
Byron Fernández, caminaba por el parque, y como tantas veces antes, sintió que su corazón galopaba desbocado cuando el aroma de su amada comenzó a percibirse en el aire calmo de esa tarde apacible y solitaria de primavera.
Vestido con un sobrio traje claro, parecía un paseante de otros tiempos, con su andar cadencioso y elegante, su camisa blanquísima e impecablemente planchada, su corbata fina, no muy llamativa, y sus anteojos de finos aros metálicos.
Caminando hacia el banco, junto al rosal, pensaba en la manera de declarar su amor. En el bolsillo del traje junto a su pecho, guardaba el presente con que intentaría ganar la atención de quién había conquistado su corazón.
Una vez sentado en el banco solitario, abrió con suavidad extrema una pequeña cajita de color escarlata. Dentro, un fino anillo de oro blanco, brillaba con el sol mortecino de la tarde. Byron sacó la joya de su estuche, y la coloco como en una ofrenda en una de las tantas ramitas de su amada.
El amante caballero, estuvo un buen rato, sentado allí, embelesado, contemplando la belleza frágil y suave de la rosa, a la vez que se dejaba invadir por el aroma dulce y penetrante con que ella le obsequiaba.
Por un instante, decidió abandonar la prudencia, y presa de un impulso irrefrenable, no se contuvo, estiró su mano derecha, y con un gesto calculado pero muy tierno, acarició con el revés de su mano la blanca piel de su amada.
La rosa, al sentir el contacto, se deshizo al instante, dejando caer sus pétalos en la oscura tierra. Byron, desesperado vio como su osada imprudencia destruía en un instante, y para siempre la belleza pura y delicada de su amada.
La noche caía pesadamente sobre el parque, los senderos, árboles, y el alma de Byron, se cubrían ahora con el manto oscuro de la noche. El amante estuvo por un rato pensante, los ojos se llenaron entonces de amarga desilusión, en el fondo, sabía, que la rosa no era para él. Byron tomó el anillo nuevamente, lo guardó en su cajita y pensó, que con la azucena quizás tendría más suerte.
miércoles, 30 de abril de 2008
El hombre que se enamoraba de las flores.
martes, 29 de abril de 2008
29 de Abril.
La vida pasa en sucesión de años, días e instantes, las huellas y marcas que el tiempo va dejando en nuestro cuerpo y nuestro espíritu, son heridas o galardones que demuestran al mundo como ha sido el transcurrir de los años por nuestras vidas.
Bienes que vamos ganando o perdiendo en esta caminata diaria y constante nos van convirtiendo poco a poco en personas ricas o pobres. Ganamos a veces, otras perdemos, como debe ser, como es lógico que así sea. Porque lo que ganamos sin pérdidas no son ganancias verdaderas.
Pero entendámonos bien, cuando hablo de bienes, no me refiero a los bienes materiales, necesarios, si, pero inútiles si uno no tiene con quien compartirlos. La vida me ha enseñado que los verdaderos bienes, los importantes, los imprescindibles, son los que tienen la capacidad de vivir en el corazón, los que fortalecen nuestras almas y nos dan una razón para vivir.
Afectos, amores, amistades, que llegan y se van de nuestras vidas, pero que siempre nos dejan algo, gente que nos recuerda, que nos quiere, que nos ama, que nos odia, gente, hijos, mujer, amigos, enemigos. Gente que convive con nosotros, o ha convivido, y que ha aportado a nuestro bagaje de experiencias sus cosas buenas, o malas también.
Un año más de todo eso, un año más de guardar en mi corazón, las riquezas que los demás me aportan. Un año más de ver que la vida, cuando se rodea de sentimientos, vale la pena vivirla.
Un año más en que le doy las gracias de corazón, a todos los que me han saludado en mi día.
jueves, 3 de abril de 2008
Denisse.
No hace mucho, en un mediodía sabatino, recorría una feria, acompañando a mi mujer, chocando con decenas de personas y parando en cuanto puesto de ropa se acomodaba por ahí. Buzos, camperones, polleras, pantalones, e infinidad de prendas que mi mujer inspeccionaba, detenidamente, puesto a puesto, hasta que llegamos a uno con un montón de prendas de lana, de esas que pienso, jamás utilizar, y que sin embargo en el fondo, se que me abrigarán en invierno.
-Juan, sos vos?-, escuché a alguien preguntar. Al levantar la mirada para ver de donde provenía la voz que me sonó conocida, vi que unos ojos de un azul profundísimo y conocidos me miraban desde la otra punta del improvisado mostrador. Denisse, aquella misma Denisse que más de treinta años antes, había sido una parte importante de mi vida, estaba allí, parada junto al montón de ropa apilada.
El tiempo había pasado por ella, como por todos, intentando deslucir un tanto la belleza fresca de la adolescencia. Su cabello rubio ya no era tan rubio, su cara mostraba el inequívoco paso de los años, y sus manos, no eran las mismas que se asían a las mías buscando un poco de calor, cuando cada tanto, en los inviernos montevideanos la pasaba a buscar a la salida del colegio.
Pero su espíritu era el mismo, no había cambiado en lo más mínimo, sus ojos seguían sorprendiéndose ante cada pedazo de vida, su sonrisa seguía iluminando a quienes la rodeaban. Allí estaba, en un cuerpo diferente, pero con la misma esencia. Denisse, mi amiga, confidente de mi juventud, la que quise profundamente.
No recuerdo exactamente como la conocí, tengo la vaga idea que era amiga de una amiga. Era de ese tipo de personas que no caen bien de entrada, por diferentes, por vivir vidas distintas a las nuestras. Hija de europeos, había quedado a cargo de unos tíos que vivían en Uruguay luego del divorcio de sus padres. Delgada, muy rubia y de unos ojos increíblemente azules, tenía una belleza extraña, yo diría que clásica.
Educada durante casi toda su vida en internados de monjas, su visión del mundo era al momento de conocerla, radicalmente opuesta a la que yo tenía, mojigata, demasiado prejuiciosa, y con una autosuficiencia que me exasperaba, tanto, que dudé realmente que alguna vez pudiera llegar a apreciarla.
El tiempo pasó, y como a veces sucede, el mismo tiempo se encargó de cambiar, poco a poco, la opinión que de ella tenía. La rubiecita autosuficiente y pedante, fue transformándose, a medida que abría su corazón, en un ser humano solitario y sumamente inseguro, pero dulce y confiable. Hija de un padre siempre ausente por sus negocios, y de una madre que la relegaba a un segundo plano, Denisse intentó desde niña, como una defensa quizás, forjarse una personalidad distante y huraña.
Que diferente era a las personas que conocía, que diferente a mí que era. Y sin embargo, poco a poco, comencé a darme cuenta que tras la máscara fría, la mujercita insegura, tierna y dulce, luchaba por surgir.
Las palabras, venían hacia mí, y yo, miraba hacia el piso, tratando de amalgamar esa voz conocida a las vivencias de treinta años antes, y así, los recuerdos comenzaron a llegar, en tropel hacia mi mente. Recuerdos de chocolates y masas en el departamento de sus tíos en Pocitos, o de noches de invierno, arropados en el sillón de su casa del Prado, que compartía con otra tía vieja, escuchando música, tomados de la mano, con su cabellera rubia cayendo sobre mis hombros.
Como no recordar, que muchos pensaban que éramos novios, cuando nos veían caminar de la mano por la calle?, o cuando en señal de aprobación a cualquier pavada que yo dijese, sos ojazos asentían sin hablar, acompañados de una tierna caricia?
Y sin embargo, éramos solamente amigos, quizás, demasiado pendientes de nuestra amistad, el uno, del otro, como para traspasar ciertos límites que a veces eran demasiado sutiles, inexistentes casi.
Al levantar la mirada, mis ojos se cruzaron con la mirada inquisidora de mi esposa, y, a sabiendas de lo que me esperaba más tarde, igualmente besé la mejilla de Denisse, le dije que estaba igual que siempre, apreté la mano de quien me fue presentado como su pareja, y la ví desaparecer entre el gentío de la feria.
Caminando hacia el auto, los reproches de mi señora no cesaban, y yo, callado, pensaba en como explicarle que mi vida, esa vida mía de hace mas de treinta años, estuvo profundamente ligada a esa rubiecita pedante y autosuficiente, que se convirtió casi sin quererlo, en una de las personas que más quise en mi adolescencia.
martes, 11 de marzo de 2008
Manos unidas.

No hace mucho, caminaba bajo el cielo encapotado, amenazante y gris por una calle tranquila de Montevideo, en esas tardes, en que luego de una jornada estresante, una caminata con la única compañía de uno mismo por un sitio con pocos visitantes, viene de maravillas.
Una llovizna demasiado fina como para correr a los caminantes de las veredas, me refrescaba la cara, y la única preocupación para mí en ese momento era el sortear las veredas flojas, que aprisionando pequeños charcos de agua bajo ellas, eran un riesgo potencial a mis pantalones claros.
Levanté un segundo la mirada del suelo, y ví que en sentido contrario, una señora caminaba hacia mí de la mano de una adolescente, que por la edad y las circunstancias, estimé que sería su hija. Y no pude menos que desentenderme de las baldosas flojas, y mirarla un instante y sentir un sentimiento enorme de ternura.
La jovencita, con evidentes signos de algún retraso mental, se dejaba guiar por quien para ella debería de representar todo en el mundo, su seguridad, su confianza, su alegría. Al verlas se notaba como el amor entre ellas atravesaba las barreras, destruía las diferencias.
Que especial y mágico fue para mi ese momento, la visión de una mano guiando a otra, apoyándola, ayudándola a vivir. La experiencia de la mamá, guiando la inocencia suprema de la hija diferente. Muchas son las manifestaciones del amor, de variadas formas se nos muestra, ésta debe de ser de las más puras y tiernas que he visto en mucho tiempo.
Esa tarde, la llovizna se convirtió en lluvia y yo, camino a casa pensaba en escribir estas líneas agradeciéndole a la vida por las manos, que pese a las circunstancias adversas siempre permanecerán unidas.
jueves, 6 de marzo de 2008
Felicidad fugaz.

Felicidad fugaz
Como un lirio
Como un beso robado
Felicidad fugaz
Como una mariposa
Felicidad fugaz
Como agua que escapa entre mis dedos
Y sin embargo felicidad tan intensa
Tan fuerte
Tan real, tan plena
Felicidad única, hermosa, infalible
Como la alegría
Como el amor, como la vida
Felicidad fugaz
Pero a su vez eterna,
Por haber sido
compartida contigo.
lunes, 25 de febrero de 2008
No juzguéis...

No juzguéis, y no seréis juzgados.
Una frase por demás importante que Jesús promulgó a sus discípulos. Importante pues a mi entender, aquí no hacía referencia al hecho de juzgar crímenes o faltas graves, sino, a esos juicios que emitimos diariamente, negligentemente a veces, ante hechos, actitudes o acciones tomadas por los que nos rodean.
Al juzgar, estamos valorando en base a nuestras vivencias, nuestros prejuicios, y nuestros propios puntos de vista, sin considerar los problemas o circunstancias en las cuales estaba inmersa la otra persona al momento de tomar sus decisiones.
Está claro que no somos dioses, y que es bastante difícil el llegar a conocernos plenamente a nosotros mismos, así pues, con que derecho somos capaces de poner en la balanza las decisiones tomadas por otro, cuando ni siquiera podemos saber como reaccionaríamos nosotros mismos bajo presión?. No sería mejor acaso, el tratar de comprender?, de evitar la dureza en nuestras apreciaciones?
Pienso, en las veces que agobiado por problemas personales, he tomado caminos que muchos han considerado errados. Pienso en las amistades, relaciones, o forma de enfrentar las situaciones difíciles, que han provocado algún tipo de juicio malicioso por parte de terceros. Y me pregunto, como un espectador lejano, ha sido capaz de juzgarme, sin estar dentro de mi piel, no viviendo lo que yo he vivido?.
En mi humilde opinión, juzgar es fácil, pero injusto y hasta peligroso, provoca angustia en la persona juzgada, y rebaja al que juzga. Todos, en algún momento de nuestras vidas, nos hemos equivocado, somos humanos, no somos infalibles, y esto nos demuestra que no estamos capacitados para ser jueces de nadie.
La vida es demasiado corta y valiosa como para gastarla en actitudes que solo provocan amarguras en quienes nos rodean, solo comprendiendo, seremos comprendidos.
No juzguéis, y no seréis juzgados.
miércoles, 20 de febrero de 2008
El reto.

Las calles polvorientas del pueblo se adormecían bajo el sol de la tarde. Como tantas veces antes, los tres amigos, con menos perezas que sus mayores, dejaban las siestas de lado para reunirse, buscando en juegos, desafiarse mutuamente.
Es que el aburrimiento de las tardes pueblerinas, era grande para quienes iban entrando en esa edad, donde los estirones del cuerpo permiten ver que el horizonte es más amplio de lo que uno pensaba.
Como un desafío, el tanque de agua, eterno e inmenso, retaba a los tres amigos. De unos veinte metros de altura, dormitaba pesadamente en las afueras del pueblo, sobre una elevación del terreno, y su sola vista ya era intimidante.
Sabiendo del terror que Luis sentía por las alturas, Mario y Daniel azuzaban, cada tanto, a su amigo, gritando a coro – el que no sube es un gallina – mientras trepaban rápidamente por la pequeñísima escalera metálica que recorría al monstruo por uno de sus costados, mientras Luis los miraba frustrado desde la seguridad que le brindaba el suelo.
Una tarde, sin embargo, Luis estuvo dispuesto a vencer a sus demonios y aceptar el reto, ese día sería recordado por todos, le demostraría a sus amigos que el no era un gallina.
El corazón galopaba en el pecho de Luis a la vez que miraba a la cima de la enorme estructura, mientras las palabras burlonas de sus amigos, retumbaban como un bombo en su cabeza. Sabía que si no vencía su vértigo, quedaría para siempre como un cobarde frente a ellos.
Las temblorosas manos de Luis, empapadas de transpiración, se aferraron con fuerza a los peldaños redondos de hierro, aun no subía, y ya una sensación sumamente desagradable le ganaba el cuerpo. Sus pies, aunque pisando tierra firme, sentían un extraño cosquilleo que comenzaba en sus plantas y que poco a poco se extendía por las piernas hasta llegar a su garganta.
Aterrado, giró su cabeza y miró por última vez el suelo, luego, alzó su vista y vio como en lo alto, allá muy lejos, sus amigos ya casi en el techo, miraban hacia abajo y con gestos burlones se reían de su vértigo. Los pies, ahora pesaban toneladas, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder levantarlos y apoyar el primero sobre el primer escalón.
Comenzó a trepar lentamente la escalerilla oxidada, mientras por su espalda un hilo de sudor helado lo recorría sin piedad, empapando el buzo que llevaba puesto.
No supo decir cuanto había trepado ya por la escalera, cuando un terror ciego, arcano, profundo, le inmovilizó completamente el cuerpo. Suspendido a una altura que no podía precisar, sentía como sus manos, como garras, se aferraban a la vida, mientras que la gravedad luchaba en su contra.
Encima, las risas y los reclamos de sus amigos obraban de contrapeso a sus terrores. – Tengo que vencer el miedo -, pensó para sus adentros, y cerrando sus ojos, a tientas nada más, venció la parálisis y continuó subiendo.
Desde la cima, la vista del pueblo era estupenda, a lo lejos podía ver el río con su playita mansa, y mas lejos aún los cerros cercanos a la capital del departamento. Los nervios iban desapareciendo de a poco, como exorcizados por la trepada, pero, y esto era lo más importante, ya no escuchaba las burlas de sus amigos, vencidos por su determinación a ganarle al miedo.
Luis descansó unos segundos para reponerse de la subida, y luego, ignorando su terror al abismo, se acercó lo más que pudo al borde y miró curiosamente hacia abajo. Y, con el corazón palpitando por la emoción, y con un brillo extraño en sus ojos, miró a sus amigos y les lanzó su reto al tiempo que gritaba: -¡el que no salta es un gallina!-.
Por un brevísimo instante, el cuerpo de Luis, flotó en el aire, como un cuervo en vuelo, pero inmediatamente fue reclamado por la tierra que lo recibió con un ruido seco veinte metros más abajo.
Los ojos abiertos por demás, pintaban una mueca de asombro y miedo en Mario y Daniel, que veían, como allá, en el suelo, un hilo de sangre comenzaba a brotar del cráneo destrozado de su desafiante amigo.
Ambos se miraron un instante, y al grito unánime de “el que no salta es un gallina”, los amigos saltaban también, recogiendo el reto, segundos después. El ruido seco de los dos cuerpos golpeando con fuerza la tierra retumbó, entre las vigas de hormigón blanco del viejo tanque de agua.
La hora de la siesta, corrida por el frescor de la tarde, se marchaba muy lentamente, mientras, que de los cuerpos destrozados de los tres amigos la sangre que manaba, comenzaba a teñir poco a poco de escarlata la tierra.
jueves, 14 de febrero de 2008
La balsa.

La tarde, como tantas tardes de Julio, se mojaba con la fina llovizna que más que caer, flotaba en el aire, indecisa, al no saber si era lluvia o neblina. Los cuatro, dentro del garaje de la casa de Mario, dábamos los últimos ajustes al proyecto, Tato y yo, pinzas en mano, tratábamos de ajustar los alambres, Mario y Abel, convertían un par de legítimas paletas de frontón Guastavino, en remos.
Al fin, luego de tantos esfuerzos la balsa estaba pronta, una estructura de madera, en forma de hache, encerraba un par de cámaras de rueda de automóvil, y cuatro latas de cinco litros de aceite Shell para motor, todo fuertemente, pensábamos nosotros, unido al bastidor de madera, formaban el navío.
El clima seguía feo, la llovizna no cesaba, y un vientito frío hacía que pareciéramos desquiciados, al andar de short y bermudas por las calles de Malvin, llevando con nosotros el extraño artefacto casero que tanto trabajo y orgullo nos había dado realizar.
Una obsesión, desde siempre nos unía a los cuatro amigos, nacidos y criados a pocas cuadras de la playa, desde chicos, soñábamos con conocer algún día la Isla de las Gaviotas, tan cercana, pero tan misteriosa e inaccesible para nosotros, en aquellos tiempos.
Mientras la niebla/llovizna, seguía flotando en el aire, nuestros pies dejaban huellas profundas en la arena mojada, las pocas gaviotas que estaban en la orilla, escapaban de nosotros, luchando contra el viento norte que a esa altura comenzaba a soplar cada vez más fuerte sobre la playa.
Es extraño, pero luego de tantos años, logro recordar perfectamente la sensación de humedad y frío que flotaba en el aire, más no recuerdo para nada la temperatura del agua, quizás debido a la excitación que sentíamos todos al ver nuestra obra en el mar bogando. Pues, la balsa, tal cual se esperaba, flotó, entre las olas cada vez mas grandes y espumosas que rompían contra la orilla.
Los cuatro amigos, con los improvisados remos en mano, nos subimos a la embarcación, con la loca idea de llegar a aquella isla mágica y maravillosa que parecía que a la distancia nos llamaba. Diez, quince, treinta metros alejados de la orilla, y la balsa, que creíamos indestructible, comenzó a desarmarse poco a poco.
Al principio nos reímos, luego, la impaciencia por intentar llegar a la orilla comenzó a ganar nuestros espíritus, y maldita era la gracia que nos hacía el estar lejos de la playa y a punto de zozobrar. Claro, el miedo pudo más, y luchando contra la corriente y el viento norte, al final pudimos llegar exhaustos a la orilla.
Cansados, mojados, friolentos, más no vencidos, volvimos a nuestras casas, en nuestras imaginaciones, habíamos vencido. El mar, tormentoso, peligroso y oscuro, nos había permitido volver sanos y salvos a la orilla.
lunes, 11 de febrero de 2008
Asma.

Las manos aun temblorosas del novísimo invierno iban quitando las pocas hojas que al otoño se le habían quedado olvidadas en los árboles de mi barrio, en ese cambio de estación, que si bien no es demasiado perceptible para algunos, para otros, como en mi caso, se hacían sentir con fuerza.
Es que, con una precisión pautada por algún extraño calendario interno, era en esa época del año, precisa, y ya conocida por mí, que las crisis de asma se agudizaban, quitándome del cuerpo las energías necesarias para cumplir con mis deberes de niño, o sea, jugar al fútbol en la calle, pedalear en la Lygie de media carrera, o ir a la escuela.
Mi casa entonces se poblaba del aroma dulzón del eucaliptus, que flotaba en los vahos que en forma de vapor, salían incesantemente de la pequeña olla que sobre la estufa James a querosén, mi madre colocaba en medio del comedor, bien temprano en la mañana, con su mezcla de agua y esencia en su afán por abrir mis pulmones cerrados.
Otro aroma que se adueñaba, sobre todo de mi dormitorio, era el del Vic Vaporub, una pomada, presentada en unas pequeñas latitas anaranjadas, y que a modo de ungüento mágico, mi mamá aplicaba con una franela caliente sobre mi pecho. Cuando las crisis eran de las fuertes, vahos o pomadas no surtían efecto alguno, por supuesto.
Era en esos casos, cuando la desesperación me ganaba, por más que intentara respirar, el aire escaseaba en mis pulmones, el pecho se me hundía bajo el peso de la enfermedad, y sentía como si un par de luchadores de sumo se pararan sobre mí. El corazón entonces se me apresuraba, tratando de compensar con sus taquicardias, el mal funcionamiento de mis bronquios, que chillaban ruidosamente a causa del vano esfuerzo al que los sometía.
Por lo general, la noche era el período en que más sufría, la tos se acrecentaba, iluminando con destellos nerviosos, mis ojos en medio de la oscuridad del dormitorio. En ocasiones, en que mi lucha por respirar parecía condenada al fracaso, pedía desesperadamente la intravenosa de aminofilina, que el médico, llamado de urgencia, solía aplicarme, muy lentamente, y que yo disfrutaba, al sentirla penetrar en mis venas, como un morfinómano disfrutaría de su dosis de droga.
Al llegar la mañana, mi cuerpo exhausto por la lucha, era incapaz de moverse por el cansancio, y era en ese tiempo, en que realmente podía dormir sin pausas algunas horas, dándole tregua a mi organismo para que se recuperase sus fuerzas perdidas durante la batalla nocturna. Y para darle una tregua a mi madre también, que, cansada pero incondicional, a mi lado apoyaba su mano en mi frente, intentando de algún modo adivinar como pasaría la próxima noche.
Los años pasaron, y le darían la razón al viejo doctor, que siempre aseguró que me sanaría solo al llegar a la pubertad, y si bien, aunque la desaparición no fue inmediata, poco a poco, a partir de mi adolescencia, las crisis fueron cada vez menos frecuentes, los ataques imperceptibles, y las toses casi inexistentes, sacándonos un peso de encima a mis bronquios y a mi madre también.