil ver cardenales o mixtos en los árboles. Al aparecer las primeras antenas de televisión, en los techos, cada vez menos también, se vieron chiquilines jugando hasta tarde en las calles, y a las vecinas, escobas en mano, comentando las novedades del día.
Hoy, el barrio esta enrejado, ya no se ven portones abiertos y las puertas siempre están cerradas con llave. Los mas viejos aseguran que al encerrar a los pájaros en jaulas, y al atar a los perros con cadenas, la gente misma poco a poco fue perdiéndole el gustito a la libertad, y tal vez, tengan razón.
lunes 5 de noviembre de 2007
La nada.

Don Cosme era el ermitaño del barrio, vivía frente a la casa que mis tíos alquilaban en Sayago, en esa zona, donde las calles tienen nombres de flores y los vecinos, a fuerza de convivir durante años, ya conocen sus defectos y virtudes.
Para mi primo y para mí, Don Cosme jamás había sido joven, lo conocimos siendo viejo, y viejísimo ahora cada tanto lo veíamos, en esos días excepcionales en que se aparecía por su jardín, intentando remover con sus manos temblorosas y huesudas, algún yuyo que otro.
Los vecinos, un tanto compadecidos, se ocupaban de hacerle los mandados, que consistían casi siempre, en algunos pocos alimentos para él, y otros cuantos más, para la multitud de perros que lo rodeaban, únicos y fieles compañeros de aquel hombre solitario.
Don Cosme no tenia a nadie, soltero, se había vuelto una persona huraña a causa de un amor malogrado, según los chismosos del barrio. Hacía años que no mantenía contacto con parientes ni amistades, actitud ésta, que lo fue aislando cada vez más del mundo.
Fue por eso que a los vecinos de la cuadra, les extraño ver un coche estacionado frente a su puerta esa tarde de mayo. Hermético, como siempre, a nadie dio explicaciones sobre el objeto de la visita de esas dos personas bien vestidas, que conversaron con el durante algunos minutos en el jardín, y con los que luego se lo vio ingresar a la casa.
Días después de este hecho, los vecinos al fin pudieron darse cuenta de que se trataba todo esto, en el frente de la casa, sostenido por un par de alambres que caían desde la azotea, apareció el cartel de una inmobiliaria, que en grandes letras azules y rojas, ofrecía la casa en venta.
Hacia tiempo que mis tíos buscaban alguna propiedad por la zona, deseaban comprar algo que estuviese cerca del colegio de mi primo, y que no fuese muy caro tampoco, así que cuando se enteraron de que la casa de Don Cosme, estaba a la venta, no lo pensaron dos veces, obviaron hablar con el dueño, y llamaron directamente a la inmobiliaria para pactar una visita a la propiedad.
Aunque mi primo no estaba muy entusiasmado por mudarse a aquella casa, la más siniestra del barrio, igualmente el día pactado para la visita me llamo, y me invito a ir a con él a conocerla.
Al entrar a la vieja casa, lo primero que llamo mi atención, fue el intenso olor a perro que impregnaba todo, desde las paredes, todas pintadas de colores oscuros y tristes, hasta los gobelinos añejos que colgaban en algunas habitaciones, casi todos ellos bordados primorosamente con motivos religiosos.
Si bien era pleno día, la gente de la inmobiliaria tenia las luces encendidas de antemano en toda la casa, pues las persianas, a duras penas se podían abrir, tras años y años de permanecer en la misma posición. No podría decir que había desorden en la casa, más bien dejadez, estaba todo en su lugar, pero sucio, con un manto de polvo que en algunos rincones llegaba a tener dos o tres centímetros.
Mientras a mis tíos les llamaba la atención los artefactos del baño, a mi primo y a mi, nos llamaba más, una escalera que desde la cocina, que se encontraba al fondo de la casa, bajaba hacia lo que parecía ser un amplio y oscuro sótano, así que sin pensarlo mucho, nuestro afán aventurero pudo más, y en un santiamén , nos encontramos bajando hacia lo desconocido.
El sótano era sin dudas, el lugar más lúgubre de la casa, aquí si reinaba el desorden, libros viejos, recortes de diarios, herramientas oxidadas, muebles rotos y una parafernalia de artículos en desuso, se amontonaban caóticamente entre el polvo y las telarañas. Por un rato, me aleje de mi primo, que estaba entusiasmado en una vieja bicicleta negra de esas con varillas metálicas en lugar de cables para los frenos, como ya no se fabrican hoy en día.
Mis ojos me llevaban de aquí para allá, tratando de leer el titulo de los libros que dormían entre la mugre, o intentando mover alguna pinza oxidada que encontraba entre la basura, recuerdo que en cierto momento, el polvo, y el olor a humedad, hizo que estornudase cuatro o cinco veces, y que mi primo se riera por eso.
Ya estaba por abandonar ese sitio el cual no me gustaba para nada, cuando algo llamo mi atención, en la parte mas alejada del sótano, y que calcule yo, estaría bajo el porche de la casa, un circulo de aproximadamente un metro y medio, se dibujaba en el suelo, o al menos eso fue lo que yo pensé.
Al acercarme más, note que lo que parecía ser un dibujo, era en realidad un área perfectamente circular desprovista totalmente de polvo. Estaba limpia, como si alguien hubiese barrido con esmero esa zona tan perfectamente redonda. Quede sorprendido y quise avisarle a mi primo sobre el hallazgo, pero mi curiosidad pudo mas y me acerqué a investigar.
Al principio no note el cambio, y es que una vez dentro de ese circulo nada sucedió. Bueno en realidad eso debería haberme dado a entender que algo extraño, aunque parezca un juego de palabras, si estaba sucediendo.
Y es que cuando digo que nada sucedió, fue exactamente lo que intento decir que paso. Nada, dentro de ese circulo tan limpio, nada sucedía, no sentía frío ni calor, el olor a moho y a humedad no existían en ese espacio. Pero, y esto mas extraño aún, sentía que mis emociones desaparecían, no sentía inquietud, ni sorpresa, miedo ni curiosidad.
En ese momento, vi a mi primo pasar a unos dos metros de mí, le pregunté si había notado lo extraño del círculo, pero sin mirarme siquiera prosiguió con su afán investigador. Fue en ese momento, que me di cuenta que por más que intentase hablar, de mi boca, solo brotaba silencio.
Creo que fue por pura casualidad que al final pude abandonar ese extraño lugar, no fue por voluntad propia, ya que hasta la propia voluntad se esfumaba dentro de sus contornos, fue simple suerte el haber salido de allí.
Los días pasaron, y mis tíos al final, jamás pudieron hacerse de la casa, la que hasta hoy en día sigue deshabitada. Y es que al final nunca llego a venderse, su dueño, Don Cosme, desapareció junto a sus perros un buen día, y jamás fue visto de nuevo.
Estoy seguro que en el sótano de esa casa, allá, bajo el porche habita la Nada, y si alguien se atreviera a mirar en su interior, encontraría quizás, al viejo con sus perros, sin voluntad, sin vida, sin nada.
viernes 2 de noviembre de 2007
Viaje a Rivera.

Hacía mucho, que sabíamos que Gustavo se casaba, toda la oficina había recibido ya, su participación, había aportado para la colecta, y los casados, habían avisado en sus casas, que el próximo feriado de carnaval, se irían a Rivera por un par de días, para asistir a la boda.
Y sucede que era de allí oriunda la futura esposa de nuestro compañero, por eso el casamiento se llevaría a cabo tan lejos de Montevideo. La concurrencia estaba asegurada, en ese entonces trabajábamos en una empresa de ómnibus, hoy en día desaparecida, por lo que los pasajes estaban asegurados, y gratis. Bueno, en realidad si bien eran gratis, debido a la fecha, lo de asegurados era un tanto relativo.
Méndez, el jefe de pasajes, casi se desmaya, cuando vio que casi toda contabilidad y parte del centro de cómputos, se le apareció un par de días antes del viaje a pedir sus pasajes. –Pero ustedes están locos?-, nos dijo, - De dónde quieren que saque 20 pasajes para Rivera a dos días del Carnaval?-.
El viernes a últimas horas de la noche, nos reunimos, como habíamos quedado, en la Plaza Cagancha, heterogénea mezcla, en aquellos tiempos, de montevideanos, gauchos, valijas, bolsos y ómnibus GM con el galgo dibujado en sus lados. Claro, no iríamos todos en el mismo bus, la imprevisión hizo que el pobre Méndez, a fuerza de mucho trabajo, nos consiguiera los pasajes, pero solo de ida, y desparramados en diferentes coches.
El plan era llegar temprano a Rivera, reunirnos todos en la agencia de ONDA, y desde allí, llamar hacia el Jandaia, el mejor hotel de Livramento, donde pensábamos quedarnos esos dos días de boda y carnaval.
Mi coche fue el último en llegar a destino, así que cuando baje de él, y vi las caras de mis compañeros, intuí que algo no había salido como se había planeado.
-No quedan lugares disponibles en el hotel-, dijo alguien, -y tampoco quedan pasajes para el regreso- dijo otro.
Nos dividimos en grupos de tres o cuatro, y comenzamos esa mañana de sábado a recorrer Rivera y Livramento en busca de alojamiento. Cerca del mediodía, luego de caminar muchos quilómetros y preguntar a infinidad de personas, dimos con una pensión “familiar”, del lado brasilero, una vieja casona, con la fachada de un color, que originalmente debió de ser roja y que quedaba bastante lejos de la línea divisoria.
Al entrar a la pensión, me cautivaron dos cosas, en primer lugar un enorme patio interior, lleno de plantas y pájaros. Las plantas, en un perfecto desorden, donde se mezclaban, a modo de una pequeña selva, palos de agua, bananos, rosales e hibiscos de colores desconocidos para mí. Los pájaros, también desconocidos, volaban y cantaban dentro de un par de enormes jaulones de hierro y tejido de alambre oxidados, y con algún resto de pintura verde.
Lo otro que me cautivó, o debería decir, nos cautivo, fue la jovencísima recepcionista brasilera, solo un poco mayor que nosotros, que salio a nuestro encuentro cuando nos vio entrar. Morocha, de unos ojos increíblemente verdes, y con ese encanto propio y arrebatador de las garotas, que se saben hermosas, y no por ello dejan de ser tremendamente simpáticas y agradables.
Caminamos por un sendero de ladrillos, entre las plantas, y llegamos a la recepción, que cosa extraña, estaba al otro lado de la entrada principal. El patio, estaba rodeado de una pasarela de madera, con viejas barandas despintadas, techada, con viejas chapas de zinc, y bordes de metal con formas romboidales.
Las habitaciones, casi todas ocupadas, y casi todas con sus grandes puertas de madera y vidrio, abiertas de par en par, daban hacia esa pasarela, así, que mientras íbamos hacia la recepción, para registrarnos, nos cruzábamos con los habitantes de aquella pensión, ninguno de ellos jóvenes, por cierto, que nos saludaban, y nos daban la bienvenida en portugués.
Los olores se mezclaban, las rosas, y otras flores del jardín por un lado, la comida en los fogones improvisados de los cuartos por otro, más el olor a ropa limpia que colgaba de algunos alambres a un lado del patio, aportaban lo suyo.
Como ya habíamos visto, casi al pasar, las habitaciones eran sumamente humildes, no muy grandes y bastante destartaladas, distaban mucho de lo que hubiéramos esperado ver en un hotel de alguna estrella, y para colmo de males, la pensión, quedaba muy lejos del centro de Rivera, pero era lo único disponible, así que terminamos por tomar el único cuarto disponible que quedaba.
La preciosura brasileña, nos guió hasta la habitación, que aunque estaba con las puertas abiertas de par en par, no podía deshacerse del olor acre del encierro y la humedad que por años la venían poblando. Típico lugar antiguo, de piso de largos listones de madera, sin rastros de cera por ningún lado, e instalación eléctrica a la vista, como había visto yo años antes en lo de mis tíos. Cables negros, con algunas telarañas, enroscados sobre aisladores de porcelana que recorrían las descascaradas paredes, como venas en un anciano.
Las cuatro camas estaban tendidas con sábanas y mantas de vaya a saber uno que época, pero no importó. Nosotros éramos tres, así, que luego de elegir cada uno su cama, dejamos la cuarta como lugar donde poner nuestras valijas y ropa, ya que aparte de un viejo ropero, que por lo sucio nadie pensaba utilizar, no había más muebles en la habitación.
Habré estado un par de minutos tirado en la cama, el calor era bastante agobiante, y mi cuerpo estaba lleno de transpiración, olor, y ese polvillo rojizo, propio de los caminos de la frontera. Me levanté, y al mismo tiempo de que iba caminando hacia el baño, me iba quitando la ropa, me urgía un duchazo.
El baño, no desentonaba para nada con la habitación, destartalado, con artefactos sanitarios de no se que siglo, manchados de oxido, y una desteñida cortina de nylon celeste, que ocultaba el duchero. Ya desnudo, me metí bajo la ducha, sin saber que previamente a ese paso tan común y corriente, debería haberme instruido en el uso de los famosos Chuveiros brasileños.
Y es que yo confiado, bajo la lluvia fría, totalmente mojado, se me dio por prender una llave cuyos cables iban directamente hacia el artefacto que conectado a un caño en la pared, era el que me estaba proveyendo de una fina lluvia. Yo quería por supuesto que esa lluvia fuese un tanto más calida de lo que era en ese momento, y por eso lo de la llave. El golpe de corriente que recibí, fue tan grande, que terminé, cayendo al piso, llevándome conmigo la cortina de nylon.
De ahí en más, ninguno de los tres se animó a prender nuevamente el famoso Chuveiro, así que nuestra estadía en la ciudad fronteriza, transcurrió entre el calor del clima, y el frío de los baños.
Fuera de alguna que otra anécdota, fue un hermoso casamiento, y una muy divertida fiesta también, y así pasamos el sábado y domingo, entre la boda y las compras en los supermercados, acordándonos a último momento de pasar por la agencia de ONDA, para averiguar por los pasajes que el agenciero amablemente trataba de conseguirnos.
Nuevamente el tema de los pasajes fue problemático, todos volvimos en coches diferentes, mis dos compañeros de pensión y yo, logramos tres plazas en un ómnibus que trasladaba a niños hacia un campamento de verano en Montevideo.
El viaje no tuvo inconvenientes, claro, hasta que a la hora aproximada de viaje uno de los niños del grupo de viaje, comenzó a vomitar. Una hora más tarde, casi la totalidad de los veinte o treinta niños que compartían el ómnibus con nosotros, también vomitaban.
No quiero entrar en detalles, para no herir la sensibilidad del lector, pero para resumirlo de algún modo, debo decir que fue el peor viaje en ómnibus que he tenido en mi vida.
Hoy luego de tantos y tantos años de aquella anécdota, no dejo de pensar en todo lo que, me ha sucedido en mi vida por dejar siempre todo para último momento. Episodios malos, como los del ómnibus, y otros hermosos, como el de aquellos ojos tan verdes que me deslumbraron y nunca más volví a ver.
lunes 29 de octubre de 2007
El viaje.

Hasta ahora, solo cosillas de mi autoria habian poblado El Altillo, pero hoy, recibi un regalo precioso, asi, que lo voy a compartir con ustedes, este cuento, pertenece a Mariela, y obtuvo una mencion en un concurso, hace poco, asi que aqui lo pongo para que lo disfruten.
Algo me dijo desde el despertar que ese día sería especial.
Una inquietud me recorrió toda la mañana y permanecí en estado de alerta.
Traté de restarle importancia, no tenía mucho tiempo y debía llegar puntual a aquella entrevista de trabajo, esa era mi última posibilidad.
Me sentí ajena a mi misma, casi una extraña, como si la ropa me eligiese a mí y no yo a ella.
Caminé las dos cuadras que me separaban de la vieja estación. Era una tarde calurosa de noviembre, y la humedad brotaba desde las descascaradas paredes. En la boletería, Don Ángel me saludó con el afecto de siempre, mientras decía:
-Tuvo suerte señorita, por poco lo pierde.
El humo espeso de la locomotora envolvió la estación.
Me gusta viajar en tren, sentarme en un rincón, mirar por la ventana, atravesarla y perderme en el paisaje.
En el segundo vagón hay pocos pasajeros, puedo buscar un ángulo solitario
El tren anunció su salida.
Un último pasajero se aproxima lentamente por el pasillo y se ubica en el asiento enfrente a mí. Es una mujer de setenta años o más, delgada, con el pelo teñido de un fuerte amarillo que deja ver un original oscuro.
Sus ojos celestes parecen vacíos y sus labios finos están cuidadosamente pintados.
La mujer mira por la ventana y yo la observo con curiosidad.
Lleva puesto un vestido elegante, de seda, con un estampado de flores, pequeñas violetas esfumadas. Un collar de perlas con doble vuelta decora su pecho.
Lleva sobre la falda un paquete, parece una caja rectangular, envuelta en una tela de pana de un verde oscuro y gastado.
La mujer deja de mirar hacia fuera y agarra el paquete con ambas manos como protegiendo u ocultando algo,
Siento su mirada fija, penetrante y ahora soy yo quién busca atravesar el vidrio.
Intento perderme en el afuera de pasto quemado por el sol y casas humildes desparramadas.
Sé que me está mirando insistentemente, pero a pesar de la inquietud que me provoca no puedo moverme, me siento paralizada.
Mis ojos se van incontrolables hacia ese paquete rodeado de manos viejas, de dedos deformados y uñas cuidadas.
La mujer casi dobla su cuerpo y con los brazos intenta taparlo.
El tren se acerca a la próxima estación. Pienso en bajarme, o quizás cambiar de vagón o de asiento, ya no soporto esa presencia que me agobia, pero no puedo moverme.
La mujer se levanta, la miro de espaldas, camina por el pasillo y se baja.
Me mira temerosa desde el anden.
No entiendo que pasó, suspiro aliviada y sacudo mi cabeza como para despejarme.
En el asiento de enfrente quedó la caja rectangular forrada con el paño de pana verde.
El tren sigue su recorrido, deja atrás a la mujer y su mirada.
No se que hacer. Agarro el paquete, me pregunto si debo entregarlo al inspector o en la estación.
Siento curiosidad, necesito saber que hay adentro. Sé que no es correcto, que no me pertenece, pero no puedo controlar la atracción que me provoca.
Retiro lentamente la tela que deja ver una caja de cartón antigua envuelta con un cordón de hilo rojo.
Sé que ya no puedo detenerme y desato el nudo que libera la tapa.
La caja solo tiene un portarretratos de plata decorado con marfil.
Detrás de un vidrio aguarda una foto amarillenta donde me veo, sentada en un tren con un vestido de seda con flores violetas, un collar de perlas y mis ojos oscuros llenos de asombro.
viernes 26 de octubre de 2007
En el rio.

Como un ritual casi, los mayores, luego del almuerzo, se tiraban un par de horas en sus camas, tratando de escapar un poco del calor que con lengüetazos de lagarto, quemaba la piel aún bajo la sombra de los árboles. La mesa, instalada bajo la enramada, quedaba mientras tanto con los trastos sucios, con los restos de la comida del mediodía, esperando que la tardecita trajera a los voluntarios que rejilla y jabón en mano, los despojaran de la grasa, irresistible lugar de reunión de cuanta mosca había en el aire.
Solo los perros, mis primos, el tío Yuyo, demasiado joven y soltero, como para encarar una siesta, y yo, quedamos despiertos, muertos de calor, pensando que haríamos esa tarde. La estridencia del canto de las chicharras, parecía aumentar el calor del día, que dormitaba en las calles desiertas y polvorientas del pueblo.
Dentro de la casa, el frescor de los cuartos, invitaban al sueño, así, que los mayores, poco podían hacer para controlar nuestros pasos. -Tío, vamos a nadar al río, dijimos a coro mi primo y yo.- -Bueno, voy hasta casa a cambiarme y vamos al río, debajo del puente, ustedes vayan yendo si quieren-
Daniel y yo, con un par de mandarinas para el viaje, le silbamos al Tilo, invitándolo para el paseo. El Tilo nos miró, movió un par de veces la peluda cola, y siguió como si nada, deleitándose con el hueso que mi abuela le había regalado, horas antes.
El cielo despejado por completo, estaba casi blanco a causa del resplandor del sol, nada se movía nada hacía ruido, a no ser las chicharras y nosotros. El dulzor de las mandarinas, acentuaba lo perfecto del día, llenando nuestras panzas con ese jugo tan especial, de la fruta consumida al otro día de haber sido bajada del árbol.
En el recodo, allí, donde la calle de balastro, dejaba de ser calle para transformarse en huella de carro, ya pudimos ver el agua mansa y barrosa del río. Solitario, el cauce pasaba por entre la fronda del monte nativo, lleno de pájaros sesteando y chicharras cantando.
Sólo una eterna carpa de Gitanos, demostraba presencia humana aquella tarde en el río. Ni por el puente grande, durmiendo algunos metros sobre la playita mansa, se notaba movimiento alguno.
- El último, cola e’ perro-, gritó mi primo, que descalzo, ya corría entre los cantos rodados y los abrojos derechito a zambullirse, yo, montevideano, más acostumbrado a los zapatos, no podía ganarle, mis pies de citadino, no podían soportar los pinchazos de las piedras y las espinas.
El agua estaba fría, y la reacción con el cuerpo caliente me hizo tiritar, pero solo un segundo, al poco tiempo ya estaba jugando con mi primo en el agua, “nadando” en un charco de menos de un metro de profundidad.
Esa parte del río, era la autorizada para bañarse para los niños, ya, mas allá, de un lado, una pequeña represa, convertía las aguas en una piscina de un par de metros de profundidad, bastante inaccesible por lo agreste. Del otro lado, los fundamentos del enorme puente, creaban fuertes corrientes que hacían peligroso el moverse por ese sitio.
Un trozo de madera, de algún árbol del monte, siguiendo la corriente, pasó flotando ante mi primo y yo, rumbo al puente, - a quién agarra la madera primero!-, grité, al mismo tiempo que me zambullía en el agua, tratando de ganarle la pulseada a mi primo.
La rama se alejaba cada vez más de nosotros, y yo la seguía, mientras mi primo aún no reaccionaba. El agua se sentía tibia ahora, y gracias a un último impulso, mi mano ya asía el codiciado trofeo, estaba en la gloria!.
Me quise parar, y mostrarle a mi primo como esta vez, el triunfo había sido mío. Pero no pude, al dejar de impulsarme, mis pies buscaron el fondo, pero no lo encontraron. Una desesperación, como nunca había sentido antes me invadió en una milésima de segundo.
Mis brazos se movían furiosamente, mientras mis pulmones me dolían a causa de la falta de aire.
El miedo a morir, la desesperación de no poder respirar, la sorpresa de lo inesperado. Todos esos sentimientos a la vez, invadían mi mente, mientras mi cuerpo ya estaba por dejarse llevar por la corriente mansa.
En todo ese entrevero, oí allá a lo lejos, a alguien gritando, mientras sentía que alguien me tomaba de mi cabeza, dándole la oportunidad tan necesaria de respirar a mis pulmones. –Cómo estás guri?-, la voz del tío Yuyo, llegó a mis oídos, como la mejor de las músicas. Desorientado, yo, ni sabía donde estaba, y sólo me di cuenta varios minutos después, que estaba en el barranco, muy cerca de los cimientos del puente, lejos de la seguridad de la playita.
A pesar de que temblaba incontrolablemente, estaba feliz, muy feliz, -no le digas nada a mamá-, le pedí a mi tío. Los pájaros en el monte, seguían silenciosos, un camión, cargado de sandías, hizo retumbar el puente, allá arriba, mientras Daniel y el Yuyo, ya corrían hacia el agua, -el último, cola e´ perro-, escuché gritar a mi primo.
martes 23 de octubre de 2007
Duendes en el Altillo.

No siempre puedo estar en el Altillo. Quisiera, pero no puedo, hay veces que me alejo, y por días no guardo nada en él. Otras veces, lo visito, pero solo para constatar que todo sigue allí, desordenado pero en orden.
Pero se que, aunque yo no pueda estar , es raro que este vacío. Lo visitan, lo acompañan, lo pueblan. Son los duendes, seres etéreos, pero muy reales, que silenciosamente, a veces, o con voces convertidas en comentarios, otras, están entre sus cosas, desempolvándolas y lustrándolas, con el brillo mágico de sus miradas.
Vienen de muy diversos sitios, de lejanos países, situados al otro lado del mundo algunos, otros de aquí nomás, son casi casi vecinos. Pero todos, llegan gracias a esa capacidad que tienen los duendes de volar a través del tiempo y el espacio. Llegan por los días, y por las noches también, metiéndose por las ventanas, que ellos saben, siempre están abiertas de par en par.
A veces, coincidimos, y me doy cuenta que están, escucho sus murmullos, o veo sus sombras moverse entre los estantes, otras veces, aunque no hayan escrito nada, descubro pequeños restos de luz en los rincones, signos inequívocos de su presencia.
Pero sé, que cuando vienen, se sienten a sus anchas aquí. Lo recorren, como yo de niño recorría el altillo en lo de mis abuelos, esperando descubrir algo que les pueda llegar a interesar. Y aunque no lo crean, alguno que otro ha tenido suerte. Y me lo han dicho, que entre las cosas guardadas en el Altillo, siempre algo encuentran para entretener sus horas. Cuentos, retazos de historias, palabras, que yo ya ni recordaba que estaban allí.
Y es por eso que en el Altillo, pese a los inviernos, o a los veranos, las ventanas siempre estarán abiertas de par en par, a la espera de esos seres mágicos y etéreos, a los que les gusta pasearse entre los estantes polvorientos a la búsqueda de mis recuerdos que he dejado guardados por ahí.
martes 16 de octubre de 2007
Por no cambiarle la bateria al auto...
Debe de haber sido por mi tozudez al no aceptar la muerte de la batería, que mi auto se negó a arrancar esta mañana, tal vez para echarme en cara mi insensibilidad ante una perdida que se veía venir, y que yo pretendía ignorar –no, no parece tan grave-, me decía para mis adentros, -aguanta un par de meses mas-, me retrucaba a mi mismo.
Pero esto no es lo principal del asunto, todo viene a colación de que debido al duelo impuesto por mi vehiculo, no tuve mas remedio que hacer uso del transporte publico, increíble microcosmos, donde es posible encontrarse con las mas variado de la sociedad montevideana. Jóvenes, ancianos, gordos, flacos, católicos, ateos, pobres y no tanto, compartimos por unos minutos la atmósfera cargada de aburrimientos, cansancios, apuros y ansias de llegar a algún lado.
Y como buen aburrido, cansado y ansioso, yo no tenia mas remedio, que guardar mis ansias y combatir mi tedio mirando al mundo que iba quedando tras de mi, a través de la casi opaca ventanilla del ómnibus. Ya desesperaba por la lentitud de esta tortuga carrozada, cuando un cantor, de esos cantores que en otros tiempos hubiesen volcado su arte en algún almacén y bar, subió al coche, y pidiendo “permiso pa’ entonar unas coplas del flaco”, se puso a rasgar su guitarra y a entonar “No te olvides del pago….”, huesudo, seguramente mal comido y peor dormido, entonaba con su voz ronca pero bien entonada de boliche y vino, las estrofas inmortales de Zitarrosa, dejando el alma sobre el ómnibus.
Pocos lo escuchaban, algunos, con sus auriculares inyectándose su dosis de música importada, otros conversando en voz alta, sin respetar a quien nos regalaba su arte, y otros los menos, buscando y rebuscando en los bolsillos el agradecimiento transformado en alguna moneda. “Gracias Patrón” me dijo cuando alargue mi mano hacia la suya huesuda y como hecha para su guitarra. Dos tres cuatro quizás le agradecieron su canto, saludo al conductor al guarda, y bajo como otro ser anónimo de los tantos que suben y bajan a diario de un ómnibus.
Y yo, me quedaba pensando, en que hay veces en que vale la pena ser tozudo, a la hora de los recambios automotrices, la prueba esta en el momento mágico que me hubiese perdido aquella tarde sobre ese ómnibus de haber comprado la batería para el auto.
A ustedes no les pasa?
Que maldita manía la mía. Siempre pensando en que me estoy quedando corto, y por lo tanto sigo poniendo. En todo, soy de los que para ir de Montevideo a Atlántida, a escasos cuarenta y pico de kilómetros, llena el tanque del auto, por las dudas. O cuando tengo que ir al almacén de la esquina, a comprar el quilo de harina, que me olvidé de comprar en el súper, no voy con menos de cien pesos, aunque sepa que voy a gastar la quinta parte, además de dejar al almacenero chivado por quitarle el poco cambio que tiene en la registradora.
Ni que hablar, que me es imprescindible, cuando se me da por cocinar, el tener la receta a mano, pues si no me baso en lo que me dice la Hermana Bernarda, o Sergio Puglia desde el papel, siempre se me va la mano, o con la sal, o con la pimienta, o con el morrón, o con la cebolla y claro, termino tomándome un bidón de agua para calmar la sed, o soplando fuego como un dragón por lo picante de la preparación.
Solo después de delegar en otros miembros de mi familia la tarea de alimentar a las mascotas hogareñas, fué que pudimos tener unos peces con una esperanza de vida realmente larga, ya que anteriormente tanto alimento les metía, que terminaba pudriéndoles el agua, o matándolos de indigestión.
En la oficina, por ejemplo, tengo un compañero que no deja de protestar cada vez que preparo el café, y es que como siempre, me parece que he puesto muy poco, y le agrego un poquito más, y me vuelvo a fijar, y me parece que el recipiente está demasiado vacío y le vuelvo a echar. Resultado, le meto tanto café al filtro, que se termina desbordando y causando un desastre en la cocina.
Una vez, en viaje de trabajo por Buenos Aires, me toco un hotel con varias estrellas, con jacuzzi incluido, cierta noche, después de una tarde bastante complicada, se me dio por darme un baño de espuma para sacarme un poco el stress de encima, así que fui llenando la bañera, con el aparato de hidromasaje encendido, mientras tanto, en la habitación, me iba quitando la ropa, y miraba el noticiero para enterarme de lo que sucedía en el mundo.
Había comprado en el free shop del aeropuerto, una caja de sales para baño, sales que había colocado en la bañera, por supuesto, en una medida desproporcionada. Sin hacerle caso a la recomendación que venía impresa en la caja, le puse una cantidad bastante exagerada, como para que hiciera bastante espuma.
Y vaya si hizo espuma, mucha, muchísima. Cuando entre al baño casi me muero, había espuma hasta en las paredes!!, y yo, sin un lampazo siquiera!. Así, que cuando golpearon mis compañeros a la puerta de mi habitación, para irnos a cenar, yo seguía juntando espuma con las toallas, caliente, y por supuesto muchísimo más estresado que antes.
Ahora mismo, soy conciente que tendría que cortar el relato, porque ya está, ya deje planteado los problemas que me causa una de mis tantas manías, pero no se, me parece que sigue siendo demasiado cortito, y que alguna línea mas podría llegar a agregarle.
viernes 12 de octubre de 2007
Recuerdos taurinos.

Ese domingo, nos levantamos temprano, antes de las 9 de la mañana, desayunamos rápidamente y, sentados en el lobby del hotel, nos quedamos esperando al micro que vendría a buscarnos. Les daremos un pequeño city tour, nos dijeron, y luego los llevaremos a ver el espectáculo.
Como cuestión de cortesía, nos habían invitado a un grupo de uruguayos que estábamos desarrollando tareas de apoyo en una empresa multinacional en Perú, en diversas oportunidades, con esa cordialidad típica de los peruanos, a diferentes eventos.
Esta vez no era diferente, y mientras recorríamos las calles tan llenas de historia de Lima, caía en la cuenta que había sido decisión mía, el haber accedido a concurrir a la corrida de toros. Podría haberme disculpado, y quedado solo en el hotel, pero, como empujado por los demás, y para no parecer descortés, había accedido, y por ello, ahora estaba yendo a un sitio al que en realidad no tenía muchos deseos de ir.
El viaje desde el hotel, no fue muy largo, previa parada por la casa de la coordinadora, para buscar nuestros tickets, y breve paseo por la ciudad para admirar la arquitectura colonial, con sus casas con hermosos balcones de madera de época del virreinato. Recuerdo que pasamos por el río Rímac, y me llamó la atención el caudal bastante escaso de agua que fluía bajo el puente, y a los pocos minutos, el bus estacionaba en una angosta calle con un movimiento festivo que sorprendió.
El cielo estaba muy azul, como es habitual en Lima, en lo alto algunas aves de un fuerte color oscuro, revoloteaban por sobre la plaza de toros, mirándonos desde allá arriba, tal vez con desaprobación, por lo que estaba por ocurrir.
La plaza estaba llena, muchos lucían sus mejores galas, como en una fiesta, y mientras oíamos los toques de una banda, pasábamos de una fila hacia otra, buscando los lugares que de antemano se nos habían asignado.
Nuestras ropas, nuestra forma de hablar, y nuestra piel más pálida de lo normal en aquel estadio, les demostraban a todos, que éramos extranjeros de paso, sin ninguna experiencia taurina. Por ello, éramos blancos constantes de la amabilidad local, que se esforzaban por enseñarnos los misterios de ese “arte” tan antiguo y extraño para nosotros.
No lo recuerdo, pero creo que fue un portón que se abrió, y apareció en medio de la arena, un espectacular y majestuoso animal. Negro como el azabache, lleno de vida y de curiosidad, resoplaba y miraba a su alrededor, moviendo constantemente su cola y pateando el polvo. Recuerdo su piel lustrosa, y sus músculos a punto de estallar debajo de ella, y un sentimiento de profunda pena invadió mi espíritu en ese momento.
El torero, con su traje de luces y su porte grácil se movía por el campo, estudiando al toro, el cual previamente había sido acicateado por un par de jinetes con una especie de jabalinas que llevaban en sus manos derechas, tal vez para despertar la fiereza del pobre animal, o quizás para debilitarlo, y volverlo menos peligroso para el matador.
Una, dos tres veces el toro arremetió ciegamente contra la capa bicolor que se movía delante de el, mientras el diestro esquivaba el voluminoso cuerpo al compás de los ole!!!, con que los entusiastas lo premiaban, ante cada verónica, media verónica o movimiento de capote.
Luego de algún tiempo de tortura, en que, como casi siempre en estos casos sucede, la fuerza bruta del astado nada podía hacer contra la cruel inteligencia humana, el torero se despojo de la capa, y tomo unas pequeñas espadas curvas llamadas estoques, las cuales fue clavando una tras otra en la testuz de la pobre bestia jadeante.
Ese impresionante animal, que hasta hacía poco, pastaba serenamente en algún campo, ajeno quizás a la maldad humana, agonizaba ahora, resoplando sangre por su boca y su hocico, sorprendido, temeroso y denigrado por quien teóricamente, era más evolucionado que él. La multitud rugía y el matador, saludando con su extraño gorro en alto, paseaba orgullosamente frente a las gradas.
Los enormes ojos negros, que extrañamente en ese momento a mi me parecieron de una bondad y pureza extrema, se fueron cerrando poco a poco, mientras las arenas rojas de sangre de la plaza, recibían, primero las rodillas, y por ultimo el cuerpo entero, ya muerto del animal.
Arriba, en el cielo, las aves seguían dibujando círculos en el cielo azul de Lima, concientes de que la muerte debajo de ellos paseaba aquel domingo sobre las arenas de Acho.
jueves 11 de octubre de 2007
Que esta pasando con nuestro clima?

Señores, yo me pregunto, que ha sido de la vieja y querida primavera?, donde ha quedado aquella hermosa estación de golondrinas, flores perfumadas y mariposas coloridas?. Recuerdo que en el colegio todos los advenimientos de las primaveras, eran recibidos con dibujos en aquellas hojas amarillas y ásperas de papel garbanzo de temas netamente primaverales.
Los niños casi siempre dibujábamos cometas y golondrinas, y las niñas flores y mariposas, claro, hace mucho de esto, les hablo cuando cada estación era claramente definible, y sabíamos a que atenernos. Hoy en día pienso que si les piden a los escolares que dibujen temas primaverales, algunos dibujaran paraguas en lugar de cometas, y pingüinos en lugar de golondrinas.
Donde quedaron aquellos tiempos en que nuestras madres sabían que cuando guardaban la ropa de invierno, por cinco o seis meses, no volverían a quitarle la naftalina?. Hoy eso es impensable, no existe, quien no ha usado remeras en invierno y bufandas en primavera? Hasta nuestros roperos han sufrido cambios drásticos, y no nos extraña para nada ver como se codean sobretodos con bermudas, y sandalias con botas de goma.
Y lo peor de todo es que estos cambios tan pronunciados que se están dando en nuestro clima, se dan también a lo largo del día. Uno debe de salir de manga corta por el calorcito de la mañana, pero con un buzo y un paraguas en el maletín, pues es casi seguro que lleguemos al trabajo húmedos por la transpiración, y regresemos a nuestros hogares empapados por la fría lluvia de primavera!.
Ya hace casi un mes que el mundo atravesó el equinoccio, y no se dio por enterado!! Será que el calentamiento global lo tiene mal y le hace olvidar de que tiene que cambiar el clima en los hemisferios?, bueno, mas bien el enfriamiento global, si al termómetro montevideano nos remitimos.
Sólo el almanaque, y la pelusa de nuestros queridos plátanos montevideanos, que se nos meten en cuanta rendija anatómica encuentran disponible, nos están indicando que estamos en la época de las flores y las golondrinas, solo eso, y es que en este mundo moderno, nada escapa a los cambios, ni siquiera el clima.
Claro, hay cosas que no cambian, por ejemplo, las casas de electrodomésticos seguirán vendiendo estufas, para utilizarlas en diciembre, y aires acondicionados, para prenderlos en pleno invierno.
jueves 4 de octubre de 2007
Como un velero.
Lucho contra la tempestad a veces Cada tanto hay alas que me acompañan Y zarpo hacia lejanos rumbos
El viento sopla e hincha mi velamen
y siento como la espuma besa mi casco,
avanzo sobre el mar dejando una estela brillante
efímero testimonio que dejo a mi paso
Y eso me torna temperamental y huraño
Y otras la calma chicha me adormece
Pero soñando con tifones que me han hecho daño
Las de mil gaviotas, que vuelan a mi lado
Me anuncian que la costa esta cerca
El descanso del puerto me esta aguardando
Pero no por mucho tiempo, lo tengo presente
Es sabido que el alma de un velero
No puede descansar eternamente.
Que no es otro que el horizonte en la mar
Al que por siembre seguiré anhelando
Más nunca podré alcanzar
Mi proa lo estaba deseando
Embestir las espumosas olas es mi sino
Me olvidé de la contraseña!!
Y vaya que esto es particularmente complicado para mí. Por motivos de trabajo, debo acceder diariamente, a no menos de 20 identificaciones de usuario con sus correspondientes contraseñas, casi todas ellas, anotadas en un organizador, al cual también accedo mediante un código secreto. Hoy, como me sucede a veces, en un breve instante el cerebro me hizo overflow, tan lleno estaba de datos, que era imposible acceder a él y esto me sucedió al momento de querer hacer una llamada telefónica. Por supuesto que no recordaba el número telefónico, pero sabía que en el celular estaba almacenado, por lo que lo tome entre mis manos, abrí su tapita, y allí me di cuenta que el mismo estaba apagado!, y peor aún, por un instante intente recordar cual era el PIN del susodicho aparatejo. Para abreviar, les cuento que tras digitar erróneamente 3 veces el dichoso PIN, el celular se trabó, pidiéndome a su vez el PUK, un numerito que por lo visto es el jefe del PIN, o sea trabaja menos, pero es más importante. A esta altura del partido, ya comenzaba a ponerme nervioso, necesitaba hacer esa llamada, y no podía acceder al número, y para colmo de males, tampoco podía acceder a una de mis tantas cuentas de mail, si adivinaron, no recordaba la contraseña. Acabo de llegar de la oficina donde una amable señorita me destrabó el celular, poniéndole una clave tan fácil, que hasta yo la recordaría, bueno, eso pensó ella, para mí, eso no es tan fácil que digamos.
Ya lo he dicho por ahí, no me caracterizo por tener una buena memoria. Me cuesta retener nombres, fechas y números en general, esto hace que se me complique a veces el acceder a los aparatos con que frecuentemente me divierto o me gano el sustento.
El hecho de que tenga que pensar una contraseña para ingresar a algún sitio, ya hace que me olvide instantáneamente de ella, para ingresar, a un cajero automático, por ejemplo, debo digitar el PIN sin pensarlo, sin consultarlo con mi memoria, sino, zas, me quedo sin dinero ese día.
miércoles 3 de octubre de 2007
Para los que me visitan.
Cuando comencé a construir de a poco este Blog, lo hice más que nada para no perder lo que escribía, o sea El Altillo era como una especie de repositorio, que aunque personal, me animaba también a compartir. Y fué así, que al pasar de los días, ví con alegría, como gente de varios sitios del planeta habían visitado este lugarcito tan mío, pero a la vez, tan público. A cuantos, pienso yo, les habrá gustado, o les habrá llegado, lo que aquí está escrito?, no lo sé, pero me encantaría saberlo, pero por sobre las cosas me encantaría decirles a todos los que han llegado por aquí, que les agradezco de corazón, el que me hayan dedicado un tiempito para leerme. A todos los visitantes, gracias y mi e-mail – juaneduuy@gmail.com – está a vuestra disposición, para que me cuenten que les ha gustado, y que no de este foro. Un abrazo grande a todos.
lunes 1 de octubre de 2007
El Libre Albedrío.
Que fácil se nos hacia pues, en aquel entonces la vida, el Libre Albedrío nos daba la posibilidad de que, si sabíamos elegir bien, podíamos solucionar nuestra vida, terrenal y eterna. Con el tiempo, claro está se va perdiendo poco a poco la carga de inocencia con la que venimos a este mundo, y es entonces que para bien o para mal, muchas de las creencias se van disolviendo en un mar de certezas y experiencias. Y es que con los ojos cada vez mas abiertos, uno va viendo como ridículas muchas de las creencias que en su tierna infancia daba como hechos ciertos. Como no creerle a la maestra cuando decía que Rivera había sido un héroe?, como seria capaz el Padre Pedro de mentirnos al decirnos que por mirarle las piernas a la maestra iríamos al infierno? Fue así entonces que al crecer me fui dando cuenta de a poco (yo nunca fui una luz para avivarme, lo aclaro), que desde la cuna uno está condicionado a lo que podrá y no podrá lograr en este mundo. Veamos, a alguien se le ha ocurrido pensar que es prácticamente imposible que algún hijo de Marilyn Manson salga monaguillo?. Veremos acaso a algún nieto de Pinochet ser un abanderado de los derechos humanos algún día?. Se dan cuenta a lo que me refiero?, ya la vida nos condiciono de antemano a que fuésemos lo que somos, ya alguien eligió antes por nosotros. Claro, tal vez por lástima, o para que no desconfiáramos mucho, ese alguien, ciertas libertades nos otorgó, algo podemos lograr por nosotros mismos, por supuesto, pero no lo esencial, no lo que realmente importa. A veces pienso, que hubiera sido de mi, si realmente existiese esa libertad plena que se tendría si fuéramos todos iguales al nacer, si tuviéramos todos las mismas oportunidades, las mismas chances al momento de venir a este mundo, y sobre todo pienso, que habría sido de todos esos seres anónimos que conocen de primera mano lo que significa el sentir en carne propia la mordedura del hambre y el frío, si hubiesen tenido su oportunidad. 
Recuerdo que en aquellos años tiernos de mi niñez, cuando creía en casi todo lo que los mayores decían, estaba convencido de que solamente en mi poder, estaba la llave que podría llevarme al paraíso. Y es que los curas del colegio al cual asistía, se esforzaban en hacernos creer en eso tan utópico que
Que maravilla!, nosotros chiquilines inocentes terminábamos creyendo, que los pobres vivían en destartalados ranchos por propia elección, y que los malos, llegaban a ser malos por el solo hecho de haber elegido por si mismos el camino de la maldad.
La musica que nos viene del Norte.
Pero, que ha pasado con la música en si?, esa música que nos viene del Norte, salvo algunas honrosísimas excepciones, ha evolucionado?,
Me niego a pensar que un Eminem sea la consecuencia de la evolución de un Bob Dylan, o que es dable esperar que el tiempo genere a partir de una Janis Joplin, una Britney Spear, me niego a pensar eso!!. Que futuro incierto nos espera musicalmente hablando, si vemos como la música negra, por selección natural, paso de James Brown, o Jimmy Hendrix a Snoop Dogg?
Como vamos a mejorar nuestro concepto de armonía y virtuosismo musical, si hoy en día no recibe un Grammy el músico que hace un solo espectacular de guitarra, sino el DJ que mueve bien un par de vinilos?, estamos todos locos?
Me estoy volviendo viejo, lo sé, pero no creo que esa sea la única razón por la cual música que en mi adolescencia rechazaba por comercial o disquera, hoy la vea como sinfonías de Beethoven comparado con lo que pasan por MTV.
Y es que luego de ver y escuchar a Ricky Martin, Boney M y ABBA, me parecen virtuosos de la música (perdón Led Zeppelín, mil perdones Emerson Lake & Palmer).
Es que será que tanto se esforzaron estos gringos en mejorar el soporte, que se olvidaron de mejorar el contenido?
Señores, convengamos en algo, es mil veces preferible escuchar a Jethro Tull en una Spica a transistores, que a Daddy Yankee en un Pioneer de 2000 watts (al menos para mi gusto claro).













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