No sabría explicar lo que aquel caserón me provocaba. Propiedad de la familia de mi novia desde principios del siglo pasado, había sido testigo del auge y la declinación de la otrora influyente y próspera familia. Historias de amores, nacimientos y hasta muertes, estaban celosamente guardadas en ese arcón enorme y eterno que descansaba sobre la loma mas alta de la estancia.
Invitado por mi futura familia política a pasar unos días de descanso, se me había asignado un dormitorio con una historia trágica. Amores malogrados y muertes prematuras, como mas adelante, pese al hermetismo de la familia, había llegado a descubrir, rondaban esa parte de la casa.
La habitación conservaba un indiscutido toque femenino en su ambientación, un color rosa pálido dominaba el ambiente, y algunas antiguas y extrañas muñecas de porcelana, intentaban oficiar de decoración.
Esa primer noche realmente me costo dormir, el olor a encierro y humedad de aquel cuarto, junto a un extraño nerviosismo que me invadía por completo, provocaron mi desvelo hasta altas horas de la madrugada. En cierto momento de la noche, debido a la imposibilidad de conciliar el sueño, encendí la luz de la portátil de cristal que estaba sobre una hermosa mesa de luz con tapa de mármol rosado, y comprobé que eran las dos y media de la madrugada.
El silencio era profundo y pesado, y solo algún ladrido lejano daba noción de vida esa noche. Apagué la luz e intente pese a todo conciliar el sueño, y fue entonces cuando comencé a percibir, en forma muy sutil primero, y mas pronunciadamente después, que de algún sitio el cual no podía precisar, comenzaba a surgir un profundo y exquisito aroma a jazmín.
Mi reacción fue de sorpresa, estábamos en otoño, no era época de jazmines, así que nuevamente encendí la luz y me dispuse a intentar descifrar aquel misterio.Al encender la luz, sin embargo, aquel cautivador aroma, rápidamente fue desapareciendo, ocupando el espacio nuevamente el olor a encierro que me tenía a mal traer.
Apagué la portátil, y la oscuridad ganó nuevamente el ambiente del cuarto, y, ya con una carga considerable de cansancio, comencé a entrar en esa etapa de sopor que precede al sueño.
No sabría precisar, en que momento sucedió esto, pero fue en un momento, en que yo obviando los nervios y la pesadez del encierro, dormía en forma profunda y serena.
La inconfundible caricia de una mano femenina me había despertado, y en la oscuridad de la alcoba, volvía a flotar el aroma a jazmines. Aunque aun un tanto adormilado, era conciente de mi soledad, pero esto, extrañamente, no provocó en mi ningún recelo, había sido tan placentera la sensación de esa caricia, que solo atiné a disfrutar del aroma que me envolvía en ese momento.
Los minutos siguieron transcurriendo, en medio de una sensación de paz que combinada con el dulzor del aroma a jazmines, hizo que tomara como normal, el hecho de que al sentir el sabor de unos labios helados y desconocidos en mi boca, yo no sintiera pánico alguno, solo disfrutara de esa extraña y placentera sensación.
Sólo la pálida luz de la luna, que se filtraba por entre las antiguas persianas de madera, dejaba entrever un rostro hermoso y etéreo, rostro real, pero brumoso al mismo tiempo.
En cierto momento de la madrugada, quede profundamente dormido, desconociendo que hechos acontecieron luego del episodio del beso. Pero mi despertar fue extraño, un sutil cambio se había producido en mí.
Veía a mi novia como una desconocida, y en lo profundo del corazón, comencé a sentir que en realidad, mi amor jamás le había pertenecido, pero al mismo tiempo, una inequívoca sensación de amor, invadía mi alma.
Aquel día fue eterno para mí, solo deseaba que el manto de la noche trajera nuevamente a mi extraño amor a mi cama. Y es que, por extraño y bizarro que la situación pudiera parecer, yo sentía como normal el hecho de amar profundamente a quien ya no compartía con nosotros el mundo de los vivos.
Pero esa noche, la aparición, no se hizo presente, yo presa de una ansiedad inexplicable, pase en vela la mayor parte de la noche, anhelando el perfume a jazmín y aquellos labios helados pero amados.
Al otro día, mi curiosidad me llevo a preguntarle a mi novia sobre la antigua ocupante de mi dormitorio, quería saber quien era mi visitante nocturna.
-Aquí está, ella es Merceditas-, me dijo mi novia apuntando con su dedo una vieja fotografía, amarilla por los años, que dormía entre las hojas del álbum familiar, -fue una tía abuela mía, se suicido muy joven-.
Allí, congelada en el tiempo, una hermosa joven, vestida con un vaporoso vestido de fiesta, que se adivinaba blanco, posaba para futuras miradas con un ramillete de jazmines en su mano.
Al ver esa foto, mi corazón quiso escapar al galope de mi pecho, desde siempre, había sentido en mi alma, las huellas profundas y duraderas que había dejado un amor inolvidable y desconocido, y ahora descubría al fin que más que producida por un sueño, aquella sensación era parte de algo mágico, que en algún momento de mi existencia yo realmente había vivido.
Pasaron las noches y jamás el espíritu de Merceditas volvió a visitarme, pero una sola noche bastó para saber de quien realmente yo estuve desde siempre enamorado.
sábado, 15 de septiembre de 2007
Merceditas.
La chumbera.

Todo invitaba para la siesta, el agobio que producía el calor del verano, la modorra que quedaba como corolario de un asado bien servido, y unos vinos mejor tomados, y ese rumor casi como una canción de cuna del vientito entre los pinos que incitaba al sueño .
Parecía que el mundo se hubiese detenido para dormirse una siestita, solamente el Tito, yo, y algunos pájaros estábamos despiertos en ese momento. Ese verano, compartía yo las vacaciones con mi amigo en su casa de Atlántida , y a nuestros doce o trece años, la aventura que estábamos a punto de emprender nos tenia fascinados.
Al Tito le habían regalado una chumbera en reconocimiento a un examen salvado, igualita a la que yo tanto deseaba, y que mis viejos estaban empecinados en no comprarme (con esa cosa le vas a sacar un ojo a alguien decían). Con su metal de un verde brillante, su mira ajustable y culata de madera bien lustrada, era todo lo que unos “cazadores experimentados” como nosotros podríamos necesitar.
Caminando despacito, tratando de no hacer mucho ruido, entre los pinos, nos sentíamos casi como Jim de la Selva o algún otro cazador famoso, de esos que veíamos en la tele con su carabina al hombro, valiente él, al momento de matar al malvado león que estaba por atacar a la muchachita. Claro que nosotros no éramos tan expertos como lo eran ellos, así que nuestra puntería nos decepcionaba, cada vez que veíamos como nuestras presas burlaban los chumbos para ellas destinados.
Pero la practica hace al maestro, así que poco a poco veíamos como nuestra puntería se iba haciendo cada vez más certera. Seguimos por un rato entre intrincados senderos, cuando de golpe la vi., a diez o doce metros de mí, sobre una rama, una Torcaza no había detectado nuestra presencia. Tome la chumbera de las manos del Tito, apunte al medio de su cuerpecito gris y apreté el gatillo.
Vi como aleteaba, una, dos, quizás tres veces, como queriendo escapar de la muerte, pero no pudo, ese montoncito de carne y plumas, caía ya sin vida hacia la tierra.
En ese momento me di cuenta de lo que había hecho y una tristeza, como hacia mucho no sentía, me invadió por completo. Ya no era yo el valiente cazador en medio de la selva a la busca de alguna fiera salvaje, me había convertido en el ser más despreciable de este mundo. Había destruido la magia del vuelo, la hermosura de la vida, la inocencia de una paloma.
No era mas una tarde hermosa la que estaba viviendo, aunque el sol seguía brillando allá en lo alto, y el calor me indicaba que era verano, todo estaba gris y nublado para mí, el invierno se había instalado en mi cabeza y no podía sacarlo de allí. No podía dejar de pensar en que por una estupidez mía, esa paloma ya no volaría mas, no criaría pichones ni le daría alegría a aquel que la hubiese sabido apreciar en el esplendor de su vida.
Demás esta decir que a partir de ese momento no quise mas una chumbera. Han pasado mas de tres décadas de aquella tarde de verano en Atlántida, y es extraño que aun la recuerde, quizás porque me hace recapacitar sobre mi propia estupidez, y como puedo a veces por ella errar el camino.
Encuentro el el bar.
El bar quedo vacío, los platos y vasos aun sobre la mesa, y a medio terminar, demostraban que la comida, había sido tan solo un pretexto para estar un rato juntos.
El mozo luego de cobrar la consumición, había desaparecido, y el bar, semi desierto, se llenaba ahora de la magia de aquel encuentro. No hacia mucho que habían sido presentados casualmente en una reunión de amigos, pero ambos tenían la sensación de que se conocían de toda la vida. Casados el y ella, sabían perfectamente los riesgos que implicaba el verse a solas.
Y es que a mitad de sus vidas, estaban por descubrir una sensación que hacia años ambos daban por desaparecida, esa dulce y a veces peligrosa sensación. El la miro a los ojos, dulces y profundos ojos castaños, y vio en ellos al amor, que hacia tanto tiempo no veía. Ella, lo miro también, y sin dejar de contarle episodios de su vida, alegres algunos, tristes la mayoría, sintió como el calor del rubor le incendiaba el rostro, y no es que fuera una pacata, simplemente se avergonzaba porque al sentirse deseada por un hombre que no era su marido, un deseo tierno y desconocido le invadía su propia alma.
Nadie miraba, y aunque hubiese una multitud rodeándolos, a ellos no le hubiese importado demasiado. Seguían sentados frente a los inútiles platos mirándose y escuchando cada cual lo que el otro tenía para contar de su vida, y, como algo normal, juntaron sus manos sobre la mesa.
El sintió la suavidad y el calor de esa pequeña y hermosa mano en la suya y la acaricio, desempolvando la ternura que tenia hacia mucho guardada en lo profundo de su corazón.
Miraron el reloj, ya hacia más de dos horas que estaban juntos, ya era hora de volver con sus respectivas familias.
Se levantaron de sus sillas y quedaron parados, frente a frente, en el bar solitario, se miraron un instante que pareció eterno, sus bocas ansiaban unirse en un beso. Es una locura, ambos sabemos que esto no debería de estar sucediendo dijo ella. El asintió, sabia que esta era una relación imposible, y que era preferible no proseguir adelante, seria muy dolorosa sino, la despedida.
La calle, indiferente al amor y a la muerte, los esperaba con un mar de gente que los envolvía sin prestarles atención. Te llamo un taxi?, pregunto el, sabiendo que esta seria la ultima vez quizás que la vería. Si, asintió ella con la cabeza, y lo quedo mirando con ojos llenos de tristeza.
El taxi paro frente a ellos, y en un instante la vida entera paso frente a los ojos de cada uno, y vieron sus vidas de hijos amados, y parejas frustradas, y sus anhelos de vivir lo que ellos sospechaban que deberían vivir, la vida es muy corta, pensaron ambos al mismo tiempo.
La puerta del taxi se abrió, y antes de subir ella al coche, e irse para siempre de la vida de el, el mundo entero desapareció para la pareja, que se fundía en el beso que todo amante desea probar, por lo menos una vez en su vida.
Ella le dijo que lo amaba con toda su alma, el no contesto, solo subió con ella al taxi, que sabia, los transportaría, por primera y única vez al paraiso.
jueves, 13 de septiembre de 2007
Hastio.
Hay días
En que mi alma se adormece
Envuelta en brumas
Pendiente de la nada
Quieta y aburrida
Sin asombros sin desvelos
Sin tristezas ni alegrías
Hay días
Que no son días
Ni noches ni nada
Pasan sin pena ni gloria por mi vida
No dejan huellas
Ni recuerdos ni ansias
Hay días
En que el hastío me gana
Y es peor que la muerte
Porque es vida desperdiciada
El Jazmin Paraguayo.

Camino sin tener conciencia de que lo estoy haciendo, como un automata que es obligado por su creador a seguir un rumbo prefijado, sin atender siquiera a los otros autómatas que a su lado caminan, con sus mentes inmersas en un mar de esperanzas, resultados o miedos.
Inmersos iban también mis pensamientos en esas banalidades demasiado importantes para los seres humanos, que nos hacen muchas veces distraernos de las cosas realmente necesarias, cuando como traído por el tiempo , llego a mi el aroma inconfundible, tierno y evocador de un jazmín paraguayo.
Fue un golpe demasiado hermoso como para querer esquivar, y como una cascada de agua purificadora, los recuerdos de mi niñez cayeron sobre mí, quitando lo que de autómata había hasta ese momento en mi persona.Se agolpaban en mi mente tardes de panes con manteca, rodillas sucias y lastimadas y rincones mágicos en lo de mis abuelos, y, como vigilando mis travesuras, ese jazmín que trepaba a lo alto del cielo y que yo jamás pude trepar.
En invierno parecía morirse, o mas bien parecía que se encerraba en si mismo, y se volvía taciturno y huraño, el no me quería afuera, no quería que el frío del invierno me lastimara como a el.Pero en las primaveras despertaba, sacudía su viejo ramaje, se desperezaba y comenzaba con su mágica labor de vestirse de verde y blanco para darnos sombra y perfumarnos la niñez.
Recuerdo esas mágicas horas que en mi cerebro guardo como tesoros: mi abuelo pidiéndome que le “ordenara” su caja de pesca, mi abuela preparándome sus milanesas jamás igualadas, las perras moviéndome sus colas o gruñéndome, según la ocasión, y los aromas, los inconfundibles aromas, del perfume de mi abuela, el tabaco de mi abuelo, las milanesas sobre la mesa, y sobre ellos flotando el del jazmín paraguayo entrando por las ventanas abiertas de par en par, aromas que hacían de aquella casa inconfundible y única para mi.
Han pasado los años, y yo creía que todo había desaparecido, mis abuelos, el jazmín, y la magia, pero no, un simple y tierno aroma me hizo comprender que todo sigue muy vivo dentro de mi corazón.
Muerte.
Juro que no me importa
Lo que con mi cuerpo pase
Cuando yo me muera
Que quemen mis huesos
O que se descomponga en la fría tierra
No me importa, no me quita el sueño
Que sea festín de gusanos
O combustible en la hoguera.
Pero si me asusta me duele, me aterra
Que mis pensamientos desaparezcan
Que se pierdan mis emociones
Mis alegrías y tristezas
Que todo lo que he amado
En un instante se pierda
Valiosos momentos atesorados
En mi arcon de experiencias
La ternura de mi madre
O el amor puro de mis hijas
En un destello desaparezcan
Que recuerdos de mil aromas
Risas llantos y tibiezas
Se olviden con el tiempo
Sepultados por nieves eternas
Que no exista más el recuerdo
De tus ojos de almendras
Dulces ojos que me atrapan
Con tu boca de fruta fresca
Me asusta que todo esto ya no exista
Cuando en mi cerebro
Mi vida se desvanezca
Maldito orgullo.
La luna, que luna esa blanca luna, alumbra mi caminar en la nocturna oscuridad de las calles. Solo escucho mis pasos, y cada tanto algún perro en el fondo de la noche, ladrándole a esa misma luna. Con el saco al hombro, una mano en el bolsillo, y cabizbajo, voy recorriendo la madrugada hacia mi casa, sabiendo que me será muy difícil dormir, y por ello es que retraso mi llegada.
Levanto la cabeza, miro una sombra que como yo, sin prisas, camina, allá a lo lejos, bajo nuevamente la mirada, y pateo una lata. Calla el perro y me detengo un instante, silencio, los árboles, las calles y las ventanas duermen. Ya la sombra caminante ha desaparecido en la noche, ahora solo yo y mi dolor insomne, nos movemos por aquella calle.
Llego a la plaza. Oscura y solitaria, llena de nocturnidad, y recuerdos, me detengo, y miro, quizás tenga suerte y me vea a mi mismo, bajo el pino protector y cómplice, besando a Alba. No, el pino esta solitario y durmiente, como la madrugada. Una opresión me gana el pecho y comienzo a sentir el frío en mi cuerpo. Me pongo el saco y subo sus solapas, pero no alcanza.
Y si fuera a pedirle perdón?, ella aun esta en la fiesta. No. Mi orgullo me ata. Orgullo, estupido orgullo. Pongo mis manos en los bolsillos, siento el frío cada vez más hiriente, y siento a la lluvia mojar mi cara. Lluvia?, no, no esta lloviendo, es el recuerdo de las lagrimas de Alba, mezclándose con mis propias lagrimas. Indecisión, dejo la plaza, rumbo a la fiesta?, que difícil se me hace el pedir perdón.
Cierro los ojos, pero no para dormir. La cama tiene la comodidad de una tumba. No me duermo, y pienso que, tal vez, mi orgullo acaba de destrozar mi vida.
Todo pasa, casi todo cambia, y muchas cosas se olvidan. Yo mismo he cambiado, y mucho. Cada vez menos, permito que el orgullo me doblegue. Y es que cuando lo intenta, se me da por recordar las lagrimas de Alba corriendo por sus mejillas, y si, claro, recorriendo también las mías.
miércoles, 12 de septiembre de 2007
Hija.
Porque eres yo, en otros huesos
Otro espíritu y otra carne
Cargas con mis fallas y mis aciertos
Con parecidas nostalgias
E iguales alegrías y recelos
Y por eso mi cielo,
Te amo desde siempre, desde antes
Me extasié al verte crecer lentamente
Desde la vida esperada en el vientre de tu madre
Hasta hoy, razón de mis versos
Y en ese amor inconmensurable
Que al verte me brota
Limpio y puro como el agua
Que explota en incontenibles ternuras
Te veo a mi parecida, pero inigualada
Con tus rasgos propios e inconfundibles
Florcita que broto de mi ramaje
Llenando mi vida de mil aromas y colores
Tan parecida a mí,
Pero tan propia y pensante
Aprendí más de lo que te he enseñado
Y sin dudas recibí más de lo que te he dado
Quisiera poder cubrirte con mi amor
Por siempre y así cuidarte
Pues por mas que confíe en la fuerza de mi flor
Brotaste a través de mí, y por eso,
Siempre te veré pequeña tierna y vulnerable
lunes, 10 de septiembre de 2007
Tarde de pesca.
Que calor hacia esa tarde, el sol en lo alto brillaba en un cielo sin nubes, de un celeste que jamás he vuelto a ver en mi vida. Todo estaba en calma, el pueblo, adormilado por la canícula y la costumbre, ni se movía, parecía que hasta el viento se había tomado esa tardecita en particular, para echarse una siesta sobre la tranquilidad de los campos quemados por el sol.
Solo las chicharras con su canto estridente, mi primo Daniel, el Malevo, y yo, dábamos señales de vida en esa tarde ya que nos preparábamos para una excursión de pesca, y es que desde hacia días estábamos planeando la aventura.
Primero como siempre acontecía, habíamos ido con mi primo, a pedirle al tío Chiche alguna tacuara de esas que tenía secándose sobre la azotea de su casa, y que eran las más rectas y largas que se podían obtener del cañaveral que había en su casi inexplorado fondo. Luego, con la tanza boyas, y anzuelos mojarreros que comprábamos en el almacén del Gringo, especie de ramos generales donde no faltaban desde las botas de cuero hasta las galletas de campaña, comenzábamos a armar torpemente, nuestras cañas teniendo mucho cuidado en no clavarnos el anzuelo en algún dedo (cosa frecuente por otra parte).
Ya esta, decíamos casi a coro con mi primo cuando terminábamos la labor, haciendo por otro lado mutua ostentación de nuestras artes de pesca, mira que buena que quedo!!!, con esto capaz que saco una tararira, decía inocentemente yo.
Y allí estábamos, por fin el día había llegado, en el fondo de la casa de mi primo, con una latita especialmente preparada por mi tío, en la cual metíamos cuanta lombriz lográbamos sacar de su subterráneo refugio. El Malevo mientras tanto miraba y movía su cola, porque sabia que como siempre que nos íbamos de pesca, el también estaba invitado a la aventura.
El arroyo no quedaba muy lejos, a lo sumo tres o cuatro quilómetros, que era poca cosa para nosotros. Elegíamos siempre ir bajo el puente grande, donde el arroyo corría mansamente entre un arenal, y que utilizábamos a modo de piscina, para refrescarnos un poco y aprovechar también a que el Malevo se amigara algo con el agua. Luego ya con un poco menos de calor en nuestros cuerpos y un poco mas de suciedad en el cuerpo del Malevo, nos íbamos hacia la barranca, donde el arroyo se profundizaba, y era posible el pique de alguna mojarra incauta o algún dientudo que anduviese en la vuelta.
Tomábamos entonces nuestras cañas, ensartábamos las lombrices en los anzuelos, los lanzábamos al agua, y esperábamos, la mirada fija en las boyas amarillas, a que nos advirtieran que un pez andaba por caer. A veces pasaban horas sin resultados positivos, así, que nos aburríamos, hacíamos campeonatos de “sapitos” con las piedras planas que encontrásemos y nos íbamos con las manos vacías. Otras veces el pique abundaba, y lográbamos unas cuantas presas que servían de comida al gato de mi abuela.
Para cuando regresábamos, ya el calor no era tan intenso, el pueblo ya se había desperezado y no exhibía mas su modorra, los negocios estaban abiertos, y en la casa de mi abuela, su ternura, el café con leche humeante y las galletas de campaña untadas con esa exquisita manteca salada, nos esperaban para escuchar atentamente las increíbles historias que los pequeños pescadores tenían para contar.