jueves, 11 de junio de 2009

Cuestión de genes.


Según algunos científicos, al macho humano no le queda mucho tiempo de vida en este planeta. Luego de algunos estudios realizados sobre nuestro cromosoma, descubrieron que el “Y”, o sea el cromosoma masculino, esta perdiendo la batalla contra el “X”, el femenino.

Hoy, el cromosoma femenino tiene cerca de 1400 genes, en tanto el masculino no llega a los 100, y los expertos aseguran, que en la batalla de pérdidas y ganancias de genes, el “X”, no cabe duda, a la larga saldrá ganando.

¿Y que significa esto?, bueno mis estimados compañeros de género, significa que en un lapso de tiempo, que calculan en cerca de 125.000 años, solo habrán mujeres en este planeta. Así como lo leen, en algunos cientos de miles de años, se vera un cambio, como jamás la raza humana ha visto en este planeta.

Barbas, mostradores, excusas por llegadas tarde, suspensores, tapas de inodoros orinadas, chistes verdes, spam de vendedores de Viagra, tapones de oído para los ronquidos, peleas por el uso del control remoto, idas a la casa de la mamá, nudos de corbatas, billeteras, condones, calzoncillos, curas, son cosas que serán historia dentro de mil doscientos cincuenta siglos, años más, años menos.

Claro, ustedes dirán, que todavía falta, y mucho para llegar a esa fecha, pero les diré algo, lo mismo creía yo sobre el año 2000, cuando de niño pensaba que ese año mágico jamás llegaría a mi vida. Pero llegó, y vaya si lucre gracias al Y2K, pero bueno, esa ya es otra historia.

Si la naturaleza es tan sabia como creemos, ¿será que la raza humana esta llegando, lenta pero inexorablemente a la perfección?. Quizás la naturaleza sepa de antemano algo que los machos de este mundo sospechamos desde que tenemos uso de razón. La vida en este mundo es capaz de subsistir y aún prosperar sin nosotros, pero no sin ellas.

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miércoles, 20 de mayo de 2009

Vías muertas.


Me gusta caminar por las vías abandonadas. Y desandar entre durmientes muertos, los caminos de hierro que alguna vez llevaron tanta vida viajera. Gozo oyendo solo el crujido áspero de los pedruscos bajo mis pies, y sintiendo soledades de destinos pasados, de esperas y despedidas que ya fueron.

Viejas sendas metálicas que supieron unir o separar destinos, y que hoy, cansadas y oxidadas, sufren la agonía de la desesperanza y la apatía. Algunas aunque ya inútiles, se muestran aún orgullosas de su pasado, otras, las más modestas, vencidas se esconden bajo los pastos y malas hierbas, que solidariamente las cobijan del mundo que las ha olvidado.

Vías muertas que ya no esperan, más que el volver de a poco a la tierra de la cual nacieron. Maderos de durmientes que ya nunca serán árbol, ni ruta, ni sendero, que día a día se deshacen mansamente, pero que igual siguen aguantando estoicamente, resignadamente sobre sus humildes hombros todo el peso.

Venas de hierro marchitas por el tiempo, la sangre de tus trenes hace mucho ya que no recorren tus misterios, ahora solo persistís gracias a los recuerdos, de los que como yo, antaño fueron viajeros. ¿Quién por tus senderos ha escapado?, ¿quién por ellos ha regresado?. Ese secreto duerme compartido con las estaciones destartaladas y los andenes desiertos.

Vías ahora muertas, pero vivas de mi infancia, gracias por haberme llevado, hacia el mundo de mis recuerdos.

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sábado, 7 de febrero de 2009

La mosca.


La turbulencia de los recuerdos agita mi mente. Tantas emociones fuertes, tantas y tantas lágrimas derramadas sobre el mantel manchado de café del bar, y mi recuerdo más vívido es el de una mosca caminando sobre tu bronceado brazo. Insistiendo en recorrerlo entre los vellos rubios apenas perceptibles, como no hacia mucho, yo mismo los recorría con mis labios.

No podía mirarte a los ojos, los hombres no lloran, ¿sabés?, y esa estúpida enseñanza, grabada a fuego en nuestras mentes de niños dóciles, me inhibía de mirar la tristeza aguada recorriendo tus mejillas, cayendo sobre la mesa, manchando con pequeñas sombras oscurísimas de rimmel la suciedad del mantel. Si te hubiera mirado a los ojos, me habría olvidado de las estúpidas enseñanzas de mi padre, y de la mosca caminando por tu brazo.

Y el mantel tendría también, las marcas aguadas de mi tristeza.


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miércoles, 10 de diciembre de 2008

Los Numerindios.


En el Valle del Indo, milenos antes de que aparecieran ciudades como Mohenjo-Daro o Harappa existió una cultura que por lo original y extraña, desconcertó a los científicos durante décadas: la cultura de los Numerindios.
Dentro de los tantos misterios que envuelve a este antiquísimo pueblo, precursor entre otras de la cultura Indostánica, está el hecho de haber desaparecido sin dejar casi rastro de su presencia en las fértiles riberas del río Indo y adyacencias.

Pero mucho más extraño y bizarro aún que la desaparición de los Numerindios, fue su extraordinaria forma de comunicación. Ellos no se comunicaban a través de frases construidas en base a oraciones o palabras. No poseían, además, alfabeto alguno tal y cual nosotros lo conocemos hoy en día. Más por el contrario, su sistema numérico era por lejos el más avanzado de su época, siendo esta cultura según algunos especialistas, la que introdujo el concepto del cero en las culturas del Medio Oriente y la Mesopotamia.

¿Y que tenía de original y extraño el método con que este pueblo se comunicaba se estarán pensando ustedes?. Pues bien, los arqueólogos han desenterrado tablillas que al principio se creyeron, parte de inventarios de cosechas, o balances, llenas de símbolos numéricos, y que a la postre se descubriría era de los mas extraños métodos de comunicación entre humanos de todas las épocas.

Esta cultura tenía asignado un número para cada frase utilizada en su interacción diaria, incluso los nombres propios, tenían su digito. Por ejemplo, “Uno”, significaba para ellos “Buenos días”, “Dos”, “Como está usted” etcétera. Los arqueólogos han hecho este extraordinario descubrimiento gracias a la aparición de una tablilla con una famosa canción sumeria de la época inscripta en griego, cuneiforme y lo que luego se sabría, numerindio. Esta tablilla, especie de Piedra de Roseta, contenía la letra de la canción “Ochenta y nueve” o sea “Siempre te amaré”, en idioma numerindio.

Como otro ejemplo, en un trozo de la tablilla llamada Códice Numérico De Los Asnos, por los especialistas de la cultura numerindia, se puede leer “Uno Dos, Ochenta ¿Treinta y tres?” que traducido sería mas o menos así: “Buenos días Como esta usted, Vajreshwari ¿Vendió usted los asnos?” pregunta efectuada por un tal “Ciento treinta y uno” al cual aún no se le ha podido traducir el nombre.

Prosiguiendo con el códice citado, “Ochenta”, o sea Vajreshwari, le responde en unas líneas mas abajo a “Ciento treinta y uno”: “Uno Tres, Diecinueve Cuatrocientos dos” que significa “Buenos días bien gracias, solo he vendido uno”.

Como podrán notar, los números también se representaban por dígitos, en este caso por ejemplo vemos que “Cuatrocientos dos” equivale al número uno.

Algunos estudiosos sostienen que la desaparición de la cultura numerindia se debió a la mal interpretación, que de cierta frase hicieron los Numerindios de una invitación hecha por Aecio el Rey de los bárbaros a la hija del Rey “Mil dos” (Bravo Guerrero), y que derivó en una sangrienta guerra de desgaste.

La hermosa “Dos mil cuarenta” (Flor hermosa) hija del Rey “Mil dos”, recibió la invitación de practicar el Veintiuno de parte de Aecio, rey de los bárbaros, lo que provocó la furia de “Mil dos” originando la fatal refriega.

Veintiuno según los Códices conocidos significaría “Matemos al viejo y quedémonos con sus asnos” en idioma numerindio.

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martes, 2 de diciembre de 2008

Juan, el perro y el gato.

Juan despertó con un sudor helado cubriéndolo de pies a cabeza. Miró el reloj, las 3:40 de la madrugada, intentó levantarse para ir al baño, pero las náuseas le impidieron moverse, si lo hacía, lo sabía bien, vomitaría sobre las sábanas, y no quería darle más trabajo a su mujer. Ana, su compañera de toda la vida, dormitaba a su lado gracias a su dosis de barbitúricos que el médico le había recetado.

Sobre la almohada, tenuemente iluminada por la luz roja del radio reloj, que lo acompañaba desde hacía años, Juan pudo divisar un mechón de sus propios cabellos que había perdido mientras dormía. Se pasó suavemente la mano por su cabeza, y sin ningún esfuerzo otro mechón se le pegó a sus dedos huesudos y sudorosos.

De la oscuridad de la madrugada, le llegaba el sonido del maullido de algún gato pendenciero que recorría los tejados de las casas dormidas. Ahora el perro del vecino se pondrá a ladrar pensó, conocedor de la rutina de las noches. Una leve sonrisa apareció en la boca de Juan al escuchar como el perro casi como obligado por esas historias de perros y gatos, se ponía a ladrar furiosamente tratando de llegar al pretil donde el felino seguía maullando inmutable y desafiante con su cola en alto.

Cosas de la vida pensó Juan, los gatos seguirían maullando, el perro contestando con sus ladridos nocturnos, y ya no estaré aquí para escucharlos. Que injusto que un perro y un gato le sobrevivan a uno se dijo a si mismo en voz baja, mientras la sonrisa en su boca se transformaba en un mueca de dolor.

Como una braza incandescente algo quemante y terrible le carcomía las entrañas, algo siniestro contra lo cual venía luchando ya hacía meses, pero que no lograba vencer. Trató de moverse lo menos posible para no despertar a Ana. Abrió el primer cajón de su mesa de luz, y a tientas tomó el blister de los calmantes.

Son muy fuertes, así que con dos cada ocho horas tendría que alcanzar, le había dicho el médico. El sonido de las tres grajeas rompiendo la cubierta del blister, sonaron como disparos en la quietud de la noche. Ana, aún dormida, murmuró algo, Juan creyó oírla sollozar. Tomó un sorbo de agua del vaso que ya nunca faltaba a su lado, puso una a una las pastillas y tragó con muchísima dificultad.

Ahora el dolor le daba un respiro, podía ponerse sobre su costado para que las náuseas no lo vencieran y así descansar un rato. El efecto de los calmantes no duró mucho, otra vez el sudor frío que lo cubría de pies a cabeza.

Juan venciendo las náuseas y el dolor, se levantó poco a poco de la cama, salió del dormitorio, cerró la puerta para no despertar a Ana, y fue hacia el dormitorio de su hijo. Vacío desde que Jorgito se había casado, aún conservaba los muebles y el olor inconfundible de su amado hijo.

Aunque la luz estaba apagada, la luna que entraba por los cristales de la ventana sin cortinas, hacía fácil el caminar por entre los muebles. Fue hasta la ventana, la abrió y el aire fresco de la madrugada le dio de lleno en el rostro.

Afuera, el gato sobre el pretil seguía con un maullido que ahora se parecía más el llanto de un niño, contestado con los roncos ladridos del perro del vecino.

Dos estampidos despertaron a Ana, que saltó sobresaltada sobre la cama. A su vez, el perro no tuvo tiempo de escapar, sólo atinó a ver cuando el gato caía muerto sobre él. La bala ni siquiera le permitió un último ladrido antes de morir.

La luz del cuarto de Jorgito se encendió, y Juan vió la cara espantada de su mujer. Es injusto que un perro y un gato le sobrevivan a uno, le dijo mientras apoyaba el caño aún humeante sobre su sien.

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viernes, 28 de noviembre de 2008

El Guitarrero.


Como una de tantas, de las casas de una ciudad del interior, la casa de mi abuela materna, apenas si se dejaba ver desde la calle de tierra, oculta casi por completo, por la espesura de las enredaderas tupidas, jamás podadas, que crecían revolviéndose entre los alambres del tejido metálico que le servía de soporte.

Con sus paredes exteriores cubiertas con un viejo estucado de un color indefinido, era de esas casas antiguas con techo de bovedilla que se recostaban sobre un lado del terreno, y dejaban un corredor cubierto por parras y glicinas que conectaba el jardín con un fondo descuidado e inmenso.

Mas allá del galpón de chapa que dormitaba por la inacción de años en el final de ese verde corredor, existía un territorio casi inaccesible, con grandes yuyos, y toda clase de alimañas poblándolo. En otras palabras, un territorio que nos llamaba por lo misterioso y dulce de los frutos de mburucuyá que crecían enredándose en las ramas de un naranjo amargo, y la posibilidad siempre presente de encontrarse con alguna culebra o viborita ciega.

Por eso era que cada tanto con mi primo nos internábamos en aquella pequeña gran selva salvaje, de la cual salíamos arañados por las espinas de los mancaperros, y con la ropa llena de flechillas y pequeños abrojitos que abundaban por allí.

-Mira ese bicho- le dije a mi primo cierto día, a la vez que le señalaba un pequeño insecto, desconocido para mí, de alas tornasoladas y antenitas con un pompón negro, que como una gema viviente, destellaba con su luz entre verde y azulada bajo el sol de la siesta. –Es un Guitarrero- me contestó él, conocedor como todo niño de campaña de la fauna que lo rodeaba.

- Si lo agarrás sin apretarlo y te lo acercás al oído oirás como toca la guitarra para vos …-
No creí demasiado lo que mi primo decía con respecto al bichito, pero conocía yo de sobra su sabiduría en esos temas, por lo que por ello, y por el empuje dado por mi curiosidad, tome con mi mano, muy levemente cerrada al insecto, que al ver que me acercaba, intentó desplegar sus alas para escapar, aunque no lo logró.

Acerqué mi mano al oído, y escuché atentamente, mientras sentía en la palma y los dedos las cosquillas que las pequeñas patitas finitas y casi rojas me producían al raspar sus pelitos contra mi piel, aguanté la respiración, como para oír mejor, y entrecerré los ojos, protegiéndolos del resplandor del sol.

Tuve que abrir mi mano, con muchísimo cuidado tratando de que el Guitarrero no escapara, para poder comprobar de dónde provenía la música, y cuando lo tuve ante mis ojos, mi inocencia de niño hizo que buscara en sus patitas, o bajo sus alitas tornasoladas, esa mágica guitarra con la cual había tocado su melodía, solo para mí.

Por supuesto, nada encontré, y ni siquiera supe de dónde había provenido la musiquita que un rato atrás había escuchado en mis oídos.
Estoy convencido, que en algún lugar de su cuerpecito, el animalito esconde su guitarra de los ojos indiscretos de los niños, y solo la descubre y utiliza, al sentir que el secreto de su mágica sinfonía no podrá ser descubierto.

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miércoles, 29 de octubre de 2008

Fracasos.

Muchos no aceptan la existencia de los fracasos. No porque no hayan fracasado jamás, no, sino porque no son capaces de asimilar las derrotas. Porque, la verdad sea dicha, ¿quien puede decir que le guste perder en algo?.

Y es que los humanos estamos hechos de esta forma, está en nuestros genes. Nos hicieron imperfectos, pero con un afán constante de gloria, ¿que paradoja no?, y gracias a esta disparidad de criterios que tuvo nuestro creador al diseñarnos, es que, somos capaces de grandes logros, pero también, de desalentarnos ante el mínimo escollo.

Es por eso, que muchas veces nos cuesta comprender que de todo golpe, de todo traspié, siempre, si somos lo suficientemente sabios, podemos sacar una enseñanza.

En mi caso particular, un tanto tardíamente me di cuenta, que las caídas eran lo común en esta carrera de obstáculos que llamamos vida. Una vez y muchas más, rodé por el piso intentando llegar a la meta, compadeciéndome de mi suerte, viendo como los demás competidores pasaban de largo sin darse cuenta siquiera de que yo estaba allí, caído a su lado.

Y un tanto tardíamente también, comprendí, cuanto, esas caídas me habían enseñado en mi carrera. Cuantas cosas me hicieron ver desde otra perspectiva, cuanta experiencia aportaron a mi vida. Y cuando uno se da cuenta de que siempre hay tiempo para una carrera mas, consulta en su lista de experiencias, esas vivencias que en algún momento de nuestras vidas consideramos negativas, y las utiliza como una brújula, o como un mapa para llegar a destino.

A veces lo aprendido nos indica lo que debemos hacer para evitar caernos nuevamente, seguir en carrera, y encontrar nuestro destino, otras, nos susurran al oído, diciéndonos, -no sigas en esto, no es lo que realmente estas necesitando-.

Metas afectivas, económicas, o de la clase que sean, las tenemos todos, y es difícil que podamos llegar a lograrlas, sin previamente habernos dado de bruces contra el suelo una y mil veces. No en vano, cada vez que vemos arrugas en un rostro, sabemos que la vida con su carga de cosas buenas y malas, ha pasado por esa persona, y que sin duda alguna, la han enriquecido con la experiencia.

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lunes, 11 de agosto de 2008

Zitkala.


El joven y valiente Zitkala, tal como lo había prometido a su padre, iniciaba su peregrinación al santuario de la Montaña Sagrada, dónde hacía ya mucho tiempo, el sabio y viejo Nantai se había retirado, a meditar y a esperar la muerte.

El santuario parecía eterno, barrido por el frío viento del este, que soplaba con crueldad sobre las laderas desnudas de la Montaña Sagrada. Nantai, el Maestro, esperaba allí con paciencia el encuentro con sus ancestros. Sentado sobre una roca contemplaba ahora con cariño al joven Zitkala que había acudido a él en busca de sabiduría. El joven era fuerte y valiente, y el Maestro lo intuía, sería algún día, la memoria de su gente.

¿Es que acaso algún día seré útil a mi pueblo? Preguntó el joven al Maestro, Nantai, poniéndose de pie, le pidió a Zitkala que describiera lo que veía, allá, muy abajo en el valle. “El valle no ha cambiado Maestro, sigue igual que cuando vivías en él, ¿para que describírtelo entonces?”

“No te pido que me lo describas, pido que te lo describas a ti mismo, para que en tu corazón lo atesores por siempre” respondió pausadamente Nantai. “Es que no entiendo Maestro, ¿Por qué tendría que describirme algo que todos los días veo, y que no ha cambiado en cientos y cientos de lunas?” le preguntó Zitkala. El Maestro miró al joven con un dejo de tristeza, y contestándole casi en un susurro le dijo: “No le damos la importancia que se merece a lo cotidiano, a lo que es común en nuestras vidas, lo que en años no ha cambiado, lo creemos eterno, creemos que la libertad es para siempre, y que la tierra es incapaz de ser herida”.

El sol lentamente iba escondiéndose tras la Montaña Sagrada, un poco más abajo, los últimos pájaros escapaban de la noche, buscando rápidamente sus nidos. Nantai quedó entonces silencioso e inmóvil, mirando en el lejano valle que se adormecía, las manadas de búfalos pacer pacíficamente las verdes y tiernas pasturas de la primavera, y a los arroyos que comenzaban a hincharse con el agua fresca y limpia proveniente de los primeros deshielos...

Los ojos del anciano Zitkala se iluminaron cuando junto a la fogata, los pequeños pidieron que contara historias de su niñez. Abriendo su corazón entonces, hizo que los niños corrieran libres por el valle, asustando a los conejos y divisando a lo lejos las grandes manadas de búfalos, sustento de su pueblo, los niños, con los pies mojados atravesaban los riachos cada vez más profundos y rápidos, mientras oían a lo lejos el galope de los caballos de los cazadores que retornaban felices a la aldea.

El anciano Zitkala, vió en los ojos asombrados de esos niños la misma libertad que él había visto y gozado cuando joven, y agradeció la sabiduría dada por Nantai hacía ya tantas y tantas lunas atrás, y que les servía ahora para escapar un poco al oprobio de la Reservación.

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viernes, 8 de agosto de 2008

Apertura del Portal de Orion.


Debido a la publicacion de "En busca de La Luz", me han llegado consultas a mi mail referente al hecho de que veían cierta "causalidad" entre lo que había publicado, y la fecha de hoy, que no lo sabía, es de particular importancia para los místicos.

En realidad, lo publicado no tuvo relación con el "Bombardeo de Luz", que según ciertas creencias, comenzará justamente hoy 8/8/8.

O tal vez si?...

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