miércoles, 10 de diciembre de 2008

Los Numerindios.


En el Valle del Indo, milenos antes de que aparecieran ciudades como Mohenjo-Daro o Harappa existió una cultura que por lo original y extraña, desconcertó a los científicos durante décadas: la cultura de los Numerindios.
Dentro de los tantos misterios que envuelve a este antiquísimo pueblo, precursor entre otras de la cultura Indostánica, está el hecho de haber desaparecido sin dejar casi rastro de su presencia en las fértiles riberas del río Indo y adyacencias.

Pero mucho más extraño y bizarro aún que la desaparición de los Numerindios, fue su extraordinaria forma de comunicación. Ellos no se comunicaban a través de frases construidas en base a oraciones o palabras. No poseían, además, alfabeto alguno tal y cual nosotros lo conocemos hoy en día. Más por el contrario, su sistema numérico era por lejos el más avanzado de su época, siendo esta cultura según algunos especialistas, la que introdujo el concepto del cero en las culturas del Medio Oriente y la Mesopotamia.

¿Y que tenía de original y extraño el método con que este pueblo se comunicaba se estarán pensando ustedes?. Pues bien, los arqueólogos han desenterrado tablillas que al principio se creyeron, parte de inventarios de cosechas, o balances, llenas de símbolos numéricos, y que a la postre se descubriría era de los mas extraños métodos de comunicación entre humanos de todas las épocas.

Esta cultura tenía asignado un número para cada frase utilizada en su interacción diaria, incluso los nombres propios, tenían su digito. Por ejemplo, “Uno”, significaba para ellos “Buenos días”, “Dos”, “Como está usted” etcétera. Los arqueólogos han hecho este extraordinario descubrimiento gracias a la aparición de una tablilla con una famosa canción sumeria de la época inscripta en griego, cuneiforme y lo que luego se sabría, numerindio. Esta tablilla, especie de Piedra de Roseta, contenía la letra de la canción “Ochenta y nueve” o sea “Siempre te amaré”, en idioma numerindio.

Como otro ejemplo, en un trozo de la tablilla llamada Códice Numérico De Los Asnos, por los especialistas de la cultura numerindia, se puede leer “Uno Dos, Ochenta ¿Treinta y tres?” que traducido sería mas o menos así: “Buenos días Como esta usted, Vajreshwari ¿Vendió usted los asnos?” pregunta efectuada por un tal “Ciento treinta y uno” al cual aún no se le ha podido traducir el nombre.

Prosiguiendo con el códice citado, “Ochenta”, o sea Vajreshwari, le responde en unas líneas mas abajo a “Ciento treinta y uno”: “Uno Tres, Diecinueve Cuatrocientos dos” que significa “Buenos días bien gracias, solo he vendido uno”.

Como podrán notar, los números también se representaban por dígitos, en este caso por ejemplo vemos que “Cuatrocientos dos” equivale al número uno.

Algunos estudiosos sostienen que la desaparición de la cultura numerindia se debió a la mal interpretación, que de cierta frase hicieron los Numerindios de una invitación hecha por Aecio el Rey de los bárbaros a la hija del Rey “Mil dos” (Bravo Guerrero), y que derivó en una sangrienta guerra de desgaste.

La hermosa “Dos mil cuarenta” (Flor hermosa) hija del Rey “Mil dos”, recibió la invitación de practicar el Veintiuno de parte de Aecio, rey de los bárbaros, lo que provocó la furia de “Mil dos” originando la fatal refriega.

Veintiuno según los Códices conocidos significaría “Matemos al viejo y quedémonos con sus asnos” en idioma numerindio.

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martes, 2 de diciembre de 2008

Juan, el perro y el gato.

Juan despertó con un sudor helado cubriéndolo de pies a cabeza. Miró el reloj, las 3:40 de la madrugada, intentó levantarse para ir al baño, pero las náuseas le impidieron moverse, si lo hacía, lo sabía bien, vomitaría sobre las sábanas, y no quería darle más trabajo a su mujer. Ana, su compañera de toda la vida, dormitaba a su lado gracias a su dosis de barbitúricos que el médico le había recetado.

Sobre la almohada, tenuemente iluminada por la luz roja del radio reloj, que lo acompañaba desde hacía años, Juan pudo divisar un mechón de sus propios cabellos que había perdido mientras dormía. Se pasó suavemente la mano por su cabeza, y sin ningún esfuerzo otro mechón se le pegó a sus dedos huesudos y sudorosos.

De la oscuridad de la madrugada, le llegaba el sonido del maullido de algún gato pendenciero que recorría los tejados de las casas dormidas. Ahora el perro del vecino se pondrá a ladrar pensó, conocedor de la rutina de las noches. Una leve sonrisa apareció en la boca de Juan al escuchar como el perro casi como obligado por esas historias de perros y gatos, se ponía a ladrar furiosamente tratando de llegar al pretil donde el felino seguía maullando inmutable y desafiante con su cola en alto.

Cosas de la vida pensó Juan, los gatos seguirían maullando, el perro contestando con sus ladridos nocturnos, y ya no estaré aquí para escucharlos. Que injusto que un perro y un gato le sobrevivan a uno se dijo a si mismo en voz baja, mientras la sonrisa en su boca se transformaba en un mueca de dolor.

Como una braza incandescente algo quemante y terrible le carcomía las entrañas, algo siniestro contra lo cual venía luchando ya hacía meses, pero que no lograba vencer. Trató de moverse lo menos posible para no despertar a Ana. Abrió el primer cajón de su mesa de luz, y a tientas tomó el blister de los calmantes.

Son muy fuertes, así que con dos cada ocho horas tendría que alcanzar, le había dicho el médico. El sonido de las tres grajeas rompiendo la cubierta del blister, sonaron como disparos en la quietud de la noche. Ana, aún dormida, murmuró algo, Juan creyó oírla sollozar. Tomó un sorbo de agua del vaso que ya nunca faltaba a su lado, puso una a una las pastillas y tragó con muchísima dificultad.

Ahora el dolor le daba un respiro, podía ponerse sobre su costado para que las náuseas no lo vencieran y así descansar un rato. El efecto de los calmantes no duró mucho, otra vez el sudor frío que lo cubría de pies a cabeza.

Juan venciendo las náuseas y el dolor, se levantó poco a poco de la cama, salió del dormitorio, cerró la puerta para no despertar a Ana, y fue hacia el dormitorio de su hijo. Vacío desde que Jorgito se había casado, aún conservaba los muebles y el olor inconfundible de su amado hijo.

Aunque la luz estaba apagada, la luna que entraba por los cristales de la ventana sin cortinas, hacía fácil el caminar por entre los muebles. Fue hasta la ventana, la abrió y el aire fresco de la madrugada le dio de lleno en el rostro.

Afuera, el gato sobre el pretil seguía con un maullido que ahora se parecía más el llanto de un niño, contestado con los roncos ladridos del perro del vecino.

Dos estampidos despertaron a Ana, que saltó sobresaltada sobre la cama. A su vez, el perro no tuvo tiempo de escapar, sólo atinó a ver cuando el gato caía muerto sobre él. La bala ni siquiera le permitió un último ladrido antes de morir.

La luz del cuarto de Jorgito se encendió, y Juan vió la cara espantada de su mujer. Es injusto que un perro y un gato le sobrevivan a uno, le dijo mientras apoyaba el caño aún humeante sobre su sien.

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viernes, 28 de noviembre de 2008

El Guitarrero.


Como una de tantas, de las casas de una ciudad del interior, la casa de mi abuela materna, apenas si se dejaba ver desde la calle de tierra, oculta casi por completo, por la espesura de las enredaderas tupidas, jamás podadas, que crecían revolviéndose entre los alambres del tejido metálico que le servía de soporte.

Con sus paredes exteriores cubiertas con un viejo estucado de un color indefinido, era de esas casas antiguas con techo de bovedilla que se recostaban sobre un lado del terreno, y dejaban un corredor cubierto por parras y glicinas que conectaba el jardín con un fondo descuidado e inmenso.

Mas allá del galpón de chapa que dormitaba por la inacción de años en el final de ese verde corredor, existía un territorio casi inaccesible, con grandes yuyos, y toda clase de alimañas poblándolo. En otras palabras, un territorio que nos llamaba por lo misterioso y dulce de los frutos de mburucuyá que crecían enredándose en las ramas de un naranjo amargo, y la posibilidad siempre presente de encontrarse con alguna culebra o viborita ciega.

Por eso era que cada tanto con mi primo nos internábamos en aquella pequeña gran selva salvaje, de la cual salíamos arañados por las espinas de los mancaperros, y con la ropa llena de flechillas y pequeños abrojitos que abundaban por allí.

-Mira ese bicho- le dije a mi primo cierto día, a la vez que le señalaba un pequeño insecto, desconocido para mí, de alas tornasoladas y antenitas con un pompón negro, que como una gema viviente, destellaba con su luz entre verde y azulada bajo el sol de la siesta. –Es un Guitarrero- me contestó él, conocedor como todo niño de campaña de la fauna que lo rodeaba.

- Si lo agarrás sin apretarlo y te lo acercás al oído oirás como toca la guitarra para vos …-
No creí demasiado lo que mi primo decía con respecto al bichito, pero conocía yo de sobra su sabiduría en esos temas, por lo que por ello, y por el empuje dado por mi curiosidad, tome con mi mano, muy levemente cerrada al insecto, que al ver que me acercaba, intentó desplegar sus alas para escapar, aunque no lo logró.

Acerqué mi mano al oído, y escuché atentamente, mientras sentía en la palma y los dedos las cosquillas que las pequeñas patitas finitas y casi rojas me producían al raspar sus pelitos contra mi piel, aguanté la respiración, como para oír mejor, y entrecerré los ojos, protegiéndolos del resplandor del sol.

Tuve que abrir mi mano, con muchísimo cuidado tratando de que el Guitarrero no escapara, para poder comprobar de dónde provenía la música, y cuando lo tuve ante mis ojos, mi inocencia de niño hizo que buscara en sus patitas, o bajo sus alitas tornasoladas, esa mágica guitarra con la cual había tocado su melodía, solo para mí.

Por supuesto, nada encontré, y ni siquiera supe de dónde había provenido la musiquita que un rato atrás había escuchado en mis oídos.
Estoy convencido, que en algún lugar de su cuerpecito, el animalito esconde su guitarra de los ojos indiscretos de los niños, y solo la descubre y utiliza, al sentir que el secreto de su mágica sinfonía no podrá ser descubierto.

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miércoles, 29 de octubre de 2008

Fracasos.

Muchos no aceptan la existencia de los fracasos. No porque no hayan fracasado jamás, no, sino porque no son capaces de asimilar las derrotas. Porque, la verdad sea dicha, ¿quien puede decir que le guste perder en algo?.

Y es que los humanos estamos hechos de esta forma, está en nuestros genes. Nos hicieron imperfectos, pero con un afán constante de gloria, ¿que paradoja no?, y gracias a esta disparidad de criterios que tuvo nuestro creador al diseñarnos, es que, somos capaces de grandes logros, pero también, de desalentarnos ante el mínimo escollo.

Es por eso, que muchas veces nos cuesta comprender que de todo golpe, de todo traspié, siempre, si somos lo suficientemente sabios, podemos sacar una enseñanza.

En mi caso particular, un tanto tardíamente me di cuenta, que las caídas eran lo común en esta carrera de obstáculos que llamamos vida. Una vez y muchas más, rodé por el piso intentando llegar a la meta, compadeciéndome de mi suerte, viendo como los demás competidores pasaban de largo sin darse cuenta siquiera de que yo estaba allí, caído a su lado.

Y un tanto tardíamente también, comprendí, cuanto, esas caídas me habían enseñado en mi carrera. Cuantas cosas me hicieron ver desde otra perspectiva, cuanta experiencia aportaron a mi vida. Y cuando uno se da cuenta de que siempre hay tiempo para una carrera mas, consulta en su lista de experiencias, esas vivencias que en algún momento de nuestras vidas consideramos negativas, y las utiliza como una brújula, o como un mapa para llegar a destino.

A veces lo aprendido nos indica lo que debemos hacer para evitar caernos nuevamente, seguir en carrera, y encontrar nuestro destino, otras, nos susurran al oído, diciéndonos, -no sigas en esto, no es lo que realmente estas necesitando-.

Metas afectivas, económicas, o de la clase que sean, las tenemos todos, y es difícil que podamos llegar a lograrlas, sin previamente habernos dado de bruces contra el suelo una y mil veces. No en vano, cada vez que vemos arrugas en un rostro, sabemos que la vida con su carga de cosas buenas y malas, ha pasado por esa persona, y que sin duda alguna, la han enriquecido con la experiencia.

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lunes, 11 de agosto de 2008

Zitkala.


El joven y valiente Zitkala, tal como lo había prometido a su padre, iniciaba su peregrinación al santuario de la Montaña Sagrada, dónde hacía ya mucho tiempo, el sabio y viejo Nantai se había retirado, a meditar y a esperar la muerte.

El santuario parecía eterno, barrido por el frío viento del este, que soplaba con crueldad sobre las laderas desnudas de la Montaña Sagrada. Nantai, el Maestro, esperaba allí con paciencia el encuentro con sus ancestros. Sentado sobre una roca contemplaba ahora con cariño al joven Zitkala que había acudido a él en busca de sabiduría. El joven era fuerte y valiente, y el Maestro lo intuía, sería algún día, la memoria de su gente.

¿Es que acaso algún día seré útil a mi pueblo? Preguntó el joven al Maestro, Nantai, poniéndose de pie, le pidió a Zitkala que describiera lo que veía, allá, muy abajo en el valle. “El valle no ha cambiado Maestro, sigue igual que cuando vivías en él, ¿para que describírtelo entonces?”

“No te pido que me lo describas, pido que te lo describas a ti mismo, para que en tu corazón lo atesores por siempre” respondió pausadamente Nantai. “Es que no entiendo Maestro, ¿Por qué tendría que describirme algo que todos los días veo, y que no ha cambiado en cientos y cientos de lunas?” le preguntó Zitkala. El Maestro miró al joven con un dejo de tristeza, y contestándole casi en un susurro le dijo: “No le damos la importancia que se merece a lo cotidiano, a lo que es común en nuestras vidas, lo que en años no ha cambiado, lo creemos eterno, creemos que la libertad es para siempre, y que la tierra es incapaz de ser herida”.

El sol lentamente iba escondiéndose tras la Montaña Sagrada, un poco más abajo, los últimos pájaros escapaban de la noche, buscando rápidamente sus nidos. Nantai quedó entonces silencioso e inmóvil, mirando en el lejano valle que se adormecía, las manadas de búfalos pacer pacíficamente las verdes y tiernas pasturas de la primavera, y a los arroyos que comenzaban a hincharse con el agua fresca y limpia proveniente de los primeros deshielos...

Los ojos del anciano Zitkala se iluminaron cuando junto a la fogata, los pequeños pidieron que contara historias de su niñez. Abriendo su corazón entonces, hizo que los niños corrieran libres por el valle, asustando a los conejos y divisando a lo lejos las grandes manadas de búfalos, sustento de su pueblo, los niños, con los pies mojados atravesaban los riachos cada vez más profundos y rápidos, mientras oían a lo lejos el galope de los caballos de los cazadores que retornaban felices a la aldea.

El anciano Zitkala, vió en los ojos asombrados de esos niños la misma libertad que él había visto y gozado cuando joven, y agradeció la sabiduría dada por Nantai hacía ya tantas y tantas lunas atrás, y que les servía ahora para escapar un poco al oprobio de la Reservación.

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viernes, 8 de agosto de 2008

Apertura del Portal de Orion.


Debido a la publicacion de "En busca de La Luz", me han llegado consultas a mi mail referente al hecho de que veían cierta "causalidad" entre lo que había publicado, y la fecha de hoy, que no lo sabía, es de particular importancia para los místicos.

En realidad, lo publicado no tuvo relación con el "Bombardeo de Luz", que según ciertas creencias, comenzará justamente hoy 8/8/8.

O tal vez si?...

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miércoles, 6 de agosto de 2008

En busca de La Luz.


Nadie sabía lo que en verdad era, y si en realidad existía. Solo se la conocía por su nombre “La Luz”. Los mayores hablaban de ella con una mezcla de temor y respeto, los místicos aseguraban que se trataba de un estado de gracia, y que el hombre había sido expulsado de ese estado al quebrantar las leyes de Dios, pero en definitiva nadie sabía bien que era.

Es que luego del Gran Holocausto donde la humanidad había sido exterminada casi por completo, los pocos que sobrevivieron, buscaron la seguridad en cavernas y grutas profundas, alejados del mundo exterior, de la luz, y de las peligrosas radiaciones que seguían destruyendo la vida del planeta.

Los siglos pasaron, algunos aseguran que fueron milenios, y la humanidad fue acostumbrándose a vivir en total oscuridad. Alimentándose de murciélagos y pequeños roedores ciegos que infestaban las cuevas, las personas comenzaron a desarrollar un extraordinario sentido del tacto, el olfato y el oído. Pasaban horas y horas acariciando y olfateando sus rostros y sus cuerpos, comunicándose, y detectando de ese modo, sus estados de ánimo.

Vivían en pequeñas comunas autosuficientes, donde todo era de todos y el trabajo, no solo era en beneficio del individuo, sino del grupo entero. Allí, las apariencias no tenían razón de ser, no existía el concepto de lo feo y lo hermoso, el sentido de lo estético había sido reemplazado por el sentido de lo práctico, en ese grupo, valía quien aportaba algo a la comunidad, no importaba pues, su apariencia física.

En esta sociedad, sin problemas y sin discriminaciones, existía sin embargo, un grupo que desafiando la tradición de sus mayores, estaba determinado a descubrir que era La Luz, y para que servía. Desoyendo pues las protestas de los místicos, que aseguraban que el hombre aún no estaba preparado para estar en presencia de Ella, organizaron una expedición a los confines de la cueva, allá, donde según las leyendas, ésta daba paso al mundo exterior, donde se decía La Luz moraba, y hacia ahí, un buen día partieron a tientas.

Fueron días, que se convirtieron en semanas y luego en meses, en que los habitantes de la caverna no supieron nada de los expedicionarios, los rumores corrían por el grupo, muchos pensaban que habían sido calcinados por la radiación que aún persistía en algunos puntos de la superficie, los más, alentados por los presagios de los místicos, creían que los pobres habían enloquecido ante la presencia inefable de La Luz.

Grande fue la conmoción cuando de las profundidades de la caverna algo comenzó a aparecer, y a cambiarlo todo. Nadie podía explicarlo, no había palabras para describir aquel portento. Ocho criaturas, avanzaban hacia la comunidad, y ésta los percibía como jamás antes lo había hecho. Muchos se dieron cuenta que por primera vez en sus vidas los órganos que los ancianos llamaban ojos, y que nunca estuvo claro para que servían, estaban enviando información de su entorno hacia su cerebro.

Grande también fue la conmoción, cuando cayeron en cuenta que las ocho criaturas eran muy parecidas en forma y tamaño a ellos mismos, pero el estupor fue aún mayor, cuando fueron reconocidos por la voz y el olfato: ¡Esas ocho criaturas no eran otros que los integrantes del grupo expedicionario que hacía algún tiempo atrás había partido en busca de La Luz!

Maravillados, los cavernícolas admiraban las teas encendidas que los expedicionarios habían traído de la superficie. Era la primera vez que veían fuego, y ni siquiera tenían una palabra para nombrarlo.

A partir de ese momento las cosas cambiaron en la caverna, los expedicionarios siguieron yendo regularmente a la superficie a buscar madera para mantener la hoguera encendida. El fuego permitía de ese modo, y por primera vez en siglos, que los habitantes se vieran unos a otros. Las caricias y las cercanías de los cuerpos ya no fueron necesarias para reconocerse entre sí.

Muchos, que antes eran aceptados por lo que eran, fueron rechazados por lo que aparentaban ser. Y otros mas, que jamás habían sido importantes para la comunidad, de pronto tomaron protagonismo, al ver los demás que eran los más hermosos del grupo.
La gente comenzó a discriminarse por el aspecto físico, generando así, rencores, celos y enemistades entre ellos.

Esa sociedad, otrora unida y sin mayores problemas, fue resquebrajándose poco a poco, y los místicos estaban convencidos que lo que los expedicionarios habían traído del exterior, estaba causando todo el mal. Así, luego de una reunión de los Notables, se decidió que los expedicionarios, que en vano, alguna vez habían partido a la superficie en busca de La Luz, deberían partir nuevamente, pero esta vez, tendrían que esforzarse en hallarla, antes de que fuese demasiado tarde para todos.

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jueves, 29 de mayo de 2008

Adelfo Margarito Torres.

La vida de Adelfo Margarito Torres no había sido fácil. Bautizado así en honor de una tía abuela que había sido generosa con su madre, desde niño había sido victima de innumerables burlas por su nombre. Y la cosa no quedaba ahí, pues también era victima del escarnio a causa de una extraña malformación de la que Adelfo era víctima. Cerca de sus sienes, a ambos lados de su frente, dos protuberancias óseas sobresalían unos cuatro o cinco centímetros de su cráneo a modo de extraños cuernos.

Motivo de risas, era también la extraña forma que tenía Adelfo de caminar, con una especie de bamboleo errático que hacia suponer que vivía en un continuo estado de embriaguez. ¡Como hubiese querido explicar que esos extraños pasos no se debían mas que al hecho de que en lugar de pies el poseía cascos!, por cierto, no diseñados para el uso de zapatos, pero esto no hubiese hecho mas que provocar la hilaridad de la gente.

Sin embargo, el secreto mejor guardado, era el que más lo avergonzaba. Adelfo poseía un rabo. Efectivamente, allí, donde a la mayoría de nosotros se le termina la columna vertebral, a él le continuaba fuera del cuerpo, por unos cincuenta centímetros y cubierta de un espeso vello de color negro oscuro. Por ello fue que no concurrió jamás a ningún sitio dónde no fuera necesario el uso de sus holgados pantalones largos. Playas, gimnasios o clubes deportivos, no conocieron nunca la presencia de Adelfo.

Por todo esto era que la vida social de Adelfo era casi nula, jamás tuvo lo que llamaríamos verdaderos amigos, solo conocidos efímeros, que hizo en su pasaje por el colegio y el liceo cuando joven. Con más de treinta años, aun vivía con su madre, que lo sobreprotegía de la maldad del mundo exterior. No trabajaba, y era extraño que saliera solo a la calle, lo que impedía además, que conociera a chicas con las cuales pudiera tener algún tipo de relación.

Por eso, la vida de nuestro amigo cambió considerablemente cuando cierta noche, navegando por Internet, descubrió un sitio que de inmediato le llamó la atención. Era un foro de discusión, donde la gente se comunicaba a través del ciber espacio, discutiendo sobre política, fútbol, y hasta flirteando entre ellos. De inmediato vio la oportunidad. A nadie de los que veía participar en el foro conocía, ninguno de ellos lo conocía a él, por fin podría ser normal a los ojos de los demás, al fin, gracias al anonimato, podría llevar una conversación normal sin percatarse de que su interlocutor reprimía una risa al mirar de soslayo su frente.

La falta de interacción y discusión con la gente, no significaba que estuviera desinformado sobre los aconteceres mundanos, todo lo contrario. Era un ávido lector de diarios, libros y revistas, además de que solo por causas de fuerza mayor, se prohibía de ver los noticieros nacionales, y también extranjeros a los que accedía gracias a la televisión por cable y la Internet.

Y fue gracias a sus conocimientos de política nacional y mundial, que Adelfo poco a poco fue integrándose a las discusiones del foro. Primero tímidamente, luego, gracias a la confianza que iba tomando en si mismo, con una fuerza y convicción que llevó a que muchos de los foristas comenzaran a tomarlo como referente en discusiones de política.
Gustaba de pasar horas y horas discutiendo sobre las diversas teorías económicas, y su impacto sobre las políticas de las naciones. En particular le gustaba debatir con Maria78, por la cual sentía un afecto especial, ya que fue de las primeras personas en darle la bienvenida al foro. Con ella intercambiaba mucho también sobre música y poesía, ya que habían descubierto una pasión en común: el gusto por la música clásica y los poemas de amor.

Fue en una fría noche de junio, en medio de una conversación sobre Gioconda Belli, que estaba sosteniendo con una forista, que vio en la parte superior de la pantalla de su PC un sobrecito rojo que titilaba. Nunca antes había recibido un mensaje privado, jamás tampoco había enviado uno, así que le llamo la atención el hecho.

“Hola Adelfo, como estas, soy yo María” así fue como comenzó todo. Era la primera vez que una mujer se interesaba en él, era la primera vez también que alguien no se burlaba de su nombre, (cuando se había registrado en el foro, lo había hecho con su nombre verdadero), “total, jamás conoceré a nadie personalmente”, pensó.

A medida que pasaba el tiempo, la atención de los dos foristas dejó de centrarse en las discusiones públicas, para pasar a un ámbito más personal, el de los privados. Adelfo se sentía halagado al acaparar la atención de una muchacha tan inteligente y dulce. María por su parte, estaba deslumbrada con la cultura y el romanticismo que Adelfo mostraba en sus mensajes.

A los dos meses aproximadamente de haber iniciado ese contacto privado, María creyó oportuno el encontrarse en un lugar público, para conocerse mejor y profundizar esa amistad que se estaba transformando, poco a poco, y en ambos, en un incipiente amor, tierno y puro. Luego de mucho titubear, Adelfo, que ansiaba conocer a María, pero que al mismo tiempo, temía la reacción que ésta pudiera tener al verlo, decidió contarle sus secretos. Bueno no todos sus secretos, solo uno, el mas obvio, el mas visible de todos.

Aunque no esperaba otra cosa de María, le sorprendió igualmente su respuesta cuando él le contó sobre las protuberancias en su frente. “No me importa tu aspecto físico”, dijo ella, “me importa tu belleza y tu riqueza interior”.

Por suerte, esa tarde de agosto, estaba particularmente fría, por lo que el uso de un sombrero, para ocultar sus cuernos de la vista curiosa de los paseantes, y un sobretodo, con el cual disimulaba la protuberancia que producía su rabo, pasaban desapercibidos en la ventosa Plaza Libertad, donde esperaba impaciente a María.

El corazón casi le salta del pecho, cuando hacia él, vio venir una preciosa mujercita envuelta en un grueso abrigo marrón claro, con una graciosa boina multicolor que casi le llegaba hasta los ojos.

“Te invitaría a una confitería a tomar algo, pero temo quitarme el sombrero y que se rían de mi”, dijo él, mientras que al tiempo que se quitaba discretamente el sombrero, para mostrarle su frente a ella, sentía como le ardía la cara por la vergüenza. “No te preocupes tontito, caminemos, entonces”, le contestó María, a la vez que lo tomaba del brazo y comenzaban a caminar muy lentamente hacia la Plaza Independencia.

A medida que caminaban por la avenida, María se iba sintiendo cada vez mas atraída por ese ser, tan diferente a ella, pero tan bueno en su esencia. Adelfo, a su vez, se sentía tan cómodo con su presencia, que casi naturalmente, fue desgranando de a poco, pero sin tapujos detalles de su atormentada vida.

Al llegar a la plaza, ambos quedaron inmóviles, en silencio en medio de los remolinos de tierra y hojas secas que se formaban por el frío viento sur que soplaba cada vez con más fuerza. Adelfo jamás había besado a una mujer, y se sorprendió al verse a si mismo como un besador experto mientras probaba los labios de María. Incluso mas sorprendido quedó al sentir como ella le exploraba la boca son su lengua.

Ya no sentían el frío de la tarde, que corría a la gente de las calles. Ellos seguían allí, comiéndose a besos y excitándose cada vez más. “Me gustás y te quiero mucho”, dijo él tímidamente, “y me encantaría hacer el amor contigo, pero…”. Ella vió que una sombra le cubría la mirada, e intuyó de inmediato que sus secretos pasaban por algo más que un par de cuernos.

“Mi amor, somos muy diferentes vos y yo, pero te acepto tal y como sos, así que si vos me aceptas a mi, me encantaría hacer el amor contigo” dijo ella en una mezcla de ansiedad y vergüenza.

En un mismo día, Adelfo vivía lo que no había vivido en mas de treinta años. Por primera vez tenía una cita, por primera vez besaba y por primera vez estaba en la habitación de un hotel, dispuesto a desnudarse frente a una mujer que lo aceptaba tal como era.
María advirtió, que él dudaba en quitarse la primer prenda, “no temas”, le dijo tiernamente, “ambos somos muy diferentes, pero aquí solo el amor importa”.

Y como para que el tomara coraje, en un movimiento exquisito, ella se fue quitando de a poco la boina de su cabeza, dejando al descubierto una melenita rubia y bien marcada. También, fue dejando al descubierto un extraño apéndice que en medio de la frente, la transformaba en una especie de unicornio humano.

Ya desnudos por completo, excitadísimos y enamoradísimos se fundieron en el juego previo, ella, acariciando dulcemente su cola erguida y peluda, él, besando dulcemente sus ubres, mientras cascos y pezuñas se rozaban tiernamente bajo las sábanas, buscando matar el frío de esa mágica e invernal tarde de agosto.

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viernes, 16 de mayo de 2008

Mi obra.


No soy impaciente, para mí el tiempo no cuenta, y por ello, fue que hice las cosas lentamente, para que salieran bien. Primero, creé la nada, y creí que con ello me alcanzaría, pero note que la nada era vacía, oscura, aburrida y sin gracia.

Así que con un poquito más de esfuerzo, no mucho, lo admito, se me dio por crear en algunos milisegundos el Universo. Eso fue hace bastante tiempo atrás, recuerdo, que para impresionarme a mi mismo, por otra parte, ¿a quien mas podría impresionar?, se me dio por crear todo a través de una explosión bastante teatral y rimbombante, Big Bang la llaman ahora los científicos.

Si, lo admito, a mi mismo me sorprendió el resultado, ya que ni yo sabía en realidad lo que quería cuando comencé con todo esto. Me sentía como esos artistas que comienzan a garabatear los primeros acordes en el pentagrama, sin sospechar siquiera como será la obra terminada. De un puñado de pura energía, esencia de mi propio ser, ahora estaban apareciendo cosas nuevas e inesperadas.

Eón a eón, mi sorpresa crecía, y crecía mi amor hacía lo que había creado. Me sorprendía el ver como naturalmente, no solo iba apareciendo el material primigenio de lo que constituiría todo, sino, y más importante aún, también las leyes que lo gobernarían.

Esas leyes fueron, por ejemplo, las que apretujaron a las primeras nubes gaseosas para formar al cabo de milenios a las estrellas. Estrellas que reproducían en la inmensidad fría del espacio algo que me era muy propio: la luz. Al principio sólo yo era luminoso, solamente yo tenía la capacidad de destruir las tinieblas, y resulta que ahora, era mi obra la que comenzaba a brillar con luz propia.

Luego de algunos millones de años, perdón, se dieron cuenta de que yo, un ser sin principio ni fin, estoy hablando de tiempo?, es que esa fue parte de mi obra también, la creación de algo que marcara la duración de lo finito. Bueno prosigo, al cabo de algunos millones de años, girando alrededor de infinitas estrellas, comenzaron a aparecer infinitos planetas, lunas y meteoros.

Y fue en alguno de esos planetas, en que un milagro se fue dando. La materia inerte comenzó un buen día a transformarse, restos de lo que en algún momento fueron estrellas moribundas, comenzaron a combinarse de tal forma, que algo nuevo apareció en el Universo. Trozos pequeñísimos de carbono, metano u oxígeno se combinaron para transformarse en elementos vivos.

Y ya nada fue igual, porque nada, ni las puestas de soles de extraños brillos en los planetas de sistemas estelares múltiples, ni los colores de las más hermosas nebulosas que viajan por el espacio, pudieron ya compararse, a la belleza de la vida. Pétalos de rosas, alas de mariposas o dinosaurios, no podrían jamás compararse ni al más hermoso de los diamantes.

No crean que la aparición de la vida fue por mi premeditada. Nada mas lejos de la verdad, simplemente se fue dando. Mi obra, en cierto modo, me fue imitando, se transformó ella misma en creadora, y lentamente fue dándole existencia a lo hasta ese momento inexistente, del mismo modo que yo lo había hecho, quince o veinte mil millones de años antes, ya ni me acuerdo exactamente cuando, con ella misma.

Pero si la aparición de la vida fue algo extraordinario, lo realmente maravilloso, y para mi desconcertante, aún estaba por venir. En puntos diferentes del Universo, en innumerables puntos diferentes, seres de apariencias muy distintas por cierto, comenzaron a tener conciencia de si mismos. Una conciencia rústica al principio, simplemente se reconocían como individuos al verse reflejados en el charco donde se agachaban a saciar su sed.

Pero esa conciencia fue avanzando, creciendo, y al igual que millones de años antes, como las estrellas con la luz, comenzaron a mostrar características que me eran muy propias. Sentimientos, nobles sentimientos como el amor, o la solidaridad, pero también, otros sentimientos, que me eran desconocidos hasta entonces, innobles, como la maldad y el odio. Claro, no eran dioses, eran simples mortales, y como tales imperfectos.

Esa misma imperfección, creo yo, los lleva a ser tan pedantes, que creen haber sido creados a mi imagen y semejanza, ¿no piensan acaso que sería imposible que yo me pareciese a las innumerables razas de seres concientes que existen?. En todo el Cosmos sucede lo mismo. Ni bien un individuo comienza a desarrollar su conciencia, se cree el centro del Universo.

Y lo peor es que al pensar que soy el responsable por su creación, se creen con el derecho a pedirme. Y piden, cosas imposibles, pero piden. ¿Cómo alguien que pone una bomba en un mercado, puede pedirme que le reserve un lugar junto a mi en el paraíso?, por cierto, ¿de que paraíso están hablando?.

¿Qué clase de ser es aquel que con una sotana, se atreve a dar “mi bendición”, a un torturador o asesino?. Cuanta barbarie cometen estos seres desgraciados en mi nombre. ¿Tan estúpido puede llegar a ser un mortal, que piensa que soy capaz de perdonar cualquier cosa?. Soy magnánimo y me mueve el amor, es cierto, pero hay actos tan aberrantes que ni yo los soporto.

Ya me imagino que el que lea esto, se preguntará el porque permito este tipo de cosas. Bueno la verdad es que me están aburriendo. Tengo un sitio, reservado, donde tengo amontonados a todos los que han muerto hasta ahora. Algo que he leído, escrito por una raza que vive en un planeta perdido, y que se hacen llamar Humanos, me ha dado una idea al respecto.

Ellos tienen un libro al que llaman Santa Biblia, y habla del Cielo y el Infierno, lugares reservados para las almas de los buenos y los malos. Creo que sería una muy buena idea, crear algo así para premiar a los justos y castigar a los indeseables.

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