La luz, pensé yo, se había apagado para siempre, ya no alumbraría más con el fulgor de su alegría a los que tuvimos la suerte de conocerla. Pensé consumido por la rabia y la impotencia que la oscuridad había por fin ganado la eterna batalla.
Pero no, vaya que estaba equivocado, la luz sigue plena, inefable, viva, enquistada en cada corazón, brillando en cada una de nuestras vidas. Porque fue eso lo que Mariela nos legó para siempre, su luz, su brillo, su ternura de niña asustada, su solidaridad de corazón de leona abierto de par en par.
Gracias querida amiga por tu luz, por tu alegría por las ganas que ponías al querer hacer de este mundo un lugar mejor.
Gracias por recordarme que la muerte no puede, ni podrá jamás ganarle a la ternura.
jueves, 7 de octubre de 2010
Mariet
miércoles, 12 de mayo de 2010
El buitre está esperando.
El buitre espera, el buitre está esperando
Que la vida por fin se rinda
Cansada de tanto olvido, seca de tanto llanto
Y que de una vez por todas escape de ese cuerpito flaco,
Que no supo de dulces sueños ni caramelos
Que solo conoció unos pechos marchitados
El buitre espera y en sus ojos hay cansancio
La muerte está retrasada y le molesta seguir esperando
Dos inmensos ojos niños lo miran y piedad le piden
Porque ya no hay fuerzas para seguir luchando
Pequeño de vientre hinchado
Millonario de moscas y gusanos
Al clavar sus garras sangrientas
En un continente hambriento y mutilado,
Otras aves de rapiña con su avaricia ya te habían condenado
Ay niño de vientre hinchado!
Antes de nacer ya estabas destinado
A un pecho flaco y a un buitre esperando
viernes, 23 de abril de 2010
La lección de la abeja.

Hasta no hace mucho tiempo atrás, para algunos ingenieros aeronáuticos era técnicamente imposible que una abeja pudiera levantar vuelo. Los cálculos indicaban que en relación al peso del insecto, las alas eran demasiado pequeñas como para lograr sustentarlo en el aire, por si fuera poco, el cuerpo regordete no tenía la aerodinámica necesaria como para que la abeja pudiera volar.
Sin embargo las abejas seguían con el diario trabajo que la Naturaleza les había encomendado desde hacía milenios. No se amilanaron por el pensamiento racional de los científicos de turno, e ignoraron a los que intentaban demostrar mediante fórmulas matemáticas la no probabilidad de su tarea.
Y por más que los cálculos indicaban lo contrario, esta humilde trabajadora alada seguía encargándose de polinizar nuestros cultivos y de endulzar con su miel al mundo. En definitiva hicieron caso omiso de quienes intentaban explicar la imposibilidad de lo posible.
Historias como éstas las vemos todos los días, y vaya si las habremos enfrentado. A veces no nos animamos a levantar vuelo por el sólo hecho de aceptar como cierto el pensamiento lógico que intenta desalentar a quienes tienen metas o sueños presuntamente inalcanzables.
Uno debería darse un respiro más a menudo y detenerse un minuto a pensar en la lección que la humilde abeja nos estuvo dando todo este tiempo. Es así que deberíamos encarar los retos de la vida tal y como la colmena encara los desafíos que a los ingenieros les parecieron imposibles de cumplir.
Deberíamos más frecuentemente dejar la racionalidad un poco de lado, y en lugar de pensar como seres humanos actuar como abejas desconocedoras del significado de la palabra imposible.
sábado, 17 de abril de 2010
Casualidad.

Casualidad
Extraño fenómeno
Normal anormalidad
Estadística hecha añicos
Probabilidades para el apostador
Y todo conspirando
Para que lo improbable fuera posible
Para que no funcionaran las ecuaciones
Y todo se diera a nuestro favor
Lo que no debería ser
Lo que sería imposible que sucediera
Se dio una noche cualquiera
Cuando se quebró la realidad
Y lo imposible se hizo encuentro
Casualidad
De la mano del azar
Cruzamos juntos el Rubicón
Y supimos que la suerte estaba echada
Cuando un encuentro imposible
Se transformó en amor
domingo, 4 de abril de 2010
La violeta aprisionada.

La luz entrando por el ventanuco que hace tanto me parecía enorme, crea millones de pequeñísimas luciérnagas en ése mágico altillo olvidado pero querido, con sus paredes que atesoran mi niñez y se niegan a entregarla. Allí viven, y algún día morirán, mis ilusiones marchitas y mis fantasmas más amados.
Libros sobre libros, cajas empolvadas de recuerdos y añoranzas. Aromas resurgiendo desde las desaparecidas horas del pasado. Jóvenes manos de antaño separadas de mis manos por décadas de amores y esperanzas, que soñaron con mis sueños, y que hojearon estos mismos poemas.
Y entre las hojas amarillentas y resecas, una flor ha dejado su aroma en un fenecido recuerdo enamorado, y su desteñido color en el papel hoy amarillento que alguna vez las blancas manos del amor acariciaron sin pensar siquiera en lo efímero de la vida, en lo certero de la muerte.
Misteriosa y vieja violeta intentando guardar el recuerdo de un gran amor, aprisionada entre aquel pasado de vida y este presente de olvido dormitando entre las hojas del libro polvoriento. Cumpliste con tu función fecundante, más no con el dorado polen de tus anteras, sino con la roja pasión de dos corazones que ya no laten. Amores de mis abuelos: principio de lo que sería mi propia historia.
viernes, 5 de febrero de 2010
Nubes.

Las nubes en lo alto se dejaban arrastrar por la brisa primaveral del oeste, moviéndose como medusas llevadas por las suaves corrientes de la costa. -Mirá, mirá, allá va una con forma de elefante- me dijo Betty señalando a la más corpulenta del grupo.
La tardecita iba llegando a su fin, las bandadas de pájaros allá lejos volaban como las nubes, sin darse cuenta de la sana envidia que nos provocaban esos seres sin fronteras ni horarios ni historias, y con la mágica capacidad de volar con sus propias alas.
-Algún día aprenderé a volar como esas nubes, ¿sabés?-, la voz de Betty sonaba con la convicción de las cosas posibles. La miré con ternura, al tiempo que me señalaba una nube que se trasmutaba ante nuestros ojos: era una cigüeña cuando comenzamos a prestar atención a ella, y ahora parecía una jirafa con su cuello estirado, tratando quizás de llegar a las hojas más tiernas de alguna imaginaria acacia…
La quietud y soledad del parque de siempre me invitaba a tirarme sobre el césped descuidado, lleno de flechillas crecidas y en el cual pequeñitas langostas verdes saltaban de un lado al otro. Cuantas veces había sido éste nuestro observatorio celeste, cuántas veces, nuestra propia y compartida fábrica de sueños.
Sentía en mi espalda los pinchazos de mil briznas de pasto que atravesaban mi camisa, y a mi lado la ausencia siempre presente de Betty. Entrecerré mis ojos debido al resplandor de la siesta y una a una comenzaron a pasar allá, entre los planetas y los pájaros volando, las blancas figuras que se trasmutaban y viajaban lentamente cual medusas en un mar tranquilo.
Los blancos copos fueron un árbol bastante desgarbado primero, luego un caballo con una gran cola y más tarde el Uruguay entero que se transformaba poco a poco en un corazón a medida que cruzaba el cielo desde el este hacia el poniente.
Una bandada de pájaros, hija tal vez, de la bandada que tanta envidia nos provocara en otra tardecita de presencias ausentes, volaba con indiferencia y naturalidad allá arriba, al tiempo que una nube con forma indefinida comenzaba a transformarse poquito a poco en la hermosa e inconfundible cara de Betty.
La brisa se volvía poco a poco en viento moderado que movía las hojas de los árboles y los recuerdos de mi cabeza, y allá arriba, Betty, la nube, se transformaba inevitablemente en blancos copos de algodón cada vez más pequeños y traslúcidos, que volvían a desaparecer en la profunda inmensidad del cielo de otoño.
jueves, 17 de diciembre de 2009
La risa remedio infalible.

Las oportunidades de El Gran Taylor poco a poco se iban desvaneciendo, y él bien lo sabía. Acosado por sus acreedores, y por su representante, veía como año a año su popularidad iba decayendo, y otra vez volvía a ser un desconocido para el gran público. Lejanos eran los tiempos en que su nombre brillaba con luz propia en las marquesinas de Las Vegas.
Sentado tras un destartalado escritorio, en una destartalada pieza de un condominio de mala muerte, El Gran Taylor se apuraba en terminar su última rutina. La definitiva, la mejor, la que lo catapultaría nuevamente de los oscuros bares de comediantes de los barrios bajos, a los grandes teatros de Broadway y Las Vegas.
Luego del punto final, el comediante comenzó a leer su obra recién terminada. A medida que lo iba haciendo, una leve sonrisa comenzó a dibujarse en su boca, sonrisa que fue transformándose en una estrepitosa carcajada que El Gran Taylor no pudo dominar. Se levanto de su silla e intentó llegar a la nevera, quería tomar un vaso de agua y recuperar su aliento, pero fue imposible.
A modo de una catarata de su garganta brotaba la más estruendosa de las risas, y una serie de convulsiones hizo que cayera al piso, del que ya no pudo levantarse, pues un derrame masivo en su cerebro lo dejó muerto, tirado en el piso sucio de la habitación.
Benjamin Smith sintió un escalofrío al bajar del autobús en aquella zona tan peligrosa de la ciudad. Tenía que caminar un par de cuadras hasta el hotel donde El Gran Taylor vivía.
Malhumorado, recordaba los buenos tiempos en que su representado era la mina de oro de su agencia de actores. Ahora, ya casi en la ruina, tenía que rogar a los productores por algún papel menor para su representado.
Benjamin saltó por sobre el cuerpo de un borracho que dormitaba a la entrada del viejo edificio y entró. Subió hasta el segundo piso y tocó un par de veces en la puerta marcada con el número 2c. Nadie contestó, insistió nuevamente y probó de abrir. La llave no estaba puesta por lo que se metió sin dudar, Taylor le había prometido una obra genial, y él, aunque bastante descreído, igualmente iba a buscarla con algo de esperanza. Pero al ver a su derredor, lo que vio lo dejó petrificado, su representado estaba tirado muerto, con un papel en sus manos.
El representante se persignó, tomo el papel arrugado de entre los dedos fríos de su representado y ni bien comenzó a leerlo pensó que estaba ante una obra maestra del humor universal. A medida que iba leyendo, las lágrimas provocadas por la risa continua le nublaban la visión, y un agudo dolor en el lado izquierdo de su cuerpo hizo que Benjamin se encogiera. Las carcajadas no paraban, esto era lo más cómico que había leído en su vida, se dijo con el poco aliento que aún le quedaba. Y fue lo último que logro decir. Un masivo ataque cardiaco, provocado por el esfuerzo, lo dejo tirado tieso y con un rictus a modo de felicidad en su cara.
La señora Morales, solo se aparecía cada veinte o treinta días, acomodaba un poco el desorden, barría la mugre acumulada, y luego se iba con sus pocos dólares ganados en el bolsillo de su campera gastada, a veces, sin siquiera cruzar palabra con el dueño de casa.
Como tenía llave del pequeño departamento, estaba acostumbrada a no tocar a la puerta jamás. Así que abrió directa y cansinamente y al entrar le espantó la visión que tuvo.
Sobre el piso del pequeño lugar los cadáveres de dos personas hacían juego con el amasijo de papeles, botellas vacías y colillas de cigarrillos desparramados por el suelo.
En un gesto casi automático, metió su mano en el bolsillo de su pantalón, buscando instintivamente el celular para llamar a las autoridades, pero algo le llamo la atención, entre las manos de uno de los hombres había un papel arrugado.
Quizás sea algún documento importante pensó la señora Morales, quizás pueda hacerme de algunos dólares con el. La cara adusta y seria de la señora de la limpieza comenzó a cambiar poco a poco a medida que leía el genial chiste. Tuvo que sentarse al borde de la cama pues la risa desbocada no le permitía mantener el equilibrio.
El olor nauseabundo que se sentía al pasar frente al departamento de El Gran Taylor, alertó a los vecinos de que algo siniestro estaba sucediendo. La policía ni tuvo que derribar la puerta, y ya adentro, el oficial a cargo, luego de redactar su informe tuvo el tiempo suficiente, antes de que vinieran los paramédicos a levantar los cuerpos, de leer el papel que la mujer tenía aprisionado entre sus manos.
La ambulancia estacionada a las puertas del viejo edificio, esperaba refuerzos, jamás pensaron los paramédicos que serían cuatro los cuerpos que debían trasladar esa tarde a la morgue.
El Gran Taylor no estaba tan equivocado, cuando entusiasmado le prometía a su agente una rutina que haría morir de risa a la audiencia.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Apocalipsis infinito.

Las 7.15 a.m. el despertador de Marcel retumba en la habitación oscura, aunque sin lograr su cometido. Marcel ya se encontraba despierto cuando el reloj anunciaba su hora. Hoy era el gran día por el cual había estado esperando los últimos diez años. El acelerador de partículas mas grande jamás construido, alcanzaría al fin la temperatura óptima de funcionamiento, algo mas de doscientos setenta grados centígrados bajo cero.
Después de tanta preparación, luego de tanta ansiedad el experimento que Marcel consideraba el más importante en la historia de la física moderna, estaba por llevarse a cabo.
En el inmenso tubo con forma de anillo, un haz de electrones viajando al noventa y nueve por ciento de la velocidad de la luz, se preparaba para colisionar con otro haz disparado desde el extremo opuesto. Los potentes electroimanes superenfriados ajustaban cada vez más las trayectorias. Marcel entrecerró los ojos y aguardó, en algunos minutos se sabría al fin si el misterioso bosón de Higgs, la esquiva Partícula de Dios, realmente existía.
Al fin las partículas subatómicas se encontraron en medio de una fugaz micro explosión, al tiempo que las pantallas de los sensores fulguraban con cientos de trazos de energía generadas por la colisión.
Marcel se recostó en su silla, y una extraña sensación lo invadió por completo. Algo no andaba bien, por enésima vez durante este día, se sentó frente al monitor y comenzó a chequear los resultados del experimento. Aún no estaba claro que había surgido de todo esto. Los indicadores mostraban que algo más que simples partículas estaban emergiendo en el colisionador.
Pero en un instante no mayor a una millonésima de segundo, Marcel y sus pensamientos desaparecían para siempre, como para siempre desaparecía todo lo que le rodeaba. El jamás sabría que lo que los sensores detectaron tras la colisión eran los restos de un universo infinitamente pequeño que la máquina acababa de destruir.
Y jamás lo sabría pues, otro científico, infinitamente mayor que el, con una maquina infinitamente mayor y poderosa, creyendo destruir una partícula subatómica, en realidad acababa de destruir el propio Universo de Marcel, mientras buscaba la enigmática y esquiva Partícula de Dios, en el mayor acelerador de partículas jamás construido en su planeta.
jueves, 29 de octubre de 2009
Brumas.

Brumas que ocultan lo que no existe
Caídas libres: despertares violentos
Mares oscuros que reclaman mi carne dormida
Figuras que escapan entre las sombras
Y ese perfume persistente que queda en la oscuridad flotando
Perfume de amores que podrían haber existido
En vidas vividas en mundos oníricos y etéreos
Llenos de ángeles, poblados de demonios
Y del cual yo siempre escapo
Al amanecer escapo…